Secciones:

Boletín de novedades

Reciba nuestro Divertín de manera regular y gratuita.
Su e-mail

¡Web seleccionada entre las mejores!

El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

El hijo del desconocido


Si en su anterior novela, La línea de la belleza (Anagrama), Alan Hollinghurst tocaba ya la excelencia con una prosa de corte jamesiano que le valió ser recompensado con el premio Booker, diez años después nos regala otra apoteosis de estilo con su nueva novela El hijo del desconocido (también en Anagrama) —título extraído de un poema del gran poeta inglés Alfred Tennyson—.

Deudora de las grandes corrientes de la narrativa social y de costumbres inglesas, la obra, dividida en cinco partes, abarca cien años de la historia cultural y social de Inglaterra con la vista puesta en Foster y Evelyn Waugh, extraordinarios maestros a los que recurrir junto la sombra alargada y perenne de un Oscar Wilde revisitado, lleno de lucidez y sarcasmo que planea sobre todo durante la segunda parte de la novela.

Montada como una especie de ejercicio memorístico, este repaso a la memoria general y particular de sus personajes le sirve a Hollinghurst para explicar lo débil y traidores que se vuelven  los recuerdos  sean estos personales o colectivos.

La novela arranca en el verano 1913 con la visita de Cecil Valance a la casa de uno de sus compañeros de curso. Este joven y mediocre poeta georgiano, aunque no ha publicado aún nada, goza de una reputada fama literaria en el entorno de las universidades. Su popularidad la debe también a su título nobiliario y a su belleza que atrae por igual a los hombres y mujeres. Él se deja querer, admirar y agasajar por todos los que le rodean. Durante su estancia en la casa, escribe un poema, "Dos Acres" (nunca sabremos con certeza si está dedicado a su amigo George Sawle o a la hermana menor de éste, Daphne), que toma el nombre de la propiedad de los Sawle, y que gracias a la temprana y heroica muerte de su autor durante la I Guerra Mundial, se hace famoso y  le convierte en mito para todos sus contemporáneos y las generaciones siguientes.

Luego, la novela va dando saltos temporales y en cada uno de ellos volvemos a encontrar de nuevo a los protagonistas en un momento determinado de sus vidas  y este viaje nos llevará hasta la actualidad. Algunos de ellos van desapareciendo y otros toman su lugar en la narración. Los unos exprimiendo sus recuerdos, los otros intentando saber más sobre la figura icónica del poeta.

Con su primorosa y elegante prosa, que es uno de los mayores logros de la escritura de Hollinghurst (leerla en inglés es un placer añadido)  el libro fluye con la engañosa parsimonia de un gran rio tranquilo en su superficie cuyo fondo oculta peligrosos remolinos. Nada es lo que parece y la memoria es aranera: cada uno vemos y entendemos las cosas de una forma diferente en nuestra relación con los demás. Y la figura de Cecil Valance, idolatrado por unos y denostado por otros, se convierte en un personaje poliédrico que refleja más la personalidad de cada uno de los que le conocieron que la suya propia.

La fascinación por la recreación de los ambientes de la clase alta inglesa es una constante en la obra de Hollinghurst, pero esta vez su mirada es menos nostálgica y más acerada; menos respetuosa y más crítica con ese mundo casi extinguido de las grandes mansiones victorianas y la de las gentes que las habitaban. Mezcla de sensibilidad y parodia El hijo del desconocido se alza como una, si no la mejor, novela inglesa del año.




Archivo histórico