6 de octubre de 2003

El cambio de armario

A mi amigo Gian Franco, italiano de Italia, del mismísimo Milán, se le salían los ojos de las órbitas ayer mientras paseábamos por el Port Olimpic de Barcelona.

- Es bonito, ¿verdad?
- ¿El qué?
- El Port Olimpic.
- Si, cara amica, el Port sí. Lo que es horribile es la moda que lleváis en España
- ¡Pero si aquí se viste muy bien!
- No será hoy

Y tiene razón. Mirando a nuestro alrededor, la cosa era de risa. Hay gente con vestido de verano, botas de agua y chaqueta de punto por encima, y otra con traje de chaqueta de entretiempo y sandalias abiertas. Yo misma, sin ir más lejos, voy estos días hecha una fachosa, combinándolo todo: pantalones de lino, camisa de manga larga, americana de paño, sandalias, maletín de trabajo, paraguas plegable...

Pero no es culpa nuestra, es del clima. Si les pregunto a ustedes que tiempo hacen allá donde viven, ¿sabrían qué contestarme? Hace ahora fresco, ahora calor, ahora llueve, sucesivamente y en combinaciones aleatorias. A lo peor llueve y hace calor a la vez. O no hace ni frío ni calor... ni llueve. “La indecisión climática de los países civilizados es un síntoma más de nuestra incapacidad de evolucionar hacia...” Tío Ra, no te rayes. Entretiempo ha habido siempre.

Y esta tortura se produce dos veces al año. Es lo que mi madre llama “El cambio de armario”, expresión que no quiere decir que cambies el mueble, es decir, el continente, sino que cambias la ropa, es decir, el contenido. Expresión que, para las mentes suspicaces lo aclaro, ninguna relación tiene con salir del armario.

Para realizar esta ingrata tarea tienes dos caminos: ir haciéndolo sobre la marcha (hoy saco una cosa de invierno, guardo dos de verano) o hacerlo todo de golpe (un domingo dedicas toda la mañana, o todo el día si posees el guardarropa de mi amiga Julieta, a lavar planchar y recoger en sacos la ropa de verano, lavar, planchar y colocar en el armario la ropa de invierno).

Ambos sistemas están llenos de defectos, se mire por donde se mire. (Pero el segundo es agotador y, además, desperdicias un domingo).

Si te decides por el poco a poco, ya lo he dicho, es menos cansado, pero interminable. Comienzas a mezclar el lino con la franela y, en enero, todavía cuelgan, debajo de la gabardina, los piratas que llevabas en la verbena de San Juan. Cuando te das cuenta estás utilizando las camisetas de tirantes de algodón como ropa interior, y te pones las chanclas de goma con calcetines para estar en casa.

Pero cambiarlo de todo de golpe es casi peor. Basta que tengas toda la ropa de verano guardadita para que vuelva el calor. ¡Y hay que ver lo que pica la angorina a 25 grados centígrados! Te pones el traje de chaqueta gris con los botines de punta negros y, a mediodía, meterías los pies en la fuente de la esquina para que se te refresquen.

Un horror, al menos estético, se mire por donde se mire. Y un asombro, porque lo mismo sucede que sacas cosas que no recordabas que tenías (de hecho, me acabo de comprar un pantalón mil rayas, peor aún, acabo de quitarle la etiqueta y de meterle el dobladillo, y ahora sale del armario de invierno un pantalón mil rayas clónico de este), como eres incapaz de encontrar aquella blusa negra con transparencias tan ideal que, jurarías, guardabas como oro en paño. Y es que, Julieta dixit, mi fondo de armario se compone, básicamente, de pelusillas varias.

Y luego está la impaciencia de estrenar lo que te has comprado. Como, desde principios de agosto, las tiendas están llenas de las tendencias de otoño (no Julieta, no hablo de la caída de la hoja) pues picas, y te compras, por ejemplo, una chaquetita de punto con adornos de piel. Y, claro, a finales de septiembre estás muerta de ganas de que se levante un poco de aire para ponértela, no vaya a ser que se apolille en el armario de tantos días guardadas. Y te la pones, aunque sea encima del vestido ad lib que compraste en Ibiza en julio.

Resumiendo, que es gerundio, que allí nos tienes a todas (porque ellos se ponen un pantalón y una camisa haga el tiempo que haga) disfrazadas de, nunca mejor dicho, avance de temporada.

Aunque, en realidad, este año no debería preocuparnos nuestro aspecto durante las semanas que dura la metamorfosis. ¿No han visto los desfiles de Barcelona, de Londres, de Milán? Pues consisten en eso. Consisten en combinar shorts de satén con jerséis de punto grueso, faldas hasta los pies con botas de piel y camisitas de tul, pantalones de lana con botas que dejan los dedos al aire y tops completamente transparentes excepto la goma elástica.

Chicas, chicos, no preocuparse por la pinta que el otoño nos obliga a tener. La pasarela Gaudí nos apoya. Lo que ocurre es que Gian Franco es un antiguo.






sorue@divertinajes.com
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