17 de diciembre de 2003

Por los pelos

Esta semana llena de asuntos trascendentes yo me siento de lo más intrascendente, ¿qué quieren que les diga?

Por un lado, Sadam Hussein, con aspecto de Papá Noel venido a menos, capturado, por fin; los catalanes (yo no lo soy, pero como si lo fuera) hemos decidido poner Cataluña del revés (entre el nuevo gobierno de izquierdas y el Barça que no levanta cabeza, nada es lo que era); las nuevas leyes de tráfico (¡si todavía no me sé las viejas!).

Por otro lado la Navidad (aún no ha empezado y yo ya estoy harta) que, como la gripe, me pilla cada año desprevenida. La publicidad con perfumes suficientes para perfumar a toda la humanidad, las galas benéficas, las maratones para recaudar fondos, las películas de Santa Claus en todas sus versiones... ¡qué hartazgo! Las cenas navideñas de empresa, los amigos invisibles, las decoraciones de las calles... ¡qué hartura!

En resumen, que estoy desatada. Desatada de pies y manos.

Así que les hablaré de algo absolutamente intrascendente. Les hablaré de mi pelo.

Yo llevaba el pelo corto y, modestia a parte, me sentaba muy bien. Pero he decidido dejarlo crecer. Ya lo sé, Julieta, decido dejarme crecer el pelo, al menos, una vez cada dos años. Pero forma parte de mi personalidad eso de ansiar el peinado que no llevo.

¿Se han dejado crecer el pelo alguna vez? Es un rollo. Pasas una época en que tu cabeza parece una bola de pelos incontrolados. Es esa época en que parece que el cabello no crece hacia abajo, sino hacia afuera.

Superada esa etapa espantosa, viene la de “ni chicha ni limoná”, más espantosa si cabe. Se trata de esas semanas en que, como si de un paje medieval se tratase, llevas una medida que no se sabe si es media melena o corto demasiado largo. El flequillo te tapa los ojos, las patillas están a puntito de sujetarse detrás de las orejas, pero todavía no, con lo que acostumbran a dispararse hacia los lados, como alerones aerodinámicos. Por detrás intentas sujetarte el pelo con un coletero, pero no te llega, así que te pones un moñete horrible con pinta de cagarruta.

Entre medio, y para no desesperarte, has cambiado el color varias veces, y te maquillas como una mona y disimulas.

Crece finalmente hasta no saber qué hacer con él. Si es liso, porque parece que te han chupado la cabeza, con tus greñas pegaditas a la cara, colgando por los lados. Si es rizado porque adquiere tal volumen que tu cabeza parece un nido de monas. En ese momento comienzas a fijarte en los peinados de las actrices de moda a ver qué es lo más favorecedor. Meg Ryan, Sharon Stone y Nicole Kidman son mis peinados favoritos. Como ven, nada que ver unos con otros. ¿Qué les parece el pelo de Meg, la carita de Sharon y el tipazo de Nicoleta?

“Me parece que yo no hago milagros, guapa”. Ese es mi peluquero, que está ya nervioso ante mi indecisión sublime y dice que, o decido ya o se corta las venas al 1 con la maquinilla. Y ¿saben lo peor?, que finalmente me dejaré seducir por el corto rabioso de Halle Berry y el esfuerzo habrá sido inútil.

¿Que qué les importa a ustedes todo esto? Pues nada supongo, pero mi obligación es contarles algo cada semana y, qué quieren, no siempre tiene una superaventuras que explicar.

Aquí me tienen, en la fase uno (la de bola de pelos, ¿se acuerdan?) gastando gomina a tutiplén para conseguir un peinado más ¿dinámico?, menos ¿ridículo?, pensando si acudir a la cena navideña de la empresa con un gorro de Papá Noel. Estaría muy ambientada, ¿no creen?



sorue@divertinajes.com
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