14 de abril de 2004

La paridad

Acaba de acabar, valga la redun, la Semana Santa y yo me cuestiono en voz alta y clara: ¿Por qué, si estamos en un estado aconfesional, nos inundan estos días de películas de corte religioso? La vida de Jesús, La historia sagrada, Las sandalias del pescador, Los diez mandamientos... Me aburren santamente.

Lo desconozco. Debe ser por la misma enigmática razón por la cual, cada Navidad, en un país donde las navidades blancas son, más que nada, navidades sin blanca, nos atiborran a pelis llenas de renos (¿alguno de ustedes ha visto alguna vez un reno en las Ramblas?), de paisajes nevados y de Santa Claus. Y nos ponen Mujercitas.

Bueno, al grano. Recién llegada de unas merecidísimas vacaciones (no sé si mi jefe estará muy de acuerdo, pero no se lo pienso preguntar por si las moscas), mi mente relajada y divagante se ha puesto en funcionamiento y a pensar, ¿qué les parece? Yo pensando... chica, chica, estoy que no me conozco.

El caso es que me declaro contenta e ilusionada con la decisión del Sr. Rodríguez Zapatero (me pregunto por qué le llaman Zapatero, si él se llama Rodríguez. ¿Alguien llamaba al Sr. Aznar por su segundo apellido? Es más, ¿alguien sabe el segundo apellido del Sr. Aznar? Yo no), contenta e ilusionada, decía, por la decisión del Presidente entrante de igualar el número de mujeres y hombres que compondrán su equipo de ministros (¿se llama así?). Ocho hombres, ocho mujeres, un Presidente. ¡Cómo mola!

Lo cierto es que, en la vida real (no Julieta, no la vida Real sino la real, con minúsculas y plebeyos) hay más mujeres que hombres, aunque haya veces que no se ven.

En mi oficina, por ejemplo, en total andamos así, así de hombres y mujeres. Es cierto que, la mayoría de los despachos con letrero están ocupados por hombres pero la mayoría de las telefonistas son mujeres y, ¿alguien duda todavía del poder de una telefonista? La mayoría de las personas que comen en el comedor de personal son mujeres, pero la mayoría de los que bajan al bar de abajo a atiborrarse de un menú aliñado directamente con colesterol son hombres. La mayoría de los que leen una novela en el metro cuando vienen a trabajar son mujeres, pero la mayoría (por no decir la totalidad) de los que se encierran en el cuarto de baño con el SPORT son hombres. La mayoría de los comentarios que hago son un poquito despectivos hacia el género masculino, pero la mayoría de mí misma es fémina y, ¿qué quieren? No lo puedo remediar. Es la paridad en su quinta esencia.

Las mujeres, además de aportar sensibilidad, inteligencia, savoir faire y profesionalidad, aportan, sin duda alguna color. No comparen los vestidos coloristas de Doña Pilar del Castillo, con los trajes grises de, por ejemplo, el Sr. Acebes. Así, si no nos recuerdan por nuestras geniales ideas nos recordarán, por ejemplo, por nuestro monísimo conjuntito Chanel: “Chica, no dijo nada demasiado interesante, pero llevaba un traje ideal de la muerte” Si es el ministro el que no dice nada interesante, como no haga dos palometas y un pino puente, no se acordará de él ni su vecino de silla.

Dejémonos de tonterías y hablemos en serio (no, Julieta, no he dicho en sirio, he dicho en serio. Sí Julieta, sí sé hablar en serio, lo que pasa es que no me da la gana). Me parece muy requetebién que, el gobierno, sea como... como un noticiario: un chico y una chica (el orden no es importante) al frente de la actualidad. Me gusta. O como una pareja de baile: el 50% de la pareja es de un sexo, el otro 50% del otro. La combinación perfecta. Además, si en el mundo hay más mujeres que hombres ( esto es un hecho y bastante doloroso, por cierto), ¿por qué los mandamases son siempre hombres? Miren si no George Bush y Condolezza Rice, son la perfecta pareja... basura.

Me pregunto si a ZP le habrá costado mucho encontrar a las personas adecuadas para los diferentes ministerios. Porque encontrar ocho mujeres es relativamente sencillo, pero ¡Ocho hombres! Uf, vaya faenón, cuando todos sabemos que hombres de verdad quedan ya pocos.

Y, claro, aunque la decisión supone un avance, no crean que todo el camino está ya recorrido, no. No sabemos si alguno de los hombres es Metrosexual, por ejemplo. Y eso, ahora, es requisito casi indispensable para prosperar. Tampoco hay, al menos que yo sepa, ningún transexual... claro, que tampoco lo hay, al menos que yo sepa, en mi oficina. Pues eso está muy mal, debería haber alguno, porque las calles, unas más que otras, y las películas de Almodóvar, están llenas.

—¿Ves cómo no sabes hablar en serio? —Julieta asoma la cabeza por la puerta del salón.

—Sí sabe la chiquilla, pero aquí no está para eso. Para eso ya hay otros colaboradores. Ella tiene una sección de humor. —Mi tío Ra me defiende, que para eso llevo sus apellidos.

Julieta y mi tío Ra, la paridad en mis amistades. Seguiré buscando el equilibrio, esté donde esté.



sorue@divertinajes.com
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