7 de abril de 2004

Gafe total

Hoy, ayer (o anteayer, o ante-anteayer, o... ¿y si mejor lo dejamos?) para ustedes que me leen, ha empezado rematadamente mal. Olvidé poner el despertador, o no lo oí, no sé, y he despertado, exactamente, a la hora en la que debería estar fichando. Me ha llamado mi madre al móvil para hacerme una de sus preguntas sorprendentes: “Cariño, ¿recuerdas mi bolso marrón, el que llevé a la boda de tu prima Teresa? Es que he pensado que, para la boda de tu primo Fernando, si le quito el cierre, le pongo una borla y le coso unas plumas a juego con las de la pamela... sí, la pamela que llevé en la boda de tu madrina, no se notará que el bolso es el mismo y yo estaré, bien, elegante y conjuntada, como a mí me gusta. A ti, ¿qué te parece, quedará elegante?”. La pregunta era esta, u otra similar, que estaba dormida, ya les he dicho y no me he enterado de mucho. La respuesta no les puedo decir cuál ha sido, NUNCA, y repito, NUNCA, contesten así a una madre.

(Hago un inciso en el hilo narrativo y les pregunto: ¿Todas las madres son como mi madre, o sólo ella es como ella misma? Para mi madre cualquier excusa es buena para llamarme por teléfono: desde el bolso de piel marrón, cual Penélope compungida, hasta si recuerdo dónde puso la receta de lentejas con arroz, que le diga qué hora debe ser en Pernambuco o avisarme de que, si la llamo y no me contesta es porque no está en casa, ¿?.... Profundizaré en el tema, lo prometo, otra semana).

Volvamos a lo que íbamos. Que, esta vez sí, menos mal que me ha llamado mi madre y he conseguido saltar de la cama y correr a la ducha casi antes de colgar el teléfono. Ducha (sin lavarme el pelo), galletas (sin café), vestirme (sin pensar), salir a la calle (sin pintarme) y con un bolso monísimo que se me ha roto con las prisas y no se podía cerrar, es decir, con un bolso monísimo abierto de par en par... circunstancias todas ellas que no presagiaban nada bueno. Para más inri, iba cargada como una mula: el bolso (abierto), la mochila del gimnasio, la bolsita de la comida, una chaqueta para dejar en la tintorería, una carpeta, el paraguas de Julieta, que me lo prestó el otro día y tenía que devolvérselo... Yo, como ustedes, tengo sólo dos manos, así que ¡imaginen como he salido a la calle!

Por no esperar al ascensor he bajado andando, bueno corriendo, bueno volando (vale, vale, tío Ra, he exagerado, pero muy poco) a la vez que sacaba las llaves del coche del bolso, me calaba las gafas de sol y me preguntaba si no estaría demasiado ridícula, de esa guisa, con gafas de sol y paraguas, como si fuera el hombre orquesta, pero sin hombre... ni orquesta... Digamos, como si fuera la mujer cachivache, que no es lo mismo, pero es igual.

El caso es que, al entrar en el garaje, un poco porque entraba de la luz a la oscuridad, otro poco porque llevaba las gafas de sol, otro poco más porque soy patosa, igual que mi hermana, no he visto la mancha de aceite del suelo y ZAAAAAAAAAAAAAAAAAAAASSSSSSSSSSSSSSSCATAPÚN... qué costaletazo, mi madre, qué golpe.

Pues que he caído de bruces y de costao a la vez, todo lo larga que soy, que no es mucho, pero suficiente para estos casos. Bueno hemos caído yo, la mochila del gim, la comida (compuesta de tupper de ensalada y yogur, yogur que se ha reventado, como corresponde, pringando todo lo que tenía cerca y algunas de las cosas que tenía lejos), la carpeta, el paraguas, las gafas de sol y el bolso. No olviden que el bolso estaba abierto y, ¿qué ha sucedido? Elemental, querida Julieta, que se ha salido TODO. ¿Entienden el alcance de la palabra todo? Lean, lean: la cartera, la funda de las gafas de sol, las gafas de ver, la bolsa de las pinturas, los chicles, el espejito, los kleenex, los dos bolígrafos, las toallitas húmedas, el frasco de colonia, los tampax, las llaves de casa, las de la oficina, la seda dental, la barra de cacao, el amuleto de la suerte (sabía que lo iban a decir, que éste se lo merecía, por ser inútil), el móvil, la agenda y algunas pelusillas y clips que había en el fondo. Y todo eso lo he tenido que buscar, entre los coches, poco menos que a gatas. No es luz precisamente lo que sobra en un parking. Lo que sobra es aceite.

Y menos mal, lo digo en serio, que caí sobre la chaqueta que llevaba a la tintorería y no manché la que llevaba puesta. Menos mal también que un 4x4 de esos gansos color camuflaje me ha ocultado de las miradas (y las carcajadas, lo sé) del resto del mundo, preservando en algo mi maltrecho orgullo.

Lo demás se lo imaginan. He llegado a la oficina tardísimo, dolorida, con los pantalones apestando a parking, sin yogur, con el rimmel corrido y sin valor de explicarle al jefe la razón de mi retraso. En momentos como ese es en los que debería llamar mi mamá. O mi psicoanalista. O los dos.



sorue@divertinajes.com
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