28 de julio de 2003

¿Pueden creerse que estoy acatarrada?

Es increíble que, con los 36 grados centígrados de media que viene soportando mi cuerpo serrano, mi cuerpo serrano tenga escalofríos y tiritonas, y tos y mocos y, en fin, ¿alguien no conoce los síntomas del catarro común? Pues esos todos los tengo yo esta semana.

Todo empezó, como no, con el aire acondicionado de la oficina. Mi oficina, diseño total, es un edificio inteligente, más tonto que Abundio, programado para someter a los que en ella trabajan a todo tipo de torturas, de lo más variado. Por ejemplo, no hay ventanas para abrir (ni para tirarse, que hay lunes que, si las pudieras abrir lo harías para dejarte caer al vacío), con lo cual, cuando el jefe pasea su oronda figura puro en boca, o a mi compañera de despacho se le va la mano con el perfume, nos toca tragar (saliva y la respiración) y aguantarnos. Hay un hilo musical que se oye desde todos y cada uno de los rincones habitables. El ascensor habla (“está usted en la planta 1ª, o en la 2ª, o en el séptimo cielo). El portero es automático y el café, de máquina.

El peor castigo es, sin embargo, el de las temperaturas. Alguien, quien fuese, muy caluroso decidió, cuando fuera, en nombre de todos, que la temperatura ideal para vivir eran 21 grados. No asientan con la cabeza, que les veo venir. Quizá para los chou-chou (esos perros tan monos, de lengua morada, que parecen ositos de peluche) 21 grados sean muchos. Para mí es frío. Casi polar. Yo, tan mona, con mis vestidos de tirantes, mis sandalias de tiras-dedos-al-aire, mi pelito corto, mis piernas depiladas, nada con que protegerme... Me hielo. Me duele la garganta. Me lloran los ojos. Me hielo... en verano.

Permítanme un comentario fuera de época. En invierno, sin embargo, 21 grados estaría bien si no fuera porque llevo un monísimo jersey de angorina peluda, unos pantalones de franela, calcetines de lana, botines y un foulard al cuello. Y me asfixio. Me suda la frente, se me congestiona la nariz, me duele la cabeza. Me asfixio. Y, para colmo, cuando salgo a la calle toda acalorada no me pongo el abrigo y, ¿qué ocurre? Que me constipo. Y vuelta a empezar, me pica la garganta, me lloran los ojos....Un deja vu, ¿no?

Si ese edificio es inteligente, yo soy Santa Teresa de Jesús. Mi periquito es más inteligente que él. Incluso Leticia Sabater lo es.

A lo que iba. Que, el fin de semana, cuando ya pensaba que mi incipiente catarro se contendría si me iba a la playa y me daba baños de agua de mar bajo tórrido sol mediterráneo... ¡Catapún!, aparece mi madre quien, como Mary Poppins, tiene un control total sobre la dirección que lleva el viento, y es experta en abrir y cerrar las ventanas de su apartamento en la costa para desear la tan ansiada corriente de aire revienta siestas.

Ahí me tienen a mí, dormida cual ceporro vespertino, en el sofá del susodicho apartamento, sometida a la corrientita de aire de las 17.30 ( la que se establece entrando por la puerta del salón a la terraza, pasando por encima del sofá y saliendo por la ventana del dormitorio de invitados) y quedándome pasmada, afónica y con la barriga revuelta porque, nunca mejor dicho, me había dado un aire. Me tiro, desde ese momento, esquivando corrientes de aire naturales, como la ya explicada, o provocadas (por el enorme ventilador del techo de comedor, el potente ventilador del salón, el pequeño ventilador de la cocina o el mini ventilador del cuarto de baño, que, mis padres, puestos a hacer corrientes de aire, no reparan en gastos).

Mi madre es pues, junto al tonto edificio inteligente, corresponsable de mi catarro.

El caso es que, cuando vuelvo a la city, con el moco puesto pero, morena, casi casi añoro el aire acondicionado de la oficina. Diga lo que diga Julieta, el aire, como mejor está es cálido y en reposo.

Y aquí me tienen dispuesta a afrontar la última semana de julio con el kleenex en la mano y una toquilla tapándome los riñones. Que una no está ya para tonterías.




sorue@divertinajes.com
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