30 de junio de 2003

Veraneo chocobloc

De verdad que no sé si es el calor, el sueño, la edad o la vida en Barcelona... Estoy que me caigo. Claro que razones no me faltan, ¿eh?, porque, digan lo que digan quienes lo digan, a propósito de que la energía ni se crea ni se destruye sino que solamente se transforma, la MIA, mi energía, quiero decir, no se transforma, se transmuta, en cansancio mortal (Cansancio Mortal: parece unos de esos engendros americanos de los que nos hablan en CinExin, ¿no?)

Y es que, ya me lo dice Julieta: Mira bonita, para rendir al 100% hay que saber conjugar los verbos de las tres conjugaciones verbales: Follar (con perdón, Julieta nunca fue muy fina), comer y dormir. Y eso es tan difícil... Porque si duermes no follas y si comes (en demasía) tampoco, que te da sueño. No puedes comer mientras duermes, ni dormir mientras comes y, leches, mis días tampoco tienen tantas horas para repartir.

Y todo este rollo Macabeo viene a cuento de que, el último finde, huyendo del calor infernal, pegajoso y achicharrante de la Ciudad Condal (he llegado a la conclusión de que el aire no corre por mi calle porque todavía no la ha encontrado en el callejero), decidí irme a la playa. Y digo decidí porque lo decidí sola. Lo cual, como las audaces y despiertas mentes de mis lectores ya habrán adivinado, no significó que lo decidiese solamente yo, nooooooooooo, lo decimos yo y otros tres millones de sudorosos seres. Quiere decir que lo decidí solita, sin la ayuda de nadie. Más me hubiera valido consultarlo con alguien, para que me sacase de mi error.

¡Mi madre cómo estaba la playa! Había tanta gente que parecía que unos granos de arena habían ido a pasar el día entre la multitud... De sombrillas, de hamacas, de toallas, de radios a todo volumen, de niños con sus palitas, de parejas acaloradas, de estupendas sirenas, de brazos de mar... de todo, había de todo, como en botica. Cienes y cienes, ¿qué digo?, miles y miles de humanos en remojo, o rodeando el chiringuito, o jugando a palas... Tope de actividad under the sun.

A eso de las ocho de la tarde (20:00 pm, post meridian magasin, que diría Julieta, sí, sí, ella) “convencime” de que ya era suficiente baño de masas y que me volvía a mi casa con la fresca. Vana ilusión, doble para más señas, lo de la fresca (continuaba haciendo un calor tan atorrante que los coches entraban solos en los lavaídems, en busca de agua) y lo de volver a mi casa... Daba comienzo la “OPERACIÓN RETORNO”. Salir del pueblo fue sencillo, tráfico consistente pero fluido, pero, ay amiguitos, de pronto: EL ATASCO. Resumo, que si os lo explico como fue os entrará hambre, o sueño, o las dos cosas. Es tan sencillo como que pasamos de circular a 60 por hora a no circular. Parón total. 25 millones de coches en hilera, llenos de gente que venía de la playa y todavía no se había duchado, es un espectáculo digno de perderse. No sólo no me lo perdí sino que participé, qué digo, lo protagonicé.

Avanzábamos a la velodicad de caracol cojo, tardamos en recorrer 7 metros casi dos horas. Yo tenia picores por todo el cuerpo y parte del alma. ¡Dioses! Me hice amiga de los del coche de al lado, expertos en estas lides porque viven en Sant Joan de Espi y bajan a la playa a Tarragona porque tienen una casita, heredada de la madre de él que comparten con su hermano, también de él y que se turnan un fin de semana cada uno. "¿Era necesaria esta explicación?" -oigo decir a mi tío Ra, parco en palabras todo él. Pues no, pero era ilustratoria del grado de confianza que se adquiera en esas circunstancias en las que, qui lo sá?, puedes hacer amigos para toda la vida.

Recorrimos en estas estrecheces e intimidades automovilísticas unos 15 kilómetros durante los cuales los niños de mis nuevos amigos jugaron a bajar por la puerta izquierda trasera de su coche, rodear el mío, entrar por mi puerta trasera derecha para salir luego por la izquierda y entrar de nuevo en su coche por la derecha. ¿Me entienden o les hago un croquis?

Tres horas y media después, unas 125 vueltas de un coche a otro, por fin, se vislumbraba el principio del final del atasco. Parecía que, eso sí, muy tímidamente, los coches comenzaban a moverse. Optimista como soy por naturaleza puse tercera y aceleré. Él, mi coche, hizo ¡PAF! Y fin de mi aventura dominguera: La correa de distribución, dijeron los de la grúa mientras lo cargaban. La madre que me parió, dije entre dientes mientras les ofrecía mi VISA para pagar el traslado. Esto va a ser un poquillo caro, dijo el mecánico cuando echó el primer vistazo al motor.

Y todo esto se lo cuento porque, por mucho calor que haga en Barcelona, es preferible irse al cine que irse a la playa. Y el que avisa no es traidor. Adeu, macos, y feliz verano.




sorue@divertinajes.com
Archivo
Volver
Imprimir