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Asesinato en maitines

por Jorge Dioni López

Capítulo seis: la gracia de la fe


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6.1

Los primeros postulantes de Maitines que salen a la calle son Jordi Salvanella y Vicente Castalia, los únicos a los que Sanabria ha comunicado personalmente que la policía daba permiso para salir a comer fuera de la sede. Del resto, se han ocupado Palacios e Izquierdo que, sin saberlo porque no están en las listas de afiliados, se han olvidado de Quintero y Jiménez-Mañanes. El primero sigue en la sala de espera del despacho de los interrogatorios, mientras que el segundo, después de dar varias vueltas por el edifico buscando una salida o una entrada, en todo caso, un camino a alguna parte, se ha encontrado con Bermejo.

 -¿Está perdido, don Jerónimo?
 -Como siempre. 

 El catedrático ofrece su mano al ex guardia.

-La señora Sanabria nos dijo que la policía quería hablar con nosotros y se formó otro tumulto. ¿Sabe lo que es un tumulto, Bermejo?
 -Un bulto que le sale a las multitudes.
 -Decidí quedarme abajo y subir después por mi cuenta pero olvidé preguntar el piso y, como no tengo los teléfonos de nadie, salvo el de Losada, he ido dando vueltas hasta que lo he encontrado a usted.
 -Nunca nos vemos con tranquilidad.
 -Siempre nos vemos engañados. A usted lo engañaron entonces para dar un golpe de estado y a mí ahora, para un promover un estado de shock. 

 Jiménez-Mañanes recuerda a Bermejo con una barba de malas hierbas sujetando el cetme a su lado como el niño al que dejan jugar con el volante del coche por primera vez.

 -Bermejo, ¿sabe usted dónde puedo encontrar a la policía?
 -Sí pero creo que ya lo tienen bastante claro.
 -¿Y quién fue el imbécil que mató a Jaime?
 -Creen que no era Jaime; me parece que le gustaría saberlo. Sea discreto, por favor.
 -Gracias, Bermejo.

 El jefe de Seguridad coge por el hombro al ex ministro y lo acompaña por los recovecos de la sede hasta el descansillo donde llama al ascensor y, sin volverse a hablar, llegan hasta la zona donde Quintero espera a ser llamado.

 -Esto es un escándalo, Bermejo, llevo dos horas aquí y no se dignan a decirme nada. Soy una persona importante; he publicado más de cincuenta libros y muchos de ellos han recibido premios muy importantes.
 -Muy acertada la precisión -interviene Jiménez- publicado; si leyera todos esos libros que llevan su nombre, sería usted una persona muy culta.
 -Ya está bien, ¿usted quién coño es? Su etapa ya pasó; ya no es nadie. ¿Qué queda de su obra?
 -Un par de títulos de la Constitución, seis leyes orgánicas aún en vigor y entre un diez y un treinta por ciento de los todos los estatutos de autonomía aprobados en los ochenta. Y no existía Internet y en el Rastro no se venden leyes orgánicas descatalogadas para intertextualizarlas.
 -Usted es un mariconplejines y un masón.

 Quintero vuelve a iniciar una lucha con el rozamiento del sillón de polipiel pero, en lugar de incorporarse, se bambolea como una pelota de golf antes de entrar definitivamente en el hoyo

 -Lo segundo, no; lo primero, no sé que es. Sé lo que es hacer política porque lo hice durante veinte años, del 69 al 89. En el Movimiento, en el Partido Liberal, en UCD, en el CDS y en los primeros años del PPM. La política es negociar; yo te doy esto y tú me das aquello. Yo meto que el ejército es el último garante de la unidad de la patria a cambio de que después podamos poner que en España hay nacionalidades; yo te hago una red de cercanías y una carretera a cambio de que apoyes un par de leyes que me interesan. No es chantaje ni chanchullos, es política pero, para hacerla, hay que ser inteligente, no basta con soltar el discurso hecho en casa. Todo el mundo se la puede cascar en su cuarto de baño pero echar un buen polvo no está al alcance de todos.
 -Esa es la mierda de los que no tenéis principios, de los que pensáis que todo se puede negociar.
 -El problema de los que tenéis firmes convicciones es que no tenéis nada más.

 Quintero levanta la mano hacia Bermejo para que éste lo ayude a levantarse pero el ex guardia ni lo mira y comienza a andar hacia el despacho de los interrogatorios, seguido del catedrático. Cuando llegan, la puerta comienza a abrirse. La subinspectora Verdú abre la puerta para dejar pasar a Carmela del Campo que, en cuanto ve a Bermejo, se tira hacia él para comenzar a llorar.
 Un minuto más tarde, el comisario Tarrés sale del despacho con una sonrisa que está a punto de llegar hasta los ojos hasta que ve la escena y descuelga las facciones hasta poner cara de circunstancias. El policía pide a Bermejo que se lleve a la secretaria a comer fuera del edificio y que, después, la acompañe a casa para descansar. El jefe de Seguridad libra un brazo del llanto de Carmela y presenta a Jiménez. Tarrés le ofrece la mano.

 -Sé que quien usted, Don Jerónimo. Siento haberlo hecho esperar pero nadie me dijo que estuviera por aquí.
 -No soy militante y muchas veces se olvidan de mí. Cuando quiera, contestaré a sus preguntas.
 -Muchas gracias pero no será necesario, excepto si vio algo raro esta mañana.
 -Todo como siempre, salvo lo de Jaime.
 -Eran amigos, ¿no?
 -Fui muy amigo de su padre y me puedo considerar su padrino político pero me distancié mucho de él desde que Castilla ganó las elecciones del 96.
 -¿Luchas internas?
 -No, yo ya no estaba dentro pero soy conservador, no un revolucionario de derechas y lo que hacían no me gustó nada.
 -En España no hay conservadores porque lo primero que hace todo el que llega a un puesto es decir que todo lo anterior es una mierda.
 -No me gusta el fatalismo costumbrista -responde Jiménez. Las cosas pueden ser de otra manera.
 -Pero, hasta que no cambie el viento, hay que tener cuidado con las olas para que la mar no nos trague.
 -Ya soy mayor para ponerme al pairo. Buen viaje.
 -Gracias. Sólo una cosa.
 -Si recibe una llamada extraña, de alguien que no espere, búsqueme. Sanabria sabe dónde estoy.

 Jiménez y Tarrés se despiden. El jefe de Seguridad, ya sin Carmela, se acerca al comisario.

 -Bermejo -dice el comisario-, ya habrás oído que he dejado que la gente se vaya a comer por ahí. Cuando todo el mundo esté fuera, quiero que se refuercen los controles porque Losada intentará salir. Quiero que tú te quedes por aquí con Sanabria, Carmela y el resto de trabajadores del partido.
 -Perfecto.

 Tarrés regresa al despacho de interrogatorios y se detiene delante de la estantería de los móviles. Como un rebaño de grillos, vibran cada poco. El que más mensajes tiene es el de Castalia. El comisario lo abre y, salvo un par de ellos del ex presidente Castilla comunicando su salida de Miami, comprueba que la mayoría son de periodistas. Sin embargo, ninguno de ellos pide información, sino que comunican lo que van a soltar al día siguiente para que el portavoz parlamentario esté enterado. Tarrés comprueba que el único que no está en silencio es el de la secretaria Carmela del Campo antes de sentarse justo cuando Verdú regresa a la sala.

 -¿Qué hora es? -pregunta el comisario.
 -Tres menos cuarto.
 -¿Has llamado al resto?
 -A las tres estarán aquí.
 -Si llamamos ahora a la Secretaría de Estado, la cosa puede entrar en los telediarios, excepto en los que empiezan antes, como el de Gabilondo. Mejor no crearnos más enemigos.
 -¿Iñaki no es por la noche?
 -La Biblia tiene muchos autores pero todos mecidos por la gracia de la fe. Es mejor esperar a las cuatro. Comamos primero.
 -Deberíamos decirlo porque hay gente que sospecha algo.
 -Perfecto, mientras vayamos por delante y no seamos el origen ni el destino de las sospechas. Madrid necesita rumores para seguir funcionando. Todos los que han salido a comer contarán un montón de cosas que se perderán enseguida porque a media tarde se sabrá que Losada no es Losada. Si lo hacemos al revés, toda esa gente plantaría sus chismorreos sobre nuestras informaciones. Cuanta más oscuridad, más luz haremos.
 -No sabía que usted trabajara de esta manera. No sé si estoy aprendiendo o mareándome.
 -Siempre lo hago así pero quizá no te habías dado cuenta porque las investigaciones nunca van tan deprisa. Habitualmente, los muertos están muertos y los sospechosos son los padres o los vecinos y no ex o futuros ministros a los que no podemos llevar a comisaría.
 -Me parece muy arriesgado guardarse la información, aunque no es el único que lo hace.
 -La diferencia es que yo no llamo a nadie después para contárselo. Lo que yo hago es esperar hasta tener un relato de los hechos y no detalles sueltos que cualquiera pueda usar.
 -Los hechos son los hechos, no se pueden manipular. Supongo que soy ingenua pero es así. 
 -No exactamente. Las cosas pasan pero tú las colocas. Conoces gente, te enamoras de alguien, te vas a vivir con él o no, te casas o no, tienes un hijo o no, cambias de trabajo o sigues en el mismo y todo tiene un orden que es el que tú proporcionas. Puede ser una sucesión cronológica pero también sentimental. Sanabria, por ejemplo, no había hecho su relato.
 -Por eso no tenía explicaciones.
 -Claro, uno puede justificar la decisión de casarse pero también la de no casarse porque nada es imprescindible en la vida. Hice esto por eso o no hice esto por aquello.
 -Y si usted no ofrece un relato, se lo harán.
 -Me montarán una conspiración, que siempre es un relato coherente y sin fisuras porque es inventado.
 -No todas, jefe.
 -Ah, ¿no?
 -¿Y lo de Kennedy?
 -¿Una conspiración?, ¿la CIA, la Mafia, Fidel Castro y el ejército? ¿Y nadie ha abierto la boca?, ¿dónde se reunían?, ¿cómo se financió la cosa?
 -Hay muchos agujeros negros.
 -Cada culo tiene uno.   

6.2
Salvanella y Castalia, los primeros en salir de la sede del PPM, se encuentran en la puerta del garaje. Ambos han quedado para comer y no quieren que el otro, por falta de plan, se intente unir y haya que inventarse alguna excusa. Ambos caminan arrastrando los pies para dejar que el otro se adelante y perderlo de vista sin que se note mucho. Cuando llegan a la calle, parecen la promoción de una película de zombies. Salvanella es el primero en detenerse.

 -Tengo que ver a unas personas de Barcelona. Había quedado con ellas y, como nos han quitado el teléfono, no puedo avisarlos.
 -Yo le he dado uno pero me he quedado con otro con un duplicado de la tarjeta y tengo otro número personal.

 Castalia saca dos teléfonos como si desenfundara. Salvanella aprovecha que el portavoz tiene las extremidades ocupadas para no tener que darle la mano y se despide con un gesto de cabeza.
 El catalán rodea la manzana en la que está el edificio hasta llegar a un restaurante hindú donde, en una mesa separada por un biombo con tigres nada simétricos, le esperan los periodistas de La Vanguardia Pedro Villanueva y Enric Montigalà. Salvanella saluda al primero y pregunta al segundo por el padre de un directivo del periódico, aunque sin prestar atención a la respuesta.

 -Lo han matado.
 -O lo habéis matado -dice Montigalà mordiéndose la uña del dedo pulgar de la mano derecha.
 -No me metas en el saco -dice Salvanella, que prefiere no soltar la liebre del imitador para no tener que correr detrás de ella.
 -Yo no te meto en ningún sitio pero tampoco te puedo sacar.
 -No tengo nada que ver con lo que ha pasado.
 -Hombre, estabas allí -interviene Pedro sacando el paquete de tabaco.

Tras encender un cigarrillo ante la mirada de Montigalà, que comienza a morderse los labios, Villanueva mira el móvil comprobando todas las luces.

-¿Vosotros también? -continúa Salvanella. Ariza ha salido a decir lo de ETA porque Arrate ha convencido a todo el mundo de que, si no decíamos algo así, todos seríamos sospechosos.
-Tiene su lógica interna.

Enric comienza a hablar haciendo que su mano planee sobre el paquete de tabaco como un ovni encima de un campo de trigo inglés.

-Por lo que se ha entendido de la confusa explicación, Losada ha aparecido muerto en una sala. Es el típico caso de habitación cerrada de las novelas de Agatha Christie en el que todos los habitantes de la casa son sospechosos.
-La mujer -añade Villanueva-, la amante, el ex compañero de armas traicionado, el ex socio arruinado o la ex criada con la que tuvo un hijo ilegítimo.
-¿Y aquí?, ¿quién es quién?
-Bueno -responde Enric- tú lo sabrás mejor que nosotros. Losada no tenía muchos amigos, aunque tampoco enemigos. No encuentro a nadie que lo odiara tanto como matarlo y menos, de un tiro antes de la reunión de Maitines.
-Yo tampoco lo entiendo -sostiene Villanueva.
-Alguien ha recuperado viejas formas -recupera Montigalà. Tu partido estaba adaptando los modos de la Revolución Cultural, como el escarnio público, a la era de internet pero alguien ha querido recuperar las tradiciones soviéticas de asaltar los cielos. Sólo ha faltado el piolet.
-No lo entiendo -insiste Villanueva echando mano de nuevo al móvil. Bastaba con esperar a las Generales que son en seis meses y pedir su cabeza en un Congreso Extraordinario. Un asesinato es una cosa que no se sabe por dónde puede salir.  
-Éso si perdía.

El silencio sólo deja oír el ruido de los platos de fondo.

-No es que piense -continúa Salvanella- que lo hemos hecho bien estos años pero llevo mucho tiempo oyendo que nos la vamos a dar, concretamente, que Losada se la va a dar y el tío siempre ha sobrevivido.
-Salvo ahora -apostilla Villanueva.
-Lo primero que dijeron era que de las Europeas no pasaba. Y lo hizo. Superó las catalanas, las vascas y, sobre todo, las gallegas, donde se la jugó porque hizo campaña como si fuera el candidato, y, por último, las Municipales y Autonómicas.
-No veo el triunfo -vuelve a apostillar Villanueva.

Previendo que la réplica será larga y vehemente, Enric Montigalà se decide a iniciar la maniobra de aterrizaje de su mano encima del paquete de tabaco para cazar un cigarrillo al vuelo.

-Es que, en todos esos casos, la sensación de triunfo viene porque el nivel de exigencia ha sido muy bajo. En las Europeas, la cosa no era recuperar el terreno que, supuestamente, se había perdido por accidente ante el PSOE, sino mantenerse. En las vascas, casi daba igual el resultado porque el objetivo era trasladar el debate y el problema al Gobierno, como si fuerais un partido antisistema, cuando en las anteriores elecciones os habíais presentado como alternativa de poder. En las gallegas, se trataba de evitar el descalabro por la falta de decisión en el relevo de Porto y, aunque los resultados no fueron malos, perdisteis y ceder el Gobierno en un sitio tan conservador significa dejar al otro tejer las redes de poder. Las Municipales y Autonómicas no las ganó Losada, sino Mendiburu, en Madrid y Torrent, en Valencia, que fueron los que maquillaron el resultado general. Y he dejado las catalanas para el final porque tú mejor que nadie sabes que en la segunda comunidad del país en escaños al Congreso, no puede ser que el PPM sea la cuarta fuerza política. Si el triunfo es resistir, habéis ganado pero creo que vuestro objetivo tiene que ser más ambicioso.

Salvanella queda tocado; lo que no han conseguido ni Arrate, ni Castalia, ni Ariza, ni Quintero, ni Mendiburu, lo ha logrado un tipo que no lleva ni un año en La Vanguardia y que sostiene las palabras con el humo que deja el cigarrillo cuando mueve la mano. Montigalà fuma y sonríe y, cuando se da cuenta de que Villanueva ha dejado de hablar, llama al camarero.

-Es cierto que el nivel de exigencia ha sido bajo pero -matiza Enric- creo que no hay que despreciar la capacidad de Losada de gestionar el juego de equilibrios de la derecha, ¿eh?, donde por un lado está el grupo del radiofonista Martínez al que nada le parece suficiente, por otro la presidenta y su camarilla, el economista y su pequeña corte y el ex presidente que no se acaba de ir y, al fondo, el periodista Rodríguez, que todo lo mira como el cuervo de Poe.
-La situación de Losada -recupera Salvanella- siempre me ha recordado a Bobby Robson. No sé si os acordáis pero, en sus dos últimos años, Cruyff no ganó la Liga. Fueron para el Madrid de Valdano y el Atlético de Antic y, sin embargo, Johan apenas recibía pitidos. Después, llegó Robson y ganó tres títulos de cuatro posibles. Supercopa, Copa y Recopa; sólo se falló en la Liga y, sin embargo, hubo un gran sentimiento de frustración porque Robson quería decir que no estaba Cruyff, que era el líder de la afición, el que nos había llevado a ser el equipo en el que todo el mundo se fijaba.
-Y Losada ha venido después de Castilla -precisa Villanueva.
-En 2000 se tocó el cielo -responde el político. En el partido, la gente pensó que se abría una época de la que no se veía el fin porque el control se extendía en las empresas, los tribunales o las redacciones. No era que Castilla los llamara para decirles lo que tenían que hacer, es que actuaban para complacerlo, para ver si sacaban una sonrisa al sequerón. Nadie pensó en que, cuatro años después, podíamos perder.

El camarero les deja varias cartas pero nadie las abre porque enseguida añade un menú degustación que todos aceptan para no perder el hilo de la charla.

-Lo peor que le puede pasar a alguien que va a disputar algo es pensar que no puede perder -señala Villanueva.
-Y lo peor de esa derrota fue permitir el cambio generacional en el PSOE -sentencia Montigalà moviendo las manos como si removiera spaguettis de humo. Tenéis enfrente a un hombre líquido, como la modernidad, al que le falta formación y cuajo pero le sobra instinto y adaptabilidad. Habéis permitido al PSOE cambiar el Ateneo por la Fnac y el editorial de El País por un puñado de blogs con una sangría mínima. Mira lo que les está costando en Francia realizar ese cruce de acera.

Los tres comienzan a reírse hasta que Villanueva, que estaba comprobando de nuevo la virginidad del móvil, se encuentra con un politono lujurioso y se vuelve para contestar, más por cortesía que por secretismo. Cuando acaba, deja el aparato al lado de paquete de tabaco y mira a Salvanella.

-Era Marisa Mir. Dice que María Jesús Sanabria quiere hablar contigo; en dos minutos te llamará a mi teléfono.
-¿Qué pasa con Sanabria? -interviene Enric-, ¿no decía todo el mundo que su única función era calmar a Losada, que era un hipocondríaco?
-Ahora mismo -explica Salvanella- es la Presidenta. En la Convención de Valencia se aprobó una resolución por la que pasaba a ser Adjunta a la Presidencia, cargo al que sólo podría acceder de forma provisional en el caso de que el Presidente sufriera un problema de salud o falleciera.
-Poirot no dudaría -apunta Villanueva. Descubrió el cadáver y hereda la fortuna del finado. Y sin recurrir a las maledicencias de los mentideros.
-Ya le he explicado que aplazo la dimisión por motivos obvios pero que no voy a dar marcha atrás.
-Pero ella puede ser el punto y aparte que se necesita -responde Pedro.
-Pues no ha empezado con buen pie. Su primera decisión ha sido redactar con Arrate el texto acusando a ETA que Ariza leyó hace tres horas.
-Nunca hay que despreciar el poder de la inercia; sólo se combate con rozamiento.

Montigalà saca su libreta y apunta la última frase de su compañero antes de lanzar la mano al tabaco. Junto al paquete, el móvil lanza una luz roja. Villanueva se lo acerca a Salvanella que se vuelve totalmente para responder. Sanabria va al grano y, después de un breve saludo, le comunica que quiere presentarse en el próximo congreso y que ha pensado en él como número dos. No quiero que hagas nada, dice, sólo que me des tu apoyo; si la cosa sale mal, nada pierdes porque no soy una persona incómoda. Salvanella comprueba en el auricular y en la pantalla que la Presidenta ha colgado antes de devolverle el teléfono a Villanueva. Ni él ni Montigalà preguntan pero tampoco echan un capote cambiando de tema. Salvanella, aturdido por el desahogo con el que la dirigente ha seguido su consejo de ex camarada de Bandera de tentar a todo el mundo, se coloca el pelo y, de un zarpazo, coge un cigarrillo.      

-Quina barra -susurra entre dientes-, me lo ofrece a mí. No sé qué coño quiere esta tía, no sé de qué va. ¿Por qué yo?

Montigalà intuye que Sanabria acaba de hacer una oferta a Salvanella que le está haciendo reconsiderar su idea de dimitir y recuerda un párrafo que recogió en una crónica pocas semanas antes: sé completamente misterioso y podrás dirigir el destino de tus adversarios.
 
6.3
Vicente Castalia dice adiós a Jordi Salvanella agitando sus móviles, uno en cada mano, pero éste no se vuelve y el portavoz va adquiriendo la forma de un liberador ambulante de teléfonos. El portavoz parlamentario sigue los pasos del catalán hasta que lo ve meterse en el restaurante hindú al que todas las semanas alguien quiere invitarlo. Vaya pijo, piensa, dos mil duros para comer alfalfa y asadurilla con especias. Castalia para un taxi y sólo tiene que darle el nombre de un restaurante; aparque detrás, añade, en la puerta B. Castalia toquetea uno de los móviles y ve que el ex presidente Castilla ya ha salido de Miami y llegará esa madrugada. También lee varios mensajes de periodistas. Uno de ellos, de La Gaceta de los Negocios, le comunica que una fuente de la policía ya le ha confirmado el comando de ETA que ha cometido el asesinato de Losada y otro, de La Razón, también ha identificado a otros inequívocos culpables gracias a un contacto dentro de la Guardia Civil. Castalia anota en la agenda electrónica que tiene que llamar a ambos para que coordinen los nombres. El taxi da un frenazo cuando llega a la puerta principal del restaurante y el conductor se apoya en el sillón para preguntar si a la puerta B se llega por la calle de la farmacia. Eh, sí, responde Castalia. El político se baja tras decirle al taxista que acuda a cobrar en la puerta principal.

 -Diga que va de parte del señor Alcoy.

 El portavoz parlamentario llama a un pequeño timbre rojo y, diez segundos después, la puerta se abre. Un camarero vestido de negro y violeta lo saluda con una inclinación de cabeza y pide que lo acompañe por una malla de pasillos que a Castalia le recuerda siempre a una mezcla de puticlub y psiquiátrico. El camarero se detiene frente a una puerta, la abre suavemente y, después de que Castalia haya entrado, la cierra sin ruido. Rodeando la mesa, ya están Rodríguez-Guarjol, director del periódico afín, y Casimiro Vázquez-Povedilla, su segundo. 

 -Pero ¿qué habéis hecho? -dice el director sin levantarse ni soltar el trozo de pan del que está cortando un trozo del currusco. Casimiro quiere reírse pero sólo logra estirar las facciones como si estuviera a punto de pasar por un cirujano plástico.
 -Para un día que no hago nada -responde Castalia. No tenido nada que ver en ninguna de las decisiones que se han tomado hoy ni tampoco en lo de Losada.
 -Pero tú estabas por echarlo antes de las elecciones.
 -He echado a mucha gente pero nunca he matado a nadie, joder. Yo pensaba animarlo a convocar el Congreso diciéndole que su candidatura iba a salir reforzada y, una vez conseguido, tantear a Castilla o a Mendiburu para estar en su lista.
 -O a Fuensanta -tira con bala Rodríguez.
 -Fuensanta es la niña bonita que acaba siendo la única de clase que sigue siendo virgen porque ningún chico quiere acercarse a ella. Nadie lo quiere como jefe porque no reparte; él tiene su grupo y todo es para ellos. Además, hay mucha gente que no olvida que, cuando lo del barco o la guerra, quiso salvarse a toda costa y puso su culo delante de la cabeza de algunos compañeros.
-Pero sería el candidato ideal. Ganaríais seguro. Si se celebraran primarias, no tendría oponente.
-Piensas que estamos en América pero aquí no hay proyectos personales, sino un partido y mucha gente que depende de él. Repartir lo poco que tengamos en la oposición siempre será preferible a que llegue uno y se lo quede todo para él y los suyos. Y no te olvides de Mendiburu.
-No lo hago.
-Ella sabe que está dentro de una estructura y lo deja claro al hacer los gobiernos. Hay de todo un poco para que el dinero se reparta; hay  fachas, progres, Legionarios, Opus, liberales y yanquis. Todos tienen su grupo al que no se puede descuidar. La pasta se tiene que mover.
-Joder, pero no sólo es eso.
-Bueno –musita Castalia-, no sé cómo quedaría la cuenta de resultados de tu periódico si le quitamos la publicidad de la Comunidad de Madrid, la de Valencia y Murcia, Endesa o el BBVA.  
-¿Me estás metiendo miedo?
-Nunca. Yo estoy de tu lado y, por eso, te lo explico.

Rodríguez-Guarjol pulsa un timbre y se deja oír una voz metalizada.

-¿Qué desea?
-Ya nos puede traer el cocido. Y querríamos un Valbuena.

El director vuelve a picotear el pan ante la mirada silenciosa de Casimiro. Un camarero introduce en la sala una mesita con una bandeja y una sopera azul y blanca que Casimiro intenta identificar si es la que dio la Razón por cupones antes de Navidad.

-Y, ahora, ¿qué?
-Arrate nos dijo que saliéramos diciendo que había sido un atentado para quitarnos el foco de encima. Si era un asesinato normal, todos los de dentro del edificio pasábamos a ser sospechosos y habría sido la muerte del partido.
-No está mal la idea pero os fiáis demasiado de Arrate.
-Era la única salida.
-Y, ahora, ¿qué?
-Os necesitamos de nuevo. El policía no parece muy listo y no creo que descubra nada hoy; tenéis que salir reforzando nuestra versión. Sé que contamos con La Gaceta y La Razón.
-Tampoco tienen otra. ¿Tienes algo?
-Tenéis al líder de la oposición muerto de un tiro en la nuca.
-Pero no sabemos nada más. No sabemos el arma, ni el calibre, que sería un buen apoyo, y es complicado llegar hasta el policía. ¿Se llama Tarrés, no?
-Es un tipo con buena hoja de servicios pero sin ambición.

Aunque lo parece por su pronunciación, Casimiro aún no ha probado la sopa.

-No está afiliado a ningún sindicato -continúa- ni se le conocen simpatías. Tampoco tiene contactos con la prensa y es muy susceptible en ese campo; si sospecha que algún miembro de su equipo filtra información lo echa. Sus casos más famosos fueron el de la chica que mataron haciendo futin y el caso de los curas de Usera. Ahí puede estar su punto débil. Podemos decir que no es independiente, sino alguien que ha sido usado para perseguir instituciones vinculadas a los sectores conservadores. El resto será recuperar los argumentos de los meses anteriores: hay tramas negras en la policía amparadas por el Gobierno y que vienen de la época de los GAL, el Gobierno tiene pactos secretos con ETA para cambiar el régimen que lo obligan a ocultar sus acciones y que el PPM es el único baluarte de la democracia, la dignidad y la libertad.

Los últimos tres conceptos dejan en la sala un silencio tan espeso como el tocino viejo que el camarero distribuye por los platos después de que Rodríguez-Guarjol le indique por señas que, si acaso, tomarán la sopa al final. 

-El juez nos va mejor. Es Echeverría y siempre podemos decir que fue el juez que no admitió a trámite juzgar a Carod-Rovira por lo de Perpignan y que se manifestó en contra de la guerra y a favor de las bodas gays.
-Pero -interviene Castalia- siempre le ha tocado mucho las narices a los vascos.
-Pues eso no lo diremos. Y siempre -continúa Casimiro- saldrán informaciones para reforzar nuestra línea.
 -Lo importante -añade Rodríguez- es que situemos esto cuanto antes en la disputa política. Que las cosas sean blancas o negras dependiendo del color político, que se asocie la versión de la policía al Gobierno y el cuestionamiento de la versión oficial, al PPM. Pondré a la gente a trabajar.
 -Y seguro que la Confederación o la UEP -sentencia Casimiro- nos pasa algo de información sobre el tal Tarrés.
 Los tres se vuelcan sobre sus platos. Rodríguez-Guarjol deshuesa una gallina sifilítica, Casimiro mastica el morcillo moviendo la lengua para que no se le haga bola y Castalia unta un trozo de tocino en un pan al que previamente ha quitado la miga. Mientras mastican, suenan los teléfonos de los tres. El único que contesta es Castalia. Cuando oye la voz de Sanabria, se levanta instintivamente pero las miradas de los dos periodistas le obligan a sentarse otra vez, aunque sea de lado. El portavoz responde con monosílabos a la oferta de la Presidenta de ser su número dos en la candidatura para el congreso. No quiero que hagas nada, dice, sólo que me des tu apoyo; sabes que Castilla ya no cuenta contigo, que Mendiburu ha tomado partido por Torrent y que Fuensanta no te quiere ver ni en pintura. Si la cosa sale mal, no pierdes nada porque no soy una persona incómoda y podrías recolocarte si pactamos con otra candidatura.
 Cuando cuelga, Castalia deja el trozo de pan con tocino en el plato y se vuelve hacia la sopera. Se echa dos cazos y, antes de comenzar, indica que tiene prisa.
 
-Mira, Vicente –advierte el periodista Rodríguez-, si alguien te ofrece montarte en el último tren, no te olvides de que quizá no pueda conducirlo pero sí hacerlo descarrilar.

 El director devuelve los huesos de la gallina a la bandeja y eructa discretamente. 

6.4
Tarrés saluda al resto de policías disgregados por la sede del PPM cuando llegan a la sala de interrogatorios, habilitada ya como comedor. Sanabria, que ha vigilado la preparación, revolotea hasta el último momento alrededor del policía esperando una invitación que no llega. Tarrés encarga a Verdú que le recuerde a la Presidenta del PPM, demasiado cerca de la estantería donde reposa el rebaño de móviles, que el resto de trabajadores del partido le están esperando. Sanabria se aleja del enjambre tecnológico aunque también intenta no estar cerca de la puerta.

 -Quizá necesitan algo. No sé si debiera quedarme.
 -No, no debe –responde Tarrés. Provocaría muchas habladurías si confraterniza con la policía.
 -Aprecio su labor y no me importan los rumores.
 -Pero a mí, sí. Por favor, si no quiere decir nada más, le agradecería que nos dejara solos. En una hora estaremos listos y, por favor, si el señor López Quintero sigue esperando ahí fuera y no quiere moverse, proporciónele un periódico que no tenga un crucigrama muy complicado.

 La Presidenta abre la puerta pero necesita la ayuda psicológica de Verdú para cerrarla. La subinspectora es la última en sentarse. Tarrés se sirve dos dedos de vino y le pasa la botella al agente Sevillano.

 -Vamos a ver, Requejo, ¿qué dicen los escoltas?
 -Lo más interesante es que, como te dije por teléfono, el de Losada desapareció poco antes de que se descubriera el cadáver. Para mí, es el primer sospechoso.
 -Espero que no hayas difundido tu deducción.
 -En la sala de escoltas, estábamos todos de acuerdo.   
 -¿Por qué?
 -Porque es un tipo extraño. Va por libre; no viene de ningún cuerpo, ni tampoco del ejército, y hay rumores de que está ahí por cuestiones personales.
 -¿Pero vieron algo?
 -Bueno, no; de hecho, la mayoría no estaban en el edificio porque no se quedan aquí cuando dejan a los paquetes.
 -O sea, que es sólo mala hostia mezclada con manía personal.
 -Jefe, es intuición.
 -Pues la dejamos para jugar al mus. ¿Has mirado lo de las armas? Sólo dime cuántos tenían Beretta.
 -De los veintidós que hay abajo, la mitad.
 -¿Y de 7,65?
 -Seis.
 -¿Y el de Losada?
 -El séptimo.

 Tarrés levanta la mano para indicar a Requejo que no necesita saber nada más y se vuelve a Carmona.

 -Necesito saber si el cadáver había ingerido algo.
 -Analizando los restos del conducto buco-laríngeo, tenemos estimulantes y tranquilizantes farmacéuticos, un cruasán y café con leche con demasiada azúcar para mi gusto.
 -Y el cóctel le provocó la muerte.
 -Sólo un desvanecimiento. La muerte fue por el disparo.
 -¿Huellas?
 -De tres personas por lo menos pero necesito enviarlas y que los tipos estén fichados, a no ser que quieras hacer una muestra entre la gente de aquí.
 -No. Es mejor no molestar más a estos señores. En dos horas estaremos fuera y no sé si seguiremos al frente del operativo.

 El comisario se sirve ensalada de un bol y da un par de pinchadas antes de seguir.

 -Situemos la cuestión -dice Tarrés apartando las aceitunas. Lo primero que debería haber dicho a los compañeros que aún no lo saben es que el cadáver no es el de Jaime Losada, sino el de Jorge Zapatero, también conocido como Jordi Sabaté, actor especializado en imitar a Losada. El relato es más o menos así. Ayer, Jordi Salvanella, un dirigente del partido, presenta a Losada y Sabaté, que se caen tan estupendamente que el primero invita al segundo a desayunar aquí mismo sin que el tal Salvanella lo sepa. El político le presta su ropa y cosas personales y ambos preparan una broma para el resto de los asistentes a la reunión. El actor, que ha estado toda la noche de juerga por Madrid, ha tomado algún tipo de estimulante para estar a tono pero se encuentra con que alguien, por motivos que desconozco, ha metido un tranquilizante en el desayuno de Losada y la combinación le produce un desvanecimiento cuando está sentado en la sala de Reuniones en la silla de Losada. Cunde el nerviosismo y, por motivos políticos que los aquí presentes no entendemos, se decide simular un atentado.

 -La Virgen Santísima -dice Requejo. He estado toda la mañana currando para nada.
 -No, lo has hecho perfecto. Si hubieras tenido un secreto, lo habrían notado porque son gente que vive de detectar las pequeñas cosas raras.
 -Tu historia tiene dos fallos -interviene Carmona-, aunque no sé si soy el más indicado porque preparo las investigaciones, no las hago.
 -Lo sé. El primero fallo es el cóctel del actor. Quizá él se tomó los tranquilizantes y alguien echó estimulantes en el desayuno o se tomó él mismo las dos cosas sin saber su efecto. Tienes razón.
 -Y el otro agujero, jefe, es el disparo. No entiendo porqué no llamaron a la policía y se metieron en un jaleo así.
 -Es la cadena del water, Carmona, te lo he explicado antes. Una cagada sólo se tapa con otra mayor y es lo que lleva al tipo que se ha ido de putas a simular un secuestro.  
-Estamos hablando de políticos -tercia Requejo-, no de gente que coge el metro a las siete menos cuarto todos los días para ir a la misma oficina y, seguramente, de un político muy importante que ha sido ministro de cuatro o cinco cosas con su escolta, que también es un tipo acostumbrado a situaciones jodidas. No lo entiendo.
 -Yo  tampoco lo veo claro pero ten en cuenta que esa misma gente tan seria, tan razonable y que han sido ministros de tantas cosas estaban haciendo un gag de los Morancos cuando hemos llegado.
 -Pero esa explicación no vale para un informe.
 -Esperaré a que la autopsia y los registros aclaren la cuestión de la botica y que algún testigo nos expliqué qué pasó exactamente.
 -¿Testigo? -grita Requejo.
 -Sí, joder, está Losada, el escolta y Carmona ha dicho que, por lo menos, había una tercera persona.
 -¿Sanabria? -interviene Verdú.
 -No lo sé -responde el comisario. Nos ha mentido en la declaración pero me parece extraño que estuviera allí porque es médico y habría dicho que sólo era un desvanecimiento. Pienso en alguien parecido a Arrate o a Quintero, dos teóricos que piensan que el mundo tiene que ajustarse a su cabeza porque, si no, está mal hecho.
 -¿Y qué vamos a hacer ahora? -dice Carmona.
 -Comer. Cuando acabemos, llamaré a la Central o a Secretaría de Estado y comunicaré que Losada no era Losada y que hay que encontrarlo. Supongo que seguiremos de alguna manera ligados al caso pero la dirección cambiará de manos. Si ya no hay mierda, tampoco existe el peligro de pisarla y tenemos muchos compañeros con ganas de dejarse ver. A no ser que Losada llame a uno de estos teléfonos, que para eso los he recolectado.

 Tarrés pasa un trozo de pan para borrar los restos del aliño de la ensalada y se dirige con el plato a la fuente donde anidan una bandada de diminutos pajarillos inundados por una salsa marrón y trozos de papel negro que Tarrés identifica como trufas demasiado cocidas. 

 -¿Y cómo sabe que Losada está vivo? -interviene Requejo. Lo ha dicho muy seguro.
 -Tenemos una grabación.
 -Si se refiere -responde Verdú- a la cinta de ese chaval que me miraba la oreja como si me hubieran cambiado la trompa de Eustaquio por la de Falopio me parece muy endeble. 
 -La calidad de las pruebas no es cosa nuestra. Habrá que analizarla. Pero os recuerdo a todos que no hemos encontrado su cadáver y, sin el occiso, hacen falta ocho años para darle por muerto, según la legislación actual, aunque no sé si la Comunidad de Madrid tiene una diferente a tal efecto o va a confeccionar una de medidas extraordinarias para este caso concreto. Además…
 -¿Por qué nos ha ocultado toda esta información? -afirma Requejo tirando la servilleta de papel al plato.
 -Cuando hemos llegado aquí, partíamos de una certeza: Losada estaba muerto en la sala de Reuniones. Si hubiéramos desmontado esa base nada más llegar, no nos habría quedado nada para apoyarnos, salvo prejuicios, tópicos y experiencia, que es a lo que siempre recurrimos. Creo que no me equivoco si digo que no habrías investigado el caso que nos ocupa, sino el del escolta rarito fugado y nos habrías traído pruebas que reforzaran esa tesis.

 Requejo recupera la servilleta de papel y busca una punta para explorar su nariz.

 -Y, además, Jaime Losada acaba de escribir un mensaje al móvil de su secretaria, Carmela del Campo desde su teléfono personal. Supongo que llamará en cuanto vea que la gente abandona la sede pero, si no lo hace, le escribiré un mensaje después de comer.

 Las aves ya se han convertido en huesecillos, aunque su cantidad en cada plato es variable. Requejo sólo ha conservado los muslos, mientras que Verdú tiene dos montañas coronadas con restos del tamaño de alfileres.

 -Creo -dice Tarrés- que se han olvidado del postre.
 Verdú le acerca una fuente con fruta.
 -Eso es fruta, yo he hablado del postre. Natillas, cuajada, tiramisú, arroz con leche, postre, en definitiva.

 El comisario se levanta de la mesa y se acerca a la estantería de los móviles donde suelta un gruñido cuando comienza a oírse una sevillana polifónica. El policía se da la vuelta y mueve el aparato como si anunciara una chocolatina.

 -No cuelgue, señor Losada, soy el comisario Tarrés. No cuelgue.

6.5
Sanabria mira el trozo de papel donde ha apuntado los consejos del sociólogo Arrate: llamar a Salvanella, Castalia, Otero-Sariegos y Quintero para proponerles ser el segundo de su candidatura y tantear a Mendiburu y Fuensanta para una posible fusión. Son cuatro llamadas que tiene que hacer antes de que los policías se lleven el cadáver y se den cuenta de que no es el del Presidente, técnicamente aún lo es, del PPM. Grissom ya lo habría descubierto, piensa, por la altura, la falta de marca en el reloj o la barba postiza. Quizá, se dice, todo ha ido como en una serie, muy rápido, muy incoherente, muy estúpido y muy falso. La llamada de Jaime esa mañana pidiendo que bajara cuanto antes porque alguien se había desvanecido, el cuerpo sin pulso del imitador con los efectos personales de Losada en la sala de Reuniones, la discusión sobre si llamar a una ambulancia cuanto antes, la entrada de Arrate y sus soluciones de largo alcance para aprovechar las circunstancias y, después, una decisión disparatada que ella decidió no presenciar. Podemos, había dicho Arrate, simular una situación de conflicto que proporcione carisma a nuestro presidente, tal y como sucedió con Castilla. Si estás hablando de simular un atentado, había respondido ella, no quiero verlo. ¿En qué coño estaría pensando Jaime?, se dice Sanabria., ¿que la policía es tonta y que va a firmar lo que Arrate les ponga delante para no tener problemas?, ¿que después puede volver como Lázaro de la tumba? Puto Arrate, refunfuña antes de darse cuenta de que está mirando una hoja con indicaciones hechas por el sociólogo. Pero esto es diferente, se convence, en cuanto lo haya usado, lo mandaré a la mierda. 
Llamar a Salvanella, Castalia, Otero-Sariegos y Quintero para proponerles ser el segundo de su candidatura. El siguiente en la lista es el alcalde madrileño. Es el más complicado, piensa, porque lleva en política desde que nació. Su padre, José Antonio Otero-Sariegos, fue uno de los ministros tecnócratas reciclados para la democracia hasta acabar sus días en el Constitucional y sus tíos, Federico y Lorenzo, navegaron entre gobiernos civiles y representación del tercio familiar hasta convertirse en inquilinos pasivos de varios consejos de administración. Incluso su mujer, hija de otro ex tecnócrata, sale de la política, recuerda. Antes de marcar el teléfono, Sanabria apunta todo lo que no se le puede olvidar: renovación, transversalidad, candidatura americana y, sobre todo, Mendiburu.

 -Hola Gonzalo. Lo primero, quería volverme a disculpar por lo que te dije. Ha sido un día muy duro. Primero lo de Jaime y después, la presión de todos estos, que no me perdonan la confianza que me tenía y que me eligiera.
 Sanabría repasa las notas antes de seguir.
-Supongo que eres consciente de que, muerto Jaime, se abrirá una lucha por el poder antes del Congreso Extraordinario y Mendiburu es quien está mejor situada. Sí, sé que Fuensanta también se moverá pero yo te quería proponer no sólo estar en la organización, sino compartir conmigo una candidatura renovadora que continúe lo que Jaime no pudo hacer o no le dejaron. No, no he hablado con nadie más; eres el primero porque te considero una persona clave en el futuro del partido. Creo que Navas Santillana o Jordi Salvanella podrían ser receptivos porque también ven adecuada una renovación que, con un discurso más moderno y moderado, nos consolide como una opción de centroderecha. Pensaba en una candidatura tipo americana, un ticket, con presidente y vicepresidente con personalidad propia y, quizá, también equipo propio. Si ya has pensado en tu propio proyecto o en apoyar a Fuensanta, no me quiero entrometer pero me gustaría que tuvieras en cuenta lo que puedo aportar de transversalidad porque tu persona despierta algunos recelos. No, de momento, no quiero que hagas nada, sólo que veas con buenos ojos mi candidatura si alguien te pregunta por ella. Si la cosa sale mal, no pierdes nada y, por supuesto, no estás comprometido a nada. ¿Dentro de dos semanas? Perfecto.

 Sanabria cuelga con mimo, como si estuviera cortando el cable rojo de una bomba y, después, se repanchinga en la silla. No ha sido tan difícil, piensa, aunque seguramente porque él cree que será fácil manejarme; lo más probable, imagina, es que me proponga intercambiar los papeles
 Le queda Quintero. Marca su número con pereza y con la seguridad de que no hablará nadie al otro lado porque el móvil reposará en la estantería del comisario. Le sorprende que la voz profunda como un intestino grueso del tertuliano surja del aparato.

 -Hola, don Pompeyo. Soy María Jesús Sanabria. No sabía si podría encontrarlo porque los policías estaban quedándose con los móviles. ¿No han querido hablar con usted? Bueno, mejor no tratar con la policía corrupta. No, no, tiene razón, es un escándalo. Mire, creo que es momento de mirar hacia el futuro y que los que tenemos convicciones demos un paso adelante en defensa de la nación, la lengua, la religión y todo lo que configura nuestro modo de vida. Mire, lo he llamado porque quiero que sea la primera persona que conozca mi intención de presentar mi candidatura para el próximo Congreso Extraordinario y, además, ofrecerle ser el número dos de esa apuesta. No, por supuesto que no va a ser un proyecto continuista, sino activamente reformador porque no podemos seguir callados ante todo lo que está pasando. No, de momento, no quiero que haga nada; sólo quiero saber que puedo contar con usted. Ha sido un placer.  

 Tras colgar golpeando la tecla roja del móvil, Sanabria se levanta para hacer las dos llamadas que le quedan. Fuensanta está volando y, por lo tanto, apagado o fuera de cobertura, mientras que Mendiburu, según uno de sus asesores, está reunida y no puede atender ninguna comunicación. Marcos Arrate entra en su despacho cuando está dando sus datos al equipo de la presidenta madrileña. Cuando cuelga, se tantean decidiendo quién es la presa y quién, el depredador.

 -He hecho lo me has dicho -dice Sanabria. He llamado a Salvanella, Castalia, Otero-Sariegos y Quintero ofreciéndoles ser el número dos y todos han dicho que sí. 
 -Lo suponía. Y, con los dos posibles candidatos, no has podido hablar.
 -No. Fuensanta está volando desde Bruselas y Mendiburu no se quiere poner.
 -Mendi piensa que es demasiado pronto para dejarse ver. Si quieres algo de ella, tendrás que dejarle muchos recados.
 -Es la favorita, ¿no?
 -Es cuestión de entrenamiento. Ha hecho muchas llamadas.
 -¿Lleva años dorando la píldora a todos?
 -Prometiendo cargos, cuotas de poder, subvenciones, contratos o pactos. Su ventaja es que tiene un laboratorio para demostrar que, a veces, cumple y la gente, si ve un premio cerca, piensa que le puede tocar la siguiente ocasión.
 -¿Tiene alguna desventaja?
 -Que no puede frivolizar mucho porque, al fin y al cabo, tiene un presupuesto. Si habla de educación, sanidad o cultura, no puede hacerlo en abstracto porque ha tenido capacidad de ejecutarlo y que, cuando uno se mueve, siempre hay alguien que se cae. Es un problema que sólo tendrá si se enfrenta a alguien como tú.
 -¿Alguien nuevo?
 -No, alguien que no tiene nada que perder y que puede decir lo que le venga en gana. Puedes proponer cualquier política sobre cualquier tema porque son castillos en el aire y, cada uno se los imagina como quiere. Digamos que ella está haciendo una película y no puede, a mitad del rodaje, cambiar al protagonista porque hay dinero comprometido, mientras que tú eres como el escritor que puede hacer lo que quiera con su novela porque no tiene que responder ante nadie. Si cuela, cuela; si no, todos amigos.
 -Pero he sido ministra.
 -Poco tiempo y en un gobierno muy presidencialista. Tu relato está por hacer. Seguro que Quintero se ha creído que puedes ser alguien que meta en vereda a los nacionalistas y recupere las competencias en educación, mientras que el Alcalde se ha creído que tienes pinta de renovadora. De momento, no eres nadie. Eres la segunda de Losada, el hombre camaleón.

 Sanabria recuerda lo que ha pensado del sociólogo diez minutos antes: en cuanto lo haya usado, lo mandaré a la mierda. Es exactamente lo que le acaba de decirle él.

 -Marcos, eres un hijo de puta.
 -Lo sé.

 Sanabria comienza a acercarse a Arrate que recula marcando el juego del talón para no tropezarse con nada. 

 -Me has usado para tantearlos a todos.
 -No. Fuiste tú quien me preguntó si te imaginaba como Presidenta no sólo accidental y te gustó que te dijera que sí.
 -Me mentiste.
 -Para nada. Tienes la ventaja que te acabo de decir, que es la que tenía Zapatero cuando lo eligieron Secretario General. Bono estaba muy definido y todo el mundo sabía qué cartas iba a repartir. De Zapatero, todo el mundo pensaba que estaba por hacer y que se podría meter baza; por eso, lo apoyaron todos los raros y los descontentos, los ortodoxos y lo heterodoxos. Bono se llevó a los del medio, que deciden pero no bastan.

 Mientras habla, Arrate sitúa la puerta.

-Has jugado conmigo, ¿qué coño voy a hacer?
-Lo que estabas haciendo. Jugar a ser la Presidenta y, cuando descubran lo de Losada, hacerte la sorprendida y meterte en casa unos días diciendo que tienes un terrible shock.
-Pero descubrirán todo el pastel; sabrán que estuvimos allí y que ordenaste al escolta disparar al actor.
-¿Cómo sabes que fue el escolta?, ¿te quedaste a mirar?
-¿Lo hiciste tú?
-Yo no sé cómo funcionan las pistolas. Sólo digo dónde hay que apuntar.  
–Hijo de puta
-La diferencia es que yo lo sé. Tú lo estás descubriendo y, a veces, no te gusta.
 
6.6
Tarrés entra en la sala de Reuniones. En la cabecera de la mesa, aunque tapado por una funda de plástico, aún reposa el cadáver de Jordi Sabaté disfrazado de Jaime Losada. El comisario prefiere no mirar detenidamente el cuerpo del actor para ahorrarse la impresión de verlo aparecer resucitado. Aún así, tiene que apoyarse en la pared de la sala cuando Jaime Losada entra por una puerta lateral.

 -Lo siento. Sabía que sería un golpe verme aparecer pero yo no sé disfrazarme de no yo.

 En directo, piensa Tarrés, la voz de Losada carece del deje gangoso que tiene por la radio o la televisión. Los medios no le han hecho justicia.

 -Es la primera vez que veo un fantasma. Tendré que dormir con la luz encendida.
 -Ponga un vaso de agua debajo de la cama; es lo mejor para los aparecidos. Y, si aparece la Huestia, trace un círculo en torno a sus pies y rece dos padrenuestros sin mirar a los penitentes.
 -¿La Huestia?
 -Es la Santa Compaña asturiana o la Santa Compaña es la Huestia gallega.
 -El hecho diferencial.
 -Incluso con los muertos.
 -¿Lo mató usted mismo?
 -Prefiero declarar con abogado y, si puede ser, que no sea yo mismo. Sólo me aconsejo gilipolleces.
 -Pruebe a no hacerse caso pero sospecho que todo esto no se le ocurrió a usted.
 -No pero, si yo hubiera dicho que no, nada habría pasado. Este hombre habría muerto en paz, no tendríamos a la policía en casa y yo aún tendría carrera política y no estaría a punto de ser detenido como cómplice de una farsa.
 -Según mi equipo, este hombre estaba vivo cuando dispararon sobre él.

 Losada se acerca al plástico y está a punto de tocarlo.

 -Pero le tomaron el pulso.
 -Entonces, Sanabria estaba por aquí. Lo sabía.
 -Chus le tomó el pulso y dijo que estaba muerto.
 -No soy meiga para explicar la diferencia entre muerto en su totalidad y totalmente muerto. La acusación será de homicidio; lo siento.

 El Presidente del PPM rodea la mesa y se sienta en la última silla.

 -Sanabria dijo que Sabaté estaba muerto y Arrate dijo que podíamos aprovecharlo para simular que habían intentado atentar contra mí. Me reforzaría y me daría el carisma que no tengo. 
 -La idea no era mala pero ha fallado el desarrollo. Los personajes han hecho la guerra por su cuenta y nadie se ha creído nada. Lo más seguro es que, cuando cuente lo que ha pasado, todo el mundo piense que es una broma.
 -Me han traicionado.
 -No exactamente. Después de la primera escena, han ido buscando su propio argumento y, en las farsas, todo se exagera. Se junta en unas pocas horas cosas que necesitan de varios días para suceder, se esquematiza a los personajes o se enreda la trama para que parezca más interesante hasta que llega a un punto en que resulta increíble.
 -Rocambolesco.
 -Pero Rocambole siempre se escabullía de los peligros y no creo que el juez Echeverría le deje librarse.
 -Tenemos muchos contactos.
 -Ahí ya no entro. Yo tenía que conducir la historia hasta dejarla en un final con algunos interrogantes. No debe quedar claro lo que va a pasar con usted. Quizá mañana alguna prensa salga diciendo que es cierto que quisieron matarlo, que el Gobierno lo quiere ocultar y el cadáver de Sabaté se convierta en otra garrota con la que darse golpes unos contra otros. Quizá, como le prometió Arrate, su posición se refuerce y todo lo que ha pasado le dé un carisma que no tiene y que tampoco sé si necesita.
 -Pero usted no lo cree.
 -Yo me lo creo todo porque este país es capaz de tragarse un elefante de un bocado y después hacerse daño al cagar una hormiga.
 -¿Y las otras opciones?
-Quizá los errores cometidos hoy hayan finiquitado su carrera política en beneficio de alguna estrella naciente o incluso puede pasarse los próximos veinte años en la cárcel por cómplice o autor de un homicidio. No lo sé.
 -Me he suicidado…
 -Matando a su reflejo distorsionado. Es muy tonto pero no se me ocurre nada mejor.  

 Losada se levanta la manga del traje pero sólo hay una marca donde debería estar el reloj.

 -¿Se va a marchar?
-En breve. Sólo me queda preguntar qué hago con usted aunque, lo más probable, es que lo deje aquí sentado.
-¿Con el muerto?
-Es una buena imagen para acabar. El Rey y el bufón; la trágica soledad de uno y la esperpéntica muerte del otro. Seguro que puede escribirse mejor pero no he tenido mucho tiempo.
-Ha ido muy deprisa. Si es la hora de comer, no he estado más de cinco horas escondido.
-La historia lo pedía. No podía tener a todos los sospechosos aquí metidos mucho tiempo ni desperdigarlos demasiado. Tampoco, dejar que comenzaran a llegar otras informaciones que ramificaran la historia provocando aún más despistes.
-¿Nunca sospechó de nadie?
-¿Un asesino como en las novelas de Agatha Christie?
-O muchos, como en el Orient Express.
-Si hubiera sido un envenenamiento, quizá sí. Una trama en la que varios han quedado en echarle algo al café para que usted esté despistado y acepte algo que, en circunstancias normales, no tragaría. Los conjurados no se ponen de acuerdo y la dosis es excesiva.
-También es muy fantasiosa.
-Es mi explicación para el desvanecimiento de Sabaté.

Losada se levanta como si alguien le hubiera tirado un salvavidas.

-¿Me han intentado envenenar?
-No exactamente. Creemos que alguien echó algo en el desayuno para atontarlo y que esa sustancia reaccionó con otra u otras que previamente había tomado Sabaté provocándole un mareo. Pero no lo sabemos.
-O sea, que hay un atenuante.
-Ya le digo que no es mi problema. Alguien le hará la autopsia a este señor y habrá un informe donde quedará claro qué tomó, cuándo y mezclado con qué. Quizá trajo el cóctel de casa.

Losada se dirige a la puerta.

-Si no quiere nada más, voy a buscar a mi gente para decidir la estrategia.
-¿No ha tenido bastante por hoy?
-La política no se puede parar; siempre hay que hacer, deshacer o rehacer. Si no hacemos algo, los periodistas se lo inventarán porque los periódicos no pueden ir vacíos.
-Mañana no lo creo. Tengo una trama fantástica para ellos. Bien resumida, claro.
-Me tengo que adelantar a usted. Tengo que dar mi versión antes que la suya.
-Podría detenerlo.
-Perfecto, ya tendría historia. Y no le va a gustar lo que van a decir de usted.
-Prefiero el otro final, en el que usted se queda sentado con el muerto y yo me voy al ascensor y me pierdo entre la gente.
-Pues váyase deprisa.

Tarrés sale de la habitación y, después de bajar en el ascensor hasta el garaje, alcanza a la calle perdiéndose entre la gente hasta llegar a una cabina desde donde llama a Verdú.

-Cuando vuelvan de comer, cierra el edificio y detenlos a todos. Sí, coño, a todos y no los dejes salir. Me tienen hasta los huevos.

FIN




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