29 de octubre de 2003

Derrengada

Dioses, qué cansada estoy. Estoy tan cansada que me duermo toda. Y me duermo toda hasta tal punto que no me tengo de pie. Y no me tengo de pie porque, dioses, qué cansada estoy. Voy todo el día con la lengua fuera, a veces me la piso y me caigo de bruces.

Y no es para menos, ¿eh?, que llevo una semanita, de aúpa.

Veamos, veamos. La semana tiene siete días, ¿no? Y siete días tienen siete noches, ¿no? Pues bien, de esos siete días con sus siete noches yo llevo seis de acá para allá. Y yo, señoras y señores, tengo casa. Pequeña y absolutamente hipotecada, cierto, pero casa. Pues como si tengo picores, oigan, mi jefe ha decidido que mi labor es muy útil fuera de mi oficina, de mi ciudad y, si se ilumina, incluso de mi país.

Lunes. Trabajo en la oficina mediodía, no he vendido una escoba. Como con un cliente. Cojo el puente aéreo, me voy a Madrid. Ceno con otro cliente. Me voy a dormir a las mil: zzzzzzzzzzzzzzzzzz.

Martes. Me levanto a las 07.00. Acudo a una reunión a las 9.00. Comida de trabajo. Me tiro por encima el café, vuelvo al hotel a cambiarme de ropa. Salgo con mi flamante traje de chaqueta beige, mis botines color camel, mi gabardina blanca.... llueve a mares. Llego a la reunión de la tarde hecha una sopa. Mi interlocutora es una rubia de treinta espectaculares años, con un traje de chaqueta de Armani y una melena lisa que no se había enterado de que en la calle jarreaba...

Miércoles. Me levanto a las 5 de la mañana para coger el primer puente aéreo de vuelta a Barcelona. Llueve . Retraso de más de una hora. Llego a la oficina media hora tarde. 75 mails por abrir (y contestar), 27 recados telefónicos. No tengo tiempo ni de cortarme las venas. Por supuesto, no como. Trabajo pegada al ordenador. Vuelvo a casa lo suficientemente tarde como para que me cierren el CAPRABO. Ceno una lata de aceitunas rellenas y una galleta de chocolate.

Jueves. Antes de ir a trabajar me voy a hacer análisis de sangre. Cuando llego a mi despacho ya me esperan unos proveedores, me meto en una reunión de casi tres horas... en ayunas. A la hora de comer bajo al bar de la esquina y me como el mayor bocadillo de lomo con queso que jamás vieron vuestros ojos. En la mesa de al lado, la adjunta a dirección de rrhh se está comiendo una ensalada sin aceite mientras me mira con desprecio. Le lanzo un mal de ojo al pagar la cuenta. Por la tarde hablo tanto por teléfono que se me pone dolor de orejas. Tengo cena de trabajo a 100 km de Barcelona... me quiero ir a vivir con los mormones, seguro que mi vida es más tranquila.

Viernes. Llego al viernes boqueando, con agujetas en el cerebro. Trabajo toda la mañana como si fuera la última, me salto la comida del mediodía (y se lo cuento a la de la lechuga, para que vea que yo también me cuido). Por la tarde salgo con el tiempo justo de hacer la compra. Me gasto casi 100€ y lo que me quedaba de buen humor, y meto lo que me dan a cambio en seis bolsas de plástico de las que te cortan la circulación de la sangre en los dedos. Se ha estropeado el ascensor. Dudo si subir a pie con las bolsas o montar un puestito en la calle y revenderlo todo. Me puede el hambre y lo subo (en tres viajes). Me arrastro por el pasillo hasta la cocina, pongo una lavadora. Me preparo un baño de agua caliente. Pongo un CD de música relajante y me duermo en la bañera. Me despierto a las 12 de la noche, helada, arrugada , morada y constipada. Me voy a dormir.

Sábado. Me despierto con unos mocos como estalactitas y unos pelos como estalagmitas. Tengo 38º de fiebre y tos de perro fumador. Me quedo en la cama.

Domingo. Me quedo en la cama con mi fiebre y mi gripe, haciendo un trío.

Lunes. Me despierto como una rosa y, ¡qué remedio!, me voy a trabajar.

¿Es dura o no mi vida? ¡Dioses! Qué cansada estoy.




sorue@divertinajes.com
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