29 de septiembre de 2003

El ocaso de las bragas

Julieta y yo nos hemos matriculado en un gimnasio (en un fitness, diría ella, mucho más puesta que yo) aprovechando las ofertas de septiembre.

En la hojita informativa que nos dieron el día que pagamos la suscripción nos decían que llevásemos ropa deportiva .“Y yo que pensaba ir con mi Chanel”, exclamó Julieta. Pues otro gallo nos hubiera cantado, que allí nos presentamos las dos con chándal y camiseta y éramos las únicas: mallas, bodys, tops, calentadores, maillot tanga, bikinis tipo culturista sobre leotardos de lycra, pantalones piratas, camisetas estilo imperio, mini shorts... había de todo menos chándals (¿chándals o chándales? Debo consultar el diccionario). Parecíamos las catetas de mi lugar.

Pero si la elección de las vestimentas deportivas nos dejó ojipláticas, ni os cuento cómo se nos quedó la cara cuando constatamos lo que ya nos temíamos: en el siglo XXI no quedan mujeres que lleven braga.

- ¿Vais sin bragas? -preguntó mi tío Ra cuando le explicamos el tema.

Peor, tío Ra.

Vamos, van para ser exacta, con artilugios de diseño pensados para ser lucidos: tangas de colores, brasileñas, culottes (léase culots), braguitas de puntillas, con los mofletes del culo agujereados, sugerentes bodys de encajes, pantaloncitos de leopardo... ¿pero bragas? ¿Bragas de la de toda la vida? No quedan.

Una braga simple, de algodón blanco, que recoja todo el trasero entero y acabe allá donde comienzan las piernas, ya no hay. No se lleva. Est&aacutA>?>?>???A ?¼e; demodé.

Hoy en día, tiempos de piercings y tatuajes, de pantalones que se sujetan en las caderas, de camisetas imposibles con escotes de vértigo y ombligos al aire, una braga es una reliquia.

Cuando era niña, los días de fiesta mi madre me ponía bragas de perlé. Eran enormes, con puntillas en las perneras. Las hacía mi abuela y picaban un montón. Las niñas ahora llevan braguitas de las Súper nenas. Y las no tan niñas emulan a las Tanga Girls.

Las quinceañeras llevan braguitas de Calvin Klein, ideadas para lucirlas por encima de los pantalones. Se trata de una goma blanca o negra, con la marca mágica impresa, que se ciñe a las caderas y sujeta un pedacito de algodón por delante y otro por detrás. 15€. Casi ná.

Las veinteañeras, treintañeras y cuarentañeras (odio cuarentonas, suena fatal) se han apuntado a la moda del tanga o, en su defecto, la braguita brasileña, que no es lo mismo pero es parecido. No sujetan, no tapan, no son cómodas, a veces no favorecen, pero son fashion. Y nos hacen sentir divinas.

Julieta y yo ya nos hemos comprado unos cuantos. No nos importa hacer el ridículo en la sala de musculación pero en los vestuarios no, seria demasiado duro.

Y mi madre que diga lo que quiera. No pienso ponerme ningún tanga de perlé. Hasta ahí podíamos llegar.






sorue@divertinajes.com
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