18 de febrero de 2004

Desastres domésticos

Recuperada de mi decepción de San Valentín (ni una tarjeta, ni una rosa, ni un osito de peluche, snif, como dice mi tío Ra, "deberías ir buscando remedio a tu situación sentimental que está muy chunga), busco inspiración para mi participación semanal.

Los escritores de verdad llaman a la inspiración convocando a sus musas. Y a sus musas las convocan, imagino yo, fumando un cigarro, con un gintonic en la mano izquierda, la pluma en la derecha, en la terracita de su masía de la Cerdaña... Yo, como no fumo, soy abstemia, no tengo casa en la Cerdaña, no sé escribir con pluma y, además, tengo los triglicéridos altos, que no tiene nada que ver pero a mí me preocupa y ocupa mis pensamientos (además de no dejarme comer de nada, qué carajo de inspiración voy a tener si lo que tengo es hambre), lo de las musas lo tengo fatal. Por eso me dejo de inspiraciones caprichosas y me limito a mi vida real, que tiene tela.

¿Alguna vez les he dicho que tengo un trabajo muy interesante? Pues les he mentido. Tengo un trabajo, lo que ya es interesante per se, que, eso sí, me permite hacer viajecitos de vez en cuando. Normalmente es más de vez que de cuando pero, desde que comenzó el año, llevo una racha que parezco el baúl de la Piquer haciendo bolos (por provincias no más, ¿eh?, no se crean que hago viajes intercontinentales).

El caso es que, cuando iba camino de uno de mis destinos preferidos recibí una llamada a mi móvil. Era el vecino de abajo que tiene una mancha de humedad en el techo justo en el lugar donde está instalada mi lavadora-secadora.... Puñetas, y soy fina. Tenía que llamar al seguro. Pero, claro, estaba de viaje y una no lleva todos los teléfonos que pueda necesitar encima, ni se sabe de memoria todos los números de póliza, de contrato, de contador etc. de que dispone. En realidad, una, había olvidado su agenda en el despacho. Santos del cielo, la de llamadas que tuve que hacer para conseguir el teléfono del seguro, sobre todo si añadimos a esto que, a principio de verano pasado, cambié el seguro de compañía aseguradora y lo había olvidado. Imagínense el susto cuando al dar, por fin, mi número de póliza (el cual me había costado unas 9 llamadas a diferentes lugares, incluido mi psiquiatra para que me enviara por correo electrónico una receta de Tranquilín), la señorita aquella me dice que esa póliza fue dada de baja el 7 de julio (mira por donde, San Fermín) y que no le constaba ningún seguro a mi nombre.

Rehacer el camino de llamadas para conseguir más datos recién recuperada de una lipotimia fue ardua tarea. Pero no hay nada imposible y querer es poder, así que lo logré. Llamé a la nueva compañía aseguradora, me reconocieron, me tomaron nota del parte y prometieron enviarme un fontanero, Olé, olé y olé, soy una artista de las gestiones domésticas. El fontanero llamó tan rápido que no me he recuperado todavía de la impresión:

- Puedo pasar mañana por la mañana.

- Mañana no estoy, ¿puede ser el viernes?

- No, el viernes tengo que salir de Barcelona a un parte en Mataró y echaré allá toda la mañana. El viernes por la tarde sí puedo.

- Pero yo no, tengo una reunión en la oficina. ¿El lunes por la mañana a primera hora?

- A última, a primera estoy liado.

- A última no, tengo que salir de viaje a media mañana y no vuelvo hasta el miércoles. ¿El jueves por la mañana?

- Por la tarde. Por la mañana voy al dentista, que hace un año que no voy.

- No me extraña, con esa agenda tan comprometida que tiene. OK, el jueves por la tarde le espero.

Prueba superada, sólo quedaba pedir la tarde libre en el trabajo para pasarla con el fontanero por el bien de las relaciones "intervecinales".

Pero, cuando creía que todo estaba solucionado, este fin de semana, se complica la cosa. Mi fregadera (la pica, que dicen los catalanes) ha decidido que está harta de comerse marrones y que no traga más. Maldita sea. Busqué en el armarito de productos químicos extraños que hay en todos los lugares y lo encontré, el Desatascatodo. Siguiendo las instrucciones, eché un chorrito por el desagüe que comenzó a humear de un modo pestilente, parecían las ciénagas de El Señor de los Anillos. (¿Salen ciénagas en esa peli? No la he visto, pero me imagino que saldrá alguna...).

En resumen, mucho humo, mucho mal olor por parte de la fregadera y mucho mal humor por mi parte, acabé rendida a la evidencia: eso no lo desatasco yo ni con la bomba H.

¿Se lo imaginan? Vuelta a llamar al fontanero. "Los atascos no están cubiertos por el seguro". Da igual, arréglelo usted que yo le pago, pero adelánteme la cita, que me voy a morir aquí dentro... de asco. Agendas arriba, agendas abajo, imposible, este hombre esa más ocupado que un taxi en día de lluvia y yo, bueno yo soy un desastre que no me sé organizar, que ya lo dice mi madre. El caso es que lo dejamos como estaba y yo ya me espabilaré para irme de viaje y no volver porque, todavía no lo han leído todo, esta tarde se me ha ido la luz, que les escribo desde un locutorio público, y el electricista me ha dicho que no puede venir hasta el viernes por la mañana.

Y con esta vida miserable, ¿se extrañan de que no me vengan a visitar las musas?



sorue@divertinajes.com
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