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Viajar al óleo

Armando Cerra

Fin de trayecto

Durante el año 1877, Claude Monet acudió a diferentes horas y  durante varios días para pintar la Gare de Saint-Lazare. Allí, bajo la cubierta acristalada, rodeado por el vapor de las locomotoras y sin despistarse por el trajín de los viajeros, se concentraba en pintar los variados efectos lumínicos que provocaban los rayos de sol en el interior de la estación.


"La Gare de Saint-Lazare", de Monet

En su búsqueda de captar el instante, se lo debió pasar de miedo, ya que el escenario era ideal para pintar sus impresiones. Unas impresiones que durante los meses anteriores las había buscado en el campo, en Argenteuil. Y aún antes las había intentado capturar en su viaje a Londres.

Por cierto, Monet y Londres ya aparecieron en el primero de estos textos divertinos. De eso, hace ya más de tres años. Monet va a ser el primero y el último de los artistas que protagonizan estas líneas. El único que va a repetir. Porque cómo nos muestra este cuadro de la Gare de Saint Lazare, el tren ha llegado a la estación y el maquinista se retira a descansar.

Pero antes hay que disfrutar por un instante del óleo y de la ciudad adonde nos lleva: París. La capital gala donde por cierto se expone esta obra, y no podía haber mejor sitio que una antigua estación de ferrocarril, reconvertida en el Museo de Orsay.


"Museo de Orsay", de Mónica Grimal

Una metáfora ideal de lo que ha sido “viajar al óleo”. Allí se puede disfrutar del arte, admirarse con los detalles que nos dejaron esos pintores, leer la intrahistoria de los cuadros, conocer las zonas oscuras de los genios y soñar con viajar a los lugares y tiempos retratados.

Gozar, pasmarse, aprender, reflexionar y evocar eso provoca el arte. Y eso ha provocar viajar. No todos los cuadros son memorables, al igual que no lo son todos los destinos. Pero cuando se mira y se viaja sin ideas preconcebidas, siempre son capaces de impresionarnos, aunque sólo sea por un momento, mostrándonos algo que no sabíamos.

A veces nos plantean una comparación entre el pasado y el presente, o entre nuestro lugar de residencia y el sitio al que viajamos. A veces gana lo nuestro y a veces no. Pero para que dé tiempo a esas reflexiones, que al fin y al cabo es lo que nos queda, se hace necesario mirar un cuadro o viajar a ritmo lento, a la velocidad de un tren de vapor. Para asomarse por la ventanilla y captar los paisajes, la gente, las anécdotas, los cambios y las diferencias. En fin, disfrutar del momento y dejar que nos impresione, para más tarde contarlo o pintarlo como hizo Monet.

Buen Viaje.


"Dejando pasar el tiempo en el Museo de Orsay", de Mónica Grimal

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maletadevuelta.blogspot.com




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