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Maitines II

Jorge Dioni López

3.2 Tierra adentro


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Si hubiera nacido en Mar de Plata en lugar de en Tierra Adentro, José Antonio Castilla, ex presidente del Gobierno, ex presidente del PPM y actual presidente de honor, habría podido definir perfectamente su estado: solo, fané y descangayado. También habría añadido una descripción física bastante ajustada: flaco, dos cuartos de cogote y una percha en el escote bajo la nuez. E, incluso, lo que piensa delante de la sede del Congreso del Partido del Progreso Moderado: si esto que hoy es un cascajo fue la dulce metedura donde yo perdí el honor. Pero, como es de Tierra Adentro, nacido en Madrid y criado en Valladolid, sólo piensa en buscar culpables y acabar con ellos sin tener que esforzarse demasiado ni mancharse las manos. Acabar con los traidores susurra hasta que la repetición reiterada de la erre provoca que una pequeña babilla le manche los zapatos.

Antes de entrar en la feria de muestras, recuerda la cena donde le convencieron de que Jaime Losada era la persona adecuada para sustituirlo en la presidencia del partido y del gobierno, si no hubieran perdido las putas elecciones de 2004. No estaba ninguno de los otros dos vicepresidentes del partido y rivales de Losada, Rodrigo Rey-Sopelana y Goyo Fuensanta, ni tampoco el presidente fundador Francisco Porto, al que habían tenido que convencer para que eligiera a Castilla en el famosos concilio del percebe. Estaban los ministros Vicente Castalia, futuro portavoz parlamentario; Alfonso Ariza, futuro secretario general, y Luis Talavera, futuro y pasado candidato a la Junta de Andalucía. También estaban Carlos Manchego, su director de gabinete y, en contra de la opinión de todos los anteriores, Marcos Arrate, sempiterno sociólogo del partido.

El primer descartado fue Gregorio Fuensanta, vicepresidente económico y el hombre más popular del gobierno. Su candidatura, propuesta por Arrate, ni siquiera se tuvo en cuenta y Castalia fue el único que dio algo parecido a una contestación. Si Fuensata llegara a mandar, los que estamos aquí tendríamos que fundar otro partido, incluido tú, Marcos; estamos entre Sopelana y Losada. Arrate se había callado la respuesta y sólo había exhalado un “madre mía”.

¿Cuál es el problema de Sopelana?, había preguntado Alfonso Ariza, su sucesor en el ministerio de Interior.

¿Cuál es el problema de Jaime?, había preguntado Luis Talavera, el hombre que casi había ocupado tantos ministerios como Losada.

Arrate, después de recostarse en la silla ergonómica y situarse las manos delante de la cara formando un triángulo escaleno, había abierto la boca para que todos pudieran cómo su lengua se curvaba apoyaba en el cielo del paladar.

El único sucesor posible de José Antonio Castilla es José Antonio Castilla, había dicho Arrate. Claro que Fuensanta cambiará el partido porque tiene otras personas de confianza pero es que eso es lo que pasará con cualquiera. El castillismo sin Castilla no puede darse. Podemos seguir como estamos porque, a pesar de los problemas que hemos tenido, incluida la guerra, las encuestas revelan que hay una buena percepción de la labor del gobierno.

El presidente Castilla cruje los dientes en el hall del palacio de congresos al recordar esa última frase de Arrate y, sobre todo, la continuación.

Si alguien está pensando que el partido puede cambiar de líder y nada más, está equivocado porque la política son caras y voces.

La reunión se había encallado entre Ariza y Manchego, defensores de Sopelana, y Castalia y Talavera, partidarios del Losada más por eliminación. Talavera advertía que Sopelana era una persona muy marcada por el terrorismo y Castalia, que no lo veía dando mítines levantando a la gente. Ariza y Manchego insistían que su opción era la única garantía de mantener la firmeza y que

La discusión estuvo encallada en ese punto hasta que Castalia recordó el retraso de Sopelana en la votación de los presupuesto del gobierno vasco, un argumento que dejó sin palabras a Ariza y a Manchego. El último escollo, Castilla, cayó con una última consideración de Arrate.

Hombre, si alguien está pensando que el partido puede cambiar de líder y nada más, Losada es la persona adecuada porque no tiene equipo y siempre acepta todas las sugerencias que se le hacen.

Y lo hizo durante los primeros años pero, ¿qué coño le ha pasado?, ¿qué le dieron en México?, ¿por qué no se fue como se le dijo?, ¿qué coño quiere hacer con el partido?, ¿quiere joder todo lo que me costó tanto construir, un partido para cambiar el país, para volver a ser un partido conservador como hay mil que sólo pueda gobernar cuando se equivoquen los socialistas?

Castilla cruza el hall con muchas miradas y algunos saludos pero sin ningún corrillo ni de militantes ni de periodistas. Emboca el camino del recinto donde tiene que pronunciar su discurso, un discurso que si hubiera nacido en Chacarita, habría podido comenzar con “Dios quiera que un día te encuentre en la vida llorando, vencido tu triste pasado, pa escupirte encima todo este desprecio que babea mi vida de amargo rencor”, recitado, claro, mirando a Jaime Losada. Pero, como es de Tierra Adentro, nacido en Madrid y criado en Valladolid, José Antonio Castilla, babea y escupe prosaicamente; cruzando el pie para marcar la frontera interior. En la chaqueta guarda un discurso que comienza con referencias al País Vasco, sigue llamando “respaldo responsable” a su apoyo a Losada y termina criticando todo cambio de ideas, aunque sea una evolución. 

Cuando llega a diez metros de la puerta, tiene una idea: llegar tarde. ¡Qué se joda!, piensa. Castilla se mete en el lavabo de caballeros y se sienta en la taza desde donde comienza a mandar mensajes por el móvil para informar a los suyos de su divina ocurrencia hasta que una voz interrumpe el crepitar del dedo pulgar.

—José Antonio, ¿estás ahí?

Es Talavera, presidente del partido en Andalucía, ¿cómo coño ha adivinado que...?

—Creo que te has confundido, Jose. Sandoval, la nueva secretaria general, me ha enseñado un mensaje tuyo en el que decías que estabas pasándotelo en grande en el baño.
—Joder.
—Supongo que se lo querías mandar a Ariza y que Angustias ha heredado el teléfono de la secretaría general. Aunque está tremenda la jodía.
—Joder.

Y quizá le has mandado otro a Navas Santillana pensando que lo iba a recibir Castalia pero Navitas es muy tímida.

—Joder.
—¿Es correcto o tienes problemas en casa?
—¿Lo sabe alguien más?
—Nadie.
—¿Quieres llegar tarde?
—Eres un cabrón.
—Recuerda lo que decía Castalia. Si existe una puñalada que se pueda dar, seguro que se le ha ocurrido primera a Talavera.

Castilla abre la puerta y, sin mirar al andaluz, se dirige al lavabo, donde humedece su melena.

—He hablado con Losada.
—Paso de vosotros.
—Me parece muy bien.

Cuando Talavera está abriendo la puerta, acción en la que se demora casi un minuto, Castilla le hace un gesto manual y verbal.

—¿Y qué ha dicho?
—Que hagas justo lo que has pensado, que hagas todo lo posible para ser desagradable con él, que cargues las tintas en el discurso y que, incluso, tengas algún detalle maleducado cuando llegues.
—¿Está loco?
—Se lo ha dicho Arrate.
—¿Que forcemos una escisión?

Talavera entra y pone la mano en el hombro de Castilla con el gesto que usa para no dejar propina a los camareros.

—Mira, Jose, creo que Arrate no piensa que seas capaz de liderar una escisión pero sí está convencido de que Losada necesita distanciarse del pasado del partido.
—Esto es la hostia.
—Yo tampoco lo veo claro.

El andaluz duda entre darle un pequeño cachete en la mejilla, rozarle la melena o no hacer ninguna de las dos cosas.

—Una ruptura con el pasado liderada por el mismo presidente que estaba asesorado por el mismo consejero de los cojones. Todo diferente menos los que mandan. Parecemos Cuba.
—O China, Jose, y China es el futuro.
—Quiero algo a cambio.
—No sé...
—Quiero a mi mujer en la ejecutiva. Hay cargos de sobra y seguro que hay un hueco para ella.
—Bueno.

Talavera da un golpe en el hombro de Castilla y retorna la mano a la órbita del bolsillo del pantalón.

—Se te respetarán los cargos en la fundación.
—Tengo otros cargos; no sé si lees la prensa. No me muero porque un mierda como Losada me sonría mientras va en la cabalgata. Los reyes del papel higiénico sois otros.
—No sabes perder.
—Y tú lo sabes de memoria.
—Que lo pases bien y ojo a quién mandas los mensajes porque igual alguno se anima.

Castilla vuelve a meterse en el retrete y cierra la puerta con pestillo.

Después de dos minutos sentado en la taza, se pone de pie sobre la misma, confecciona un nudo corredizo con la cadena, se lo anuda y pierde pie. Cae justo del lado del papel higiénico pero no se roza con el dipensador metálico. El ex presidente del gobierno se toca la cabeza, el cuello y la melena varias veces hasta descubrir que sólo tiene un chicón en la nuca y un raspón en el cuello. Pero nunca volverá a ponerse de pie. Cuando se incorpora, alguien abre la puerta de una patada que hace saltar el pestillo y, después de cotejar el rostro del sentado con el de una foto, pulsa tres veces el gatillo. Chiu, chiu, chiu.

Continuará...

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