18 de agosto de 2003

Mi momento Carpanta

Ayer tuve un ataque de pánico. Abrí la nevera de casa y no había nada, qué susto. Por la hora que era no había posibilidad de comprar comestible alguno y, por la hora que era, no podía bajar a cenar a ningún sitio. De Tele hamburguesas y pizzas a domicilio ni hablar, mi dietista me corta los pies si ceno algo parecido a eso. La comida china no me gusta y mis amigos están de vacaciones. Resultado, a la cama sin cenar.

Me tomé un café con hielo y me fui a dormir, a ver, qué va a hacer una en esas circunstancias.

Me he despertado a las tres de la mañana con tanta hambre que soñé que un pollo asado roncaba a mi lado en camisa de dormir mientras un plato de macarrones de los que hace mi madre revolvía en los cajones de la cómoda.

- ¿Qué hacéis manchando de tomate mis cosas?
- Buscamos una servilleta.
- ¿Para qué?
- Para limpiarte la baba, que se te está cayendo.

Sólo de pensar en el pollo y en los macarrones salivaba una cosa mala. Dioses, qué hambre.

No podía volver a dormirme. Todo eran bocadillos de chorizo, jamón, tortillas de patata... espantosa pesadilla gastronómica.

Estaba tan desesperada abriendo y cerrando los armarios de la cocina en busca de algo comestible que estuve a puntito de salir a la escalera y despertar a mis vecinos: “Muy triste es de pedir, pero más triste es de robar. Dénme algo, por favor, para llevarme a la boca y al estómago”

En plena desesperación, a un tris de calentar agua con sal en el microondas e imaginar que me bebía una sopa (muchas sopas de régimen tienen menos sabor que el agua caliente), ¡eureka! Una lata de espárragos.

Era de esas planitas con anilla “abrefacil”. Toda nervios por el hallazgo, tiré de la anilla con más fuerza de la debida y ¡zas!: anilla rota en mi mano derecha, lata de espárragos cerrada en mi mano izquierda, hambre canina en mi pancha... pa echarse a llorar.

Vuelta a abrir cajones en busca de un abrelatas. Pero, claro, como ahora todas las conservas vienen con el sistema de apertura infalible, pues ¿para qué quieres un abrelatas? El caso es que, tras largos y angustiosos minutos, que se me antojaron horas, encontré un chisme de esos cochambroso en mi caja de herramientas.

¿Creen que aquí termino mi desdicha? Se equivocan. Mi abrelatas, modelo del 66, ya no sirve para las latas modernas. Las latas modernas tienen un reborde muy pequeño que dificulta lo de enganchar el ganchito para clavar el pico del instrumento y avanzar correctamente. ¿Me siguen?

El caso es que eran las 4 de la mañana y, allí me tienen, en medio de mi cocina de diseño, peleando con unos espárragos cobardes atrincherados dentro de una lata. Cansada, sudorosa (¡qué calor hace, señor!), enfadada, medio dormida y debilitada por el hambre, no había manera de abrir la dichosa latita. Se me ocurrió, ante la incapacidad de avanzar cortando el metal, pinchar y hacer agujeros muy juntitos, como agujeros suspensivos, inspirada en aquello del “corte por la línea de puntos que salía en los cupones de Avecrem. Me hice, no sé, tropecientos agujeritos, y una ampolla en la base del pulgar que, ahora, aún me duele (además del orgullo, porque, claro, a esas alturas ya me iban ganando los espárragos 3–0, por lo menos) pero, finalmente, rodeé la tapa de la lata de agujeros todos seguidos, cual primoroso bordado de vainica.

Vale, prueba superada. Y, ahora, ¿cómo corto por la línea de puntos? Vuelta a rebuscar por los cajones algo que me sirviese. Probé cuchillos de sierra, de filo liso, de untar mantequilla, de esos que tienen dos puntitas y sirven para cortar queso. Probé con el cuchillo jamonero, con las tijeras de cortar pollos, con las de cortar las uñas. Con la lima, con un destornillador, con una llave inglesa... menos poner una carga de dinamita, hice de todo. ¿Y qué creen que pasó? Pues que la abrí, si señor, la abrí. Para celebrarlo, me tiré en plancha por el pasillo, hice un doble salto mortal y la ola.

“Oe, oe, oe, oe, campeona, campeona, oe, oe, oe, oe...”

Qué alegría, qué alboroto, otro perrito piloto. Soy un as, un hacha, superwoman, la mujer maravilla. Soy un fenómeno, un monstruo. Soy Hulk, Einstein, Malena Gracia. Soy el terror de las latas de espárragos.

Así que, imagínenme, a las 5 de la mañana, sentada en el orejero del salón saboreando seis espárragos, seis, de la cosecha del 2003, más feliz que el Ortiz.

Y, ¿saben lo mejor? Que a mí me dan alergia los espárragos y hoy tengo un sarpullido por toda la cara que parezco una aspirina efervescente en plena efervescencia. Pero cené.

Bueno eso y que, con tanto enredar y tanto esfuerzo, me muero de sueño, tengo agujetas en los bíceps y la cocina hecha un desastre. Pero cené.




sorue@divertinajes.com
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