8 de septiembre de 2003

Mar y montaña


La Musculoca
La piscina de la urbanización está toda revolucionada. Los de Pamplona le han alquilado el chalet estas dos semanas a una parejita de Burgos que ha causado furor. Ella es una morenita muy mona y muy embarazada. Él un rubito todo músculos que, por aquello de la abstinencia, digo yo, anda pavoneándose por el césped sorteando toallas, y quedándose con el personal femenino.

Eso es lo que me cuenta Julieta, que ha ido a pasar unos días al chalet que tienen sus padres en la sierra. Y no sé de qué se asombra si, cada verano, en cada playa, piscina, lago, pantano y río de la geografía mundial, aparece un musculoso, o más, intentado asombrar a la peña con sus cachas inhumanas. Los hay altos, bajos, feos, guapos, gordos y delgados, pero, todos tienen en común unos brazos que dejan chiquitos a los de Hulk, y una depilación que convierte a sus pectorales en objetivo de mi Braun “Epileidi”. A partir de ahora la llamaremos Braun Epimacho, que es más propio.

La embarazada guay también está en todas partes. Es aquella, de edad variable, que se mantiene delgada y morena. Este espécimen acostumbra a lucir su barriga con bikinis mínimos, falditas cadereras con camisetas “tripa al aire”, pantalones como de payaso listo. Quizá lleva un tatuaje en el escote, o en los riñones y, alguna, incluso un piercing en el ombligo.

Pero no son estos los únicos ejemplares de la fauna vera???? ?A?º?niega que abundan en playas y piscinas y, en general, en aquellos sitios donde hay cerca agua, hay otros muchos.

Está, por ejemplo, la pandilla de niños que no hay manera de que salgan del agua, “Martita, sal del agua que tienes los labios morados”, “Martita, sal del agua que se están arrugando las manos”, “Martita, sal del agua que tienes cara de frío”... “¡¡¡Martita sal del agua o te doy una colleja!!!”. Y Martita sale y todos nos preguntamos, por qué no empezaría por ahí la señora y nos hubiera ahorrado 20 minutos de gritos.


Cualquiera se fía...
O los niños que no hay manera de que entren en el agua. “Manolín, ven a bañarte con papá. ¿Que no quieres? Pero no seas tonto si no está fría... Si no te cubre... Que no, cariño, que no hay tiburones. Papá no deja que te pase nada malo. Si entras con el flota no te hundes y papá no te soltará. Que no, que no nos vamos de la orilla...”. ¡Jesús! ¿No se da cuenta ese padre de que a su hijo le da pánico el agua? ¿Por qué insiste? Y sobretodo, por qué no viene la madre de Martita y le da una colleja al padre de Manolín, a ver si se calla y deja a Manolín en paz.

Están las señoras que se meten al agua pero no se quieren mojar el pelo. Son esas que van nadando con la cabeza toda tiesa, que parece que van de pie, y nadan como a braza. Las hay de todas las edades pero, en su mayoría, ???? ?A?º? pasan la cincuentena. Las reconoces por la postura, por el peinado impoluto y por las joyas, que no se las quitan ni para ir a la playa: “Niños, id a jugar a otro sitio que me estáis mojando”. “Pues salga del agua, señora, y váyase al campo. Allí no hay riesgo de despeinarse”.

También está la familia que baja a la playa con las hamacas, la sombrilla, unas banquetas, las colchonetas para los niños (que sirven para, después de comer, hacer la siesta), las neveras (mínimo dos, comidas y bebidas), la cesta de los cubiertos, las pelotas de goma, la petanca, la radio, la barca de remos, las toallas, las revistas del corazón, el AS, las palas... cuando te los encuentras les preguntas, “Qué, vecinos, ¿al refugio nuclear?”. “No hija no, a la playa, a pasar el domingo...”.

Y no me digan que nunca han visto a la parejita que se tira todo el día magreándose y él, al final, del día tiene una hinchazón que no se puede poner de pie. Y al señor de las gafas oscuras que impiden que se le salgan los ojos detrás de la veinte añera del tanga que está bailando el Papichulo para hacer ejercicio. Y hablando de ejercicio, no nos olvidemos de las señoras que pasean por la orilla del mar, o de aquella que hace estiramientos en su hamaca. Del que da siete mil vueltas corriendo alrededor de la piscina o del que hace el pino cien veces para que le vean las chicas que han hecho un círculo de toallas y han puesto en el centro el radiocasete para oír a David Civera...

O los que, como yo, bajamos una novela de 400 páginas y, parapetados tras ella, no perdemos ripio de lo que pasa a nuestro alrededor.

¿Se pueden creer que, durante el invierno, les echo de menos?




sorue@divertinajes.com
Archivo
Volver
Imprimir