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El pizarrín

Javier Goñi

Retratos de fotomatón

Déjenme que les diga que se me han amontonado, como en un torno de convento, retratos de fotomatón, perfiles de señoras y señores, semblanzas de hombres de letras, blancos y negros de flamencos, y habrá que ver, sí, qué da de sí este barullo de papel. Veamos, pues.


Acabaremos dando palmas con los flamencos, se llegará, pero hay que empezar por el principio, con la cosa erudita, aunque lo de los flamencos también lo esa, y así volver con gusto, en este pizarrín –recientemente lo hice en el dedicado a Camba, pizarrín aquel que ha sido recomendado por las chicas, un vago genérico este pues ignoro qué edad tienen y quiénes sean, o son, la sargento Margaret y demás tropa de la patrulladesalvación.com, blog este que yo sigo mucho, y con gusto y provecho—, al profesor Francisco Fuster que nos ha montado un libro nuevo con odres viejos cogiéndolos de aquí y de allá, de sueltos de papel y de sus memorias; un libro nuevo de Baroja (Semblanzas, Ed. Caro Raggio, 2013), odres viejos, estos retratos de fotomatón, esta colección de semblanzas, este batiburrillo de perfiles de escritores de su tiempo, de gente que trató, odres viejos, por sabidos, por dispersados, pero que ahora, al ser reunidos, se mudan en odres nuevos, y como pasa siempre con las cosas de Baroja, si se le tiene afición, como es el caso, acaba siendo un gozo volverlo a leer, recordarlo o leerle de nuevas (táchese lo que no proceda). Dice el profesor Fuster que Baroja fue muy propenso a “mojarse” –fue siempre muy propenso a muchas cosas, que fue siempre muy suyo, muy de “cosas de Baroja”—, que le gustaba trastear en el subjetivo terreno de los juicios de valor  sobre personas u obras.

Y nos recuerda en su introducción cómo don Pío solía decir lo que pensaba, por muy arbitrario que fuese, y lo hacía esperando con coherencia reciprocidad por parte de los demás, que donde las dan, las toman, y que si escribía –él— con acritud y antipatía hacia los demás, en los casos que así fuese, esperaba –él— que se le tratase de la misma forma, se le pagase con la misma peseta, como así ocurría, decía, y lo justificaba: “Es lógico y natural; más, tratándose de un escritor como yo, que cree que la simpatía y la antipatía son casi lo esencial en el arte”.

La simpatía y la antipatía, lo esencial en el arte, casi. Qué barojiada.

Con esos mimbres hacía Baroja sus retratos de fotomatón, estas estupendas semblanzas, que va engarzando Fuster, haciéndonos un libro nuevo con materiales dispersos, y los hace, las hace, con su personalísima plantilla. Valga de botón la semblanza montada por Fuster con materiales dispersos sobre lo que dejó escrito de Azorín, quizás su amigo más próximo. Y vean unas muestras. Ah, y Martínez Ruiz es Azorín, por si hiciera falta el aclare.

Muestras como éstas: “Y, sin embargo, Martínez Ruiz es un hombre que inquieta a los escritores que le conocen, porque le creen tortuoso”; esta también: “sus obras parecen escritas por algún fraile casto y sombrío que viviera en una de esas llanuras claras e inundadas de sol de La Mancha”; o esta otra, por no insistir más: “tenía entonces Martínez Ruiz, en el pequeño círculo literario de Madrid, fama de hombre mal intencionado y punzante, aspecto, para los demás, de estudiantón, libelista y mordaz”. Un amigo, el amigo Baroja.


Pero Baroja fue también un estupendo retratista de grupo y no me resisto a traer a este rincón algunas de sus evocaciones de periódicos de antaño donde anduvieron en otros tiempos, cuando ambos eran jóvenes radicales y con su puntito anarquista. Ese periódico, Arte joven, que “lo hacíamos en el gabinete de un joven catalán donde se vendían cinturones eléctricos para la impotencia”. Lo hacían, el periódico, Baroja y “unos cuantos”, donde dibujaban su hermano Ricardo y el “cubista” Picasso (las comillas, de Baroja).

Y aún hay espacio para una revista, Juventud, que, escribe Baroja, “se publicaba en la redacción de un periódico dedicado a defender los intereses de los carniceros. En las columnas de esta revista dogmatizábamos, acerca de moral, Maeztu, Azorín y yo, mientras los redactores del periódico carnicero hablaban de los filetes.”  Recuerdos de Baroja.

Y me gusta cómo evoca a Unamuno: “Unamuno era de un egoísmo absoluto. Él era español, no había como España; era vasco, nada como ser vasco; era de Bilbao, lo mejor del mundo era ser de Bilbao. Vivía en Salamanca, Salamanca era la ciudad mejor de Europa”. Y así. Y es que, añade en otra página de la semblanza: “Yo, como digo, no tenía nada contra don Miguel, únicamente que no era partidario del sistema suyo de agarrarlo a uno por su cuenta, de acogotarlo, de atarle de pies y manos y de convertirle en un oyente sordomudo”. Palabras de Baroja.

Son muy buenas —y conocidas— sus semblanzas sobre Silverio Lanza, el hombre raro de Getafe (fue mi último pizarrín, antes del parón forzoso de junio de 2012, ya superado), Ciro Bayo u otra estupenda de Corpus Barga, el gran periodista español del primer tercio del siglo XX, quien escribiría una semblanza del propio Baroja en El Sol, que titularía “La fontanela de Pío Baroja” y en la que, situando la cosa en contexto, describía a don Pío “con máscara de hiena, sobre el resorte de su cuerpo encorvado, las manos a la espalda y el pie zambo”, que a su vez recuerda muy bien Baroja en su semblanza de Corpus Barga: “ Yo no replicaría el retrato, un poco recargado, que de mi hace Corpus Barga por mi cara de hiena…”, y añade: “Puede ser que yo tenga cara de hiena y un pie torcido, como dice Corpus Barga; pero él tiene un aire un poco decadente de pollo de la burguesía. Esto no quiere decir que yo tenga enemistad con él. Nada de eso”. Las plumas, como se ve,  como acero toledano para el duelo a la primera sangre, como pistolas con padrinos, al amanecer.


Muy distinto, eso sí, es el Retrato de Baroja con abrigo, que ha escrito, a modo de obsequio navideño, Jesús Marchamalo para Nórdica con dibujos de Antonio Santos, un retrato amable de un barojiano para barojianos, donde no cabe hacer sangre, sino al contrario enmarcar el afecto, coger de aquí, de allá, unas anécdotas, unos trazos que perfilan bien al personaje, tan frecuentado en los años cincuenta; la puerta de su casa, siempre entreabierta, y si no se levantaba el propio don Pío a abrir, faltaría más, pase usted, pasen: periodistas, admiradores, pelmas,  discípulos, gente de tertulia, damiselas de elegante sociedad que le traían pasteles, bombones que él con golosa celeridad llevaba a la alcoba, para luego, no fuera que hubiera que compartir –la bandeja de pasteles, los bombones—, los escritores, y los del cine: un día le llenaron, lo cuenta Marchamalo, la casa de cables y focos, y toda la preocupación de don Pío era saber/temer si toda aquella parafernalia iba a consumir mucha electricidad:  cree Marchamalo que lo suyo era racanería, yo más bien creo que era prudencia; que siempre lo fue, prudente, y así resolvió la vida. Y se le fue la vida en prudencias.


Querido don Pío, de quien tengo un retrato que encontré en la calle como recuerda Marchamalo en su dedicatoria impresa, que tengo el gusto de compartir con mi amigo Manuel Longares, escritor de Madrid. No sé si lo he contado ya, incluso aquí, bueno aquí creo que no, o sí, o no sé, pero lo cierto es que en cierta ocasión, hace años, una noche, saliendo del cine, en la esquina de Goya con Velázquez, pintores, vi a un curiosón de la calle revolviendo entre cubos de basuras, husmeando papeles. Viejas fotografías, incluso. Y la vi de pronto, al pasar. Esa. Esta. Disimulé el nerviosismo interesándome por el escaparate iluminado de una zapatería de señoras. El curiosón de la calle la tuvo en la mano, una y otra vez, la cogía, la miraba, la volvía a dejar, y metía en una bolsa otras cosas de más valor, cabía suponer, o creía que él que así era. Yo desde el escaparate, de reojo. Parecía que se iba a seguir sus pesquisas, y yo hacía amago de abandonar mi burladero y hacerme ya con la pieza que me tenía en un sinvivir, pero solo era un amago, pues el curiosón volvía, desconfiado. Y creo que recelaba de mí. Pues me había mirado de soslayo (dedico este “de soslayo” a quienes todavía lo utilizan: es para mí una de las expresiones más inanes que puede haber: es opinión).


Parecíamos una pareja de baile que llevaba mal el paso pero sin soltarse. Yo ya no resistí más y cuando le vi que le daba la espalda de nuevo a mi objeto de deseo, abandoné la luz del escaparate y con decisión tomé la fotografía y me la llevé. Saliera el sol por Antequera —¡no me va a comparar usted, sí, usted, la frase hecha esta con lo “de soslayo!—.  Era una fotografía de tamaño de retrato para colgar en la pared de don Pío Baroja, fotografiado por Alfonso –uno de los alfonsos, relativicemos su valor material—. Es una fotografía que yo no he sabido encontrar todavía en la amplia iconografía que del escritor existe. Es una hermosa fotografía que la tengo hoy, convenientemente enmarcada, en una de las paredes de mi casa. Mi baroja.

Hay otros retratos de fotomatón, retratos al minuto, un folio escaso, que no son para enmarcar, sino para herir o zaherir a la primera sangre, son –fueron— unos retratos de una intensa contención, en el que todas las palabras tenían sustancia, cumplían, ni una de ella servía de apoyo –de poyete— donde descansar. Las fue publicando en un periódico, una a una, duelo a duelo, y luego se las reunieron –entonces— en un libro, que lleva a modo de posdata su propio autorretrato, tan real o imaginado como el de Cervantes que adorna el salón de recepciones y aceptaciones de electos que hacen el paseíllo de etiqueta antes de convertirse en inmortales, en la Real Academia Española. Ese autorretrato que dice: “El tipo es bajo. Desmañado, poco hablador, taciturno y burlón. No se considera un intelectual, y soporta mal que le traten como si lo fuera. Ama las tabernas y las papelerías de barrio y los flancos luminosos de los quioscos que exhiben tebeos y novelas baratas de aventuras. Las banderas le producen auténtico terror. Come ensaladas y escribe a mano. (…) Pero no hay nada que le aburra tanto como hablar de sí mismo, así que basta. Vestido de diablo y ligero de equipaje –algunos discos, algunos libros (ninguno de Baltasar Porcel, por supuesto), algunas fotos— se va por fin al infierno. Abur”.

Este autorretrato es el de Juan Marsé, que reunía los retratos ajenos en Señoras y Señores (Tusquets, 1988, en los bonitos y plateados Cuadernos ínfimos) y que ahora, aligerados de peso, y con la inclusión de dos retratos más, el de Arturo Mas y el de la Cospedal, que poco aportan, los ha puesto en circulación Ediciones Alfabia. Uno que tiene las dos ediciones, la de Tusquets, muy estimada, y esta otra de Alfabia, de ahora mismo, resiste la tentación de comparar una y otra, de compartir la perplejidad con el lector que hasta aquí haya llegado por saber qué criterios ha seguido —el autor, cabe pensar— para mantener algunos retratados y haber prescindido de otros. No entiendo por qué se encabeza esta nueva salida  —¡en 2013!—  con Marta Ferrusola, dama de los Monegros para acá poco importante, salvo que para Juan Marsé  todavía tenga validez lo que de ella pensaba –inicia su retrato— “la bienpensante sociedad catalana afectada por el famoso virus CIU”, esto es, y “por aclamación”: “Això és una dona”, o sea, para Marsé: “esto es una mujer, en traducción literal. Esto é una mué, en charnego estricto de Cornellá”. Palabra de Juan Faneca. Catalinarias.


Marta Ferrusola  me interesa poco, nada, me gusta más el retrato de Plácido Domingo, “uno de los tres terrores”, y desde luego el de Fernando Fernán Gómez, “un señor zanquilargo y narizotas, de voz tronante y afán pelirrojo”. Y este “afán pelirrojo” me lleva enseguida a Carmen Maura, de quien dice –con experiencia que le envidio, y que no comparto por ignorancia propia, que uno nunca ha sido agraciado por una pelirroja— que “no es pelirroja, pero se comporta como si lo fuera”. Él sabrá. Marsé.

El retrato más espectacular –a Carmen Romero, doy por supuesto que es esa Carmen Romero, aquella, que prologa esta nueva andadura en Alfabia, le escuece, como a mí, desechos de tienta progre, tanto ella como el arribafirmante—  acaso sea el que le hace con balas no de fogueo precisamente a un   cantautor catalán —o en prosa de Marsé: cantautor de las narices catalanufo—;  este retrato a muerte que empieza: “Hay voces que tienen la cara que se merecen. Cara de seminarista, voz de confesionario”. Y acaba: “El estilo cabra de su arte revela una falta de pudor y un desmadre emocional que supera al de cualquier cantante de boleros de antaño. Siempre, al atacar ciertas estrofas, le da el tembleque y precisamente ahí es donde más le aplauden. Misterios del vibrato y del nacionalismo ampurdanés. En realidad, este señor no es otra que la versión sacralizada y aburrida de José Luis y su guitarra, aquel cantante melódico de los sesenta conocido también como la Vaca romántica, debido al peculiar tembleque de su voz y a su peculiar estilo bovino. Mmmmuuuuuu.”

Lluís Llach. O el retrato –escacharrante, desternillante— que le hace a otra de sus más preciadas y constantes bestias negras, Baltasar Porcel  (lo apreciaba tanto que lo metió en su propio autorretrato, como hemos visto ahí arriba): el susodicho pertenece al “orden de las gallináceas, en su variedad pavorrealesca”, sitúa, y añade a continuación: “A esta cara se le han subido los humos a la nariz y parece que bizquea. Palpita a lo largo y ancho de la rijosa fisonomía, desde el flequillo hasta la punta de la barba, el deplorable convencimiento personal de que la gloria literaria es un pastel, y que cuantos menos seamos a la hora de repartir ese pastel, más grande será el trozo que nos tocará”. Baltasar Porcel.

Decía Gómez de la Serna –nos recuerda Francisco Fuster— que debe establecerse una relación personal entre biografiador –si es permitido el barbarismo, si es que lo es— y biografiado y por eso sale mejor el producto si esta relación existe, que no pasa forzosamente por conocer directamente al biografiado, sino –entiendo yo— que haya un cierto vínculo sea éste el que sea. Y así se puede hacer un retrato a sangre como los de Marsé con Lluís Llach o Porcel, el de Marta Ferrusola y esposo –la pareja se hace arena entre los dedos de las manos desde este lado de los Monegros— o se pueden hacer unos perfiles, totalmente atinados, como los que ahora vienen, estos de gentes de flamencos, que han hecho en trío José María Goicoechea y José Manuel Gómez, Gufi, los plumas, y Jerónimo Navarrete, el de los carretes.


Flamencos, de los tres, en edición de María Robledanoy sello editorial de Rey Lear es una estupenda galería de retratos de la gente del flamenco, ellas, ellos, señoras y señores, en las que, en esta cuidada y exquisita edición, foto, a toda página (impar), y texto no de acompañante, de palmero, sino en igualdad de condiciones (página par), casan ambos dos, foto y texto, con naturalidad. En este caso no cabe hablar de esa anécdota, mil veces contada, parafraseada, de Picasso retratando a una dama –dicen que Gertrude Stein— a la que animó, una vez ultimado el retrato y ante la duda de la retratada, a parecerse.

Uno es poco ducho en estos palos, ignora casi todo de lo que se encierra en esas caras, en esos surcos, en esa selva pilosa a la que tan aficionados son, por estética y por genética, la gente de los flamencos, por eso uno, en sus impericias, que uno es perito en casi nada, ha disfrutado tanto con estos perfiles salidos de la pluma de Goico –así le llamamos algunos de sus amigos— y de Gufi, que no son, desde luego, y no es necesario que lo advierta el primero en una nota previa, fichas biográficas; no, en esos perfiles, en esas fotografías están –estoy de acuerdo con él— sus puntos de vista, su especial mirada, con la que no tienen por qué coincidir siempre, sobre esos cantaores o bailadores, esas señoras y señores de grito desgarrado, del movimiento roto, del sonido arrancado a un instrumento, “hemos tirado –escribe Goico— de nuestra relación personal con el flamenco”. Y es cierto, cada foto –la mayoría, retratos de fotomatón, primeros e impresionantes planos— va acompañada de la cara que a cada uno le corresponde, pues si es cierto que a cierta edad uno tiene la cara que se merece, la verdad es que algunos,  con  esa cara solo pudieron dedicarse a eso. La cara, y en tantos casos, el apellido, que ayuda, marca, aconseja y decide.


De izquierda a derecha:  Manuel Soler y Chano Lobato; El Chato de la Isla; Antonio Carmona y Antonio González Flores; y El Cabrero.

Las fotos, y los textos. En una página, repartiéndose los palos, barajando los naipes, los plumas han trazado, palabras las justas, ni una sobra, una vida… parece que solo cabe hacer la pareja con “ejemplar”, y supongo que muchas de ellas, esas vidas, no lo son, ejemplares, pero algo tiene, sí, este libro de estampas, no de estampitas, de muestrario de vidas no sé si, ejem, ejem, ejemplares, que no de santos, desde luego. Me ha encantado, en fin, este bestiario de gentes del flamenco. Bestiarios, retratos al minuto, de fotomatón, semblanzas, repartos iguales, o casi, de señoras y señores, y además de propina traviesa, o de justicia poética, Bibi Fernández (antes Andersen), en el estudio fotográfico, si no ambulante, de parque, de Marsé: “Por una vez, y sin que sirva de precedente, ocupa este suntuoso señor el lugar destinado habitualmente a una señora. Palpables méritos no le faltan, y casi andróginos: el sexo, es público y notorio, está en su sitio.” Bibi. Azorín. Baroja. El Cabrero. La Farruca y Farruquito. Estupendos retratos de fotomatón. Espléndidos. 




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