25 de agosto de 2003

Mi mamá me mima

Mi amiga Julieta anda toda preocupada. Es el cumpleaños de su madre y no sabe qué regalarle. “Es que mi madre es muy especial”. ¡Anda, y la mía! A ver si te crees que la especialidad no es un don materno universal. Pues lo es. Todas las madres son muy especiales.

Una madre es de las cosas más importantes que tienes en la vida. Un momento que suena el teléfono, ahora vuelvo.

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Ya estoy aquí. Era mi madre, que dice que no es una de las cosas más importantes de mi vida. Es LA MÁS IMPORTANTE. Que ella me trajo a este mundo, me amamantó, me cuidó, me educó, me sacó adelante, me preparó para enfrentarme al mundo exterior... Vaya, que la que llamaba era mi madre.

Realmente, lo de las madres es tema que tiene miga. La mía, sin ir más lejos, es como si me leyese el pensamiento, a las pruebas me remito. Siempre sabe lo que me pasa. Y, cuando no lo sabe, o bien me pregunta (en ocasiones con una insistencia que roza la impertinencia), o le pregunta a mi hermana o, directamente, se lo inventa. (A ti lo que te pasa es que estás enamorada –o preocupada, cansada, enferma-, a mí me lo vas a ocultar, que soy tu madre).

Ya lo dice el dicho, valga la redundancia: Madre no hay más que una (y me tuvo que tocar a mí).

Y es que las madres te enseñan un montón de cosas durante la niñez que luego son muy útiles en tu vida de adulta. Te enseñan, por ejemplo, a ser constante: "Hasta que no te comas todos los guisantes, no te levantas de la mesa" (y anda que no caben guisantes en un plato).

También te inculcan los principios del pensamiento democrático: "Esto se hace así porque lo digo yo, que soy tu madre".

¿Y qué me dicen de la religión? Son ellas las que te enseñan a orar: "Reza porque salga la mancha de chocolate de tu vestido del domingo". Y rezabas, ya lo creo que rezabas.

La ironía es un rasgo de mi carácter que no vino en los genes, mi madre fue mi maestra: "A que te doy un azote para que llores con razón..." Ironía pura, ¿o no?

Fue ella la que me enseñó a mirar más allá, a no quedarme con la primera impresión, a profundizar: "¿Cómo que no está el libro de historia en el segundo cajón de tu mesa de estudios? Ay como vaya yo y lo encuentre". Y yo, qué remedio, profundizaba... y lo encontraba.

Ella me mostró la importancia de preocuparse por los demás. "¿No os parece que a los vecinos del 5º derecha les debe ir mal? Ella lleva los mismos zapatos del invierno pasado". Bueno, esto se lo debo a mi madre y a sus amigas. Y a las revistas del corazón.

Me enseño la lógica aplastante de lo imposible: "¡Calla y contéstame! ¿Te parece bonito?".

Y me hizo entender que amor y generosidad siempre van de la mano: "Con lo que mamá te quiere, ¿no le vas a dar un traguito de tu horchata?".

Sí, señores y señoras, yo no soy madre, pero soy hija y sé lo que me digo. Así que, Julieta querida, ponte a pensar en el regalo de tu progenitora y más vale que aciertes, o tu madre, quien también te enseñó la importancia de ejercitar la memoria, no lo olvidará jamás.




sorue@divertinajes.com
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