21 de abril de 2004

El Tibetano

Mi amiga Julieta ha ido al Tibetano.

—¿Y se come bien en un tibetano?

—No, tío Ra. El Tibetano es un médico de medicina alternativa de Barcelona que quita los males con consejos y hierbas.

—Ah, ¿sí? ¿Y cómo se llama ese médico?

— No sé, por eso le decimos El Tibetano.

A mi amiga Julieta le dolía el alma. Bueno el alma y la vesícula, de tanta bilis como hace, según ella, viendo Salsa Rosa, las noticias de las 20.30 y a su jefe todos los días. Para el alma le ha recetado meditación, tranquilidad y un crucero por el Caribe. Para la bilis, que deje de comer cerdo, de oír la COPE y que vaya andando a la oficina. Del jefe no le ha dicho nada, que es tibetano pero sabe que de algún modo hay que ganarse las lentejas.

—Pues para eso no hace falta ser médico —opina tío Ra.

—Ni tibetano.

La verdad es que, mi amiga Julieta, anda un poco de capa caída. A ella, que siempre ha tenido la lengua muy larga (y la falda muy corta, como diría Joaquín Sabina), la primavera la ha puesto mística: come soja en todas sus formas, bebe batidos de fruta de la pasión, ha llenado su casa de incienso y viste túnicas. Yo pienso que eso de las túnicas se debe más a los 4 kilos que ha ganado este invierno (sus caderas, en realidad, no toda ella) que al misticismo, pero ella dice que no, y si ella lo dice, será verdad... o no.

Todo empezó tras leer Más Platón y menos Prozac. Este libro le ha cambiado la vida. Con decirles que, en vez de ir a Marbella, este verano ha decidido marcharse a un monasterio a meditar.

—Pero, ¿tu amiga Julieta sabe meditar?

— Creo que sí, aunque yo nuca la he visto hacerlo. Claro, que tampoco le he visto nunca hacer las camas y debe saber, ¿no?

El libro, les decía, le ha abierto los ojos. Y le ha cerrado el sentido del humor. Ahora, cada vez que le pasa algo gordo, en vez de cachondearse, medita y filosofa. Ayer sin ir más lejos fuimos juntas a comprar calcetines y, en su paquete, en vez de haber dos, había uno. ¡Le habían vendido un único calcetín! ¿Tiene o no tiene gracia? Pues ella, en vez de cabrearse como una mona o de encontrar la gracia del asunto sentenció:

—La vida está llena de impares. Mis pies son dos, es cierto, pero la verdad es una. Con un calcetín me sobra y me basta para vestir mi verdad.

¡Toma del frasco, Carrasco! Es que me pinchan y no me sacan sangre. Tuve que convencerla de que su verdad era que tenía dos pies, que se ponía dos zapatos y que necesitaba dos calcetines, pese a que no se le vean con la túnica.

Julieta, tenemos que volver a Calcetinland (ciertamente, ya no saben qué nombre ponerles a las tiendas) a reclamar.

—¿Reclamar? Yo prefiero decir razonar. Iremos sí, pero porque tu quieres, y le explicaremos a la dependienta que, pese a la simplicidad de mi vida, yo, con un solo calcetín no hago nada.

Cuando entramos de nuevo en la tienda llegó lo peor. Julieta razonó con la dependienta en los siguientes términos:

—El error es una característica humana. Sólo los seres pensantes se equivocan. Usted ayer erró. No era su voluntad y lo sé. Pero enmendar el error producido es signo de grandeza interior y todos los seres humanos...

— Lo que mi amiga quiere decir —interrumpí impaciente al ver la cara de sota que se le estaba poniendo a la dependiente que no entendía nada— es que ayer nos diste un solo calcetín, bonita, y necesitamos el otro.

Efectivamente conseguimos el calcetín, pero la bronca de Julieta al salir fue monumental. Pausada, pacífica y constructiva, pero monumental

—No hacía falta que la coaccionaras. Ella es un ser pensante y...

— ... y tú un ser idiota. Julieta, por Dios, no me rayes que estás muy pesadita.

Y Julieta se retiró a su casa a meditar. ¿Está rara o no? Es cierto que, cuando fui a recogerla un par de horas más tarde la encontré meditando... a pierna suelta y ronquido potente en el sofá de su casa, delante de la tele. ¡Pues no estaba grogui la tía! Encima me intenta convencer de que meditar, le relaja.

—Pues a mí me estresa que medites tanto, qué quieres que te diga.

El viernes hemos quedado para darnos una vuelta por los puestos de libros de la Ramblas. Ya saben, es Sant Jordi (eso aquí, en las otras comunidades San Jorge), el día del libro y la rosa, y las calles se llenan de puestos de flores y de libros. Muy bonito, de verdad.

A lo que iba, que hemos quedado en darnos un voltio y ver qué novedades nos depara la literatura, incluso la oriental. Yo pienso pararme en todas las novedades de la literatura hispánica y, por qué no confesarlo, en las libros novelas policíacas, que me encantan. Julieta me dice que ella tiene un buen listado de literatura oriental, comida sana y pensamientos filosóficos. Mi tío Ra vendrá con nosotras para buscar alguna biografía interesante (creo que la de Pamela Anderson es una de las que más le gustan), alguna novela histórica y los best seller del momento. Ya lo dijo Voltaire: “Un libro debe estar hecho, como un hombre sociable, para las necesidades de los hombres”. Siendo sincera, y siguiendo mis necesidades, creo que buscaré Cómo hacerse millonario en siete días, Acercarse a los cuarenta no tiene porqué ser doloroso y otros por el estilo. Y si no los encuentro, me iré a meditar con Julieta, a ver si funciona.



sorue@divertinajes.com
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