4 de febrero de 2004

El sueño americano frente a la realidad española

Esta mañana he visto un Papá Noel.

- Y yo a los tres cerditos–. Julieta, con su sarcasmo habitual de los miércoles.

- Jo... pe, Julieta, he visto UN Papá Noel, no A Papá Noel.

- Vale, vale, no se te puede decir nada.

A lo que iba. Al salir del garaje de casa en el semáforo de mi calle había un Papá Noel todo uniformado esperando para cruzar:

- Llevas las luces encendidas –me ha avisado muy servicial. Y ha tocado la campanita a mi salud.

Me ha sonreído y, empuñando de nuevo su carrito de cartones, ha cruzado muy digno la calle cantando el Jingle Bells a todo pulmón.

Como final de película de Hollywood no sé si serviría. Como escenificación real de en qué se convierte el sueño americano, no me lo negarán, es cojonuda.

Qué quieren, se me ha caído el alma a los pies. Y allí sigue. Y eso que, tras oír la radio esta mañana, estaba toda yo guerrera, vaya, hecha un basilisco. El estado de ánimo belicoso me lo habían producido las declaraciones de los obispos españoles los cuales, ¡fijaté!, en vez de proporcionarme paz espiritual me provocan exaltadas manifestaciones de indignación. “La violencia de género es causa de la libertad sexual imperante”.

Esto o algo parecido han decidido, tras estrujarse las meninges, nuestros obispos, que tras tamaña aseveración han quedado como muestra la foto. Y yo que, inocente e ignorante, pensaba que, la violencia de género (¿se llamará así porque es del género bruto? Más misterios sin resolver) tenía algo que ver con el sentido de la posesión de algunos hombres hacia sus parejas. O, no sé, que tendría alguna relación con extrañas desviaciones humanas, con el mía o de nadie, con el la maté porque era mía. O que quizá que sería consecuencia de complejos ocultos, de demostraciones de fuerza y de poder...

Pues no, está directamente relacionada con la libertad sexual, con los condones, con el divorcio, con las relaciones sexuales fuera del matrimonio. No sé cómo no me había dado cuenta antes. Nada que ver con la tradicional sumisión debida al cabeza de familia, con la dependencia física y económica, con el amor mal entendido. Ahora resulta que Otelo, el primer maltratador famoso de la historia, fue, en realidad, una adelantado a sus tiempos. Hay que joderse con los obispos. Demasiado tiempo libre pienso que tienen y ya lo dice mi madre: “El que no tiene que hacer, con el rabo caza moscas”.

En esta misma línea de pensamiento (me disgusta que haya gente que piense así, pero me molesta que, además, lo hagan público), escucho la noticia del día. En una universidad española, en uno de los cursos de la carrera de psicología, en una de las materias de obligado cumplimiento, el libro de texto (también de obligada lectura), explica que los homosexuales podrían ser “curados” de su enfermedad con un tratamiento que combina pastillas y electroshock... Quítense las manos de la cabeza, cierren la boca y no, no me lo estoy inventando, es verdad.

¿Curados? ¿Enfermedad? Me pregunto quién es aquí el enfermo, ¿el rector? En confianza, me he quedado sin sentido del humor así, de golpe, y no lo recupero ni con electroshock ni con na.

¿Por qué nos andamos con chiquitas? Directamente que venga Torquemada (vista a la derecha) a poner orden en esta sociedad contaminada y viciosa, o vamos todos, en vuelo directo sin escalas, a las calderas de Pedro Botero, a arder en los fuegos eternos del infierno.

O ellos dejan de decir tonterías o yo dejo de escuchar las noticias. Tanta adrenalina suelta por la mañana no es sano. Me lo ha dicho mi monitor de yoga. Ommmmmmmmm...



sorue@divertinajes.com
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