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29 de noviembre de 2007
Algo nuevo, algo viejo, algo prestado
Sin embargo, la experimentación a veces puede ser contraproducente. Si, pongamos por caso, un pintor expresionista decidiera probar a combinar sus habilidades con la pintura con técnicas escultóricas de las que no tiene ni idea, es probable que el resultado se pudiera considerar un fracaso. Con los músicos, en muchas ocasiones sucede precisamente esto. Un artista que domina un estilo a veces siente la necesidad de cambiar radicalmente. En ocasiones estos cambios responden a un legítimo deseo de probar nuevas formas de expresión. Otras veces se debe a la no menos legítima ansia de adaptarse a las corrientes dominantes en el marcado. Es decir, el músico en cuestión quiere obtener el éxito comercial y para ello recurre a un cambio en su arte con el que espera conseguir tanto el reconocimiento del público como su dinero. Esto que, repito, es perfectamente legítimo, se considerar por los más puristas como una traición a las propios principios del artista y, está muy mal visto. Por otro lado, hay quien no siente ninguna necesidad de experimentar y repite la misma fórmula exitosa hasta la saciedad. Obviamente debe ser una fórmula que haya triunfado, ya que si no es así, tras el primer trabajo, nadie se interesaría por las subsiguientes versiones. Toda esta digresión viene a cuento de tres nuevos discos que han aparecido o están a punto de aparecer en el mercado: los de Hevia, Jean Michel Jarre y Mike Oldfield. Obsession es el título del álbum del asturiano. Maestro de la gaita electrónica y uno de los impulsores del éxito de la música celta en España hace unos años, se ha descolgado con un disco con el que dice que quiere explorar nuevos territorios sin abandonar el clasicismo de la tradición musical de su tierra. El resultado es un álbum en el que supuestamente se mezclan el sonido de su instrumento preferido y el ambiente chill-out. Es decir, un ejemplo clásico de cambio de rumbo para adaptarse a las tendencias de moda. El problema es que el gaitero ha dado a luz un híbrido difícil de catalogar pero que muy poco colocarían en el apartado de música chill. Es cierto que cuenta con los elementos que definen el estilo new age que pretende combinar con lo suyo, pero la mezcla resulta un poco forzada en más de una ocasión. Algunos cortes se podrían incluir en recopilaciones al estilo de las de Café del Mar, pero la mayor parte de ellos se salen un tanto del ambiente relajado que esta clase de música pretende ayudar a crear. El francés Jean Michel Jarre se sitúa en un punto intermedio entre la repetición de fórmulas probadamente exitosas y la experimentación. Su último disco es una reedición del primero de su carrera oficial, Oxygène. Lo que ha hecho ha sido utilizar los instrumentos con los que grabó esa pieza seminal de la música electrónica y, con la ayuda de otro músico, grabarlos en directo con las más modernas técnicas. Obtiene así un disco cuya novedad se limita prácticamente a la aportación del sonido envolvente 5.1. Su nombre completo es Oxygène: Living in your living room. Todavía no he tenido la oportunidad de escuchar más temas que los que ofrece en su página web, pero es evidente que es un álbum dirigido expresamente a los más acérrimos seguidores del multiinstrumentista, a pesar de los aproximadamente 20 minutos de música nueva que nos promete. El tercer álbum que quiero comentar es Music of the spheres de Mike Oldfield. La novedad es que el británico se ha unido por primera vez a una orquesta para hacer un disco supuestamente original. Hace ya muchos años pudimos escuchar la versión instrumental de Tubular Bells, pero aquello era una transposición bastante literal de la partitura a la instrumentación propia de una orquesta sinfónica. Esta vez, lo que pretende Oldfield es crear un disco completamente pensado para esta gama de instrumentos. Pudiera definirse como un intento por ver de lo que hubiera sido capaz el músico si hubiese vivido en otro tiempo. Lo malo es que desde el primer corte lo que oímos suena a viejo. Después de Tubular Bells, Tubular Bells II, Tubular Bells III, Millenium Bell y Tubular Bells 2003 (la recreación con instrumentos modernos del clásico) podríamos pensar que la fórmula ya estaba más que agotada. Pero no, con Music of the spheres Mike Oldfield da una vuelta de tuerca más al concepto que le hizo rico y famoso allá por 1973. Es evidente que los años que han pasado le han aportado muchos recursos, por lo que puede vendernos como nuevo un trabajo que quizá podría tener su gracia si lo hubiera compuesto otro artista en plan de homenaje, pero cuando sabemos que es el artista el que se inspira en su propia obra es imposible no pensar en un agotamiento de su vena creativa. Si antes ya había utilizado el recurso del autoplagio para sacar varios discos de mayor o menor calidad, ahora la cosa ya empieza a oler a cadáver. Tres ejemplos de utilización de la experimentación o la falta de asunción de riesgos, según el caso, que nos definen en cierta medida cómo está el panorama musical en esta segunda parte de la primera década del nuevo siglo. Ambientalismo, revival, falta de ideas… Este mirar atrás no es malo por sí mismo. En ocasiones autores con décadas de trabajo a sus espaldas son capaces de aportar algo nuevo y de calidad a pesar de beber en las mismas fuentes creativas que en los inicios de sus carreras. Un ejemplo claro son los americanos de Eagles, que en su último disco demuestran que se puede volver a la carga con su música de siempre, pero sin que suene a repetición o a cesión frente a los gustos más comerciales. Ojalá muchos hicieran lo mismo.
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