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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Dos pelis, dos decepciones

Ha sido este que acaba un verano rico en estrenos, muchos de los cuales no caben en el saco de los saldos estivales. De entre todas las posibles, hemos elegido comentar dos: las últimas de Coixet y Von Trier.

Mapa de los sonidos de Tokio


Sin duda, la película más extrema de una realizadora que, al contrario de lo que parece, hace un cine más cerebral que sentimental, más refinado que visceral, terriblemente afectado y visualmente fascinante.

La historia de una muchacha japonesa que guarda un inquietante secreto y está enamorada de un vendedor de vinos español abatido por el suicidio de su novia, sirve a Coixet para dar rienda suelta a su universo visual y literario, a la vez hermoso y relamido. Encuadres trabajados, música culta y una voz en off literaria son de nuevo el papel con el que la directora catalana envuelve sus limitaciones como narradora. Parece como si Coixet necesitara apuntalar su historia de amor y traición, choque de culturas e incomunicación en un cascarón audiovisual tan cuidado como chirriante, tan cargado de tópicos como afinado en algunos apuntes.

Mapa de los sonidos de Tokio es una película lenta y sensiblera, llena de metáforas y donde se subraya de continuo lo evidente. A Sergi López le toca la peor parte encarnando, sin ninguna convicción, a un personaje gris y antipático, sentimentalmente abúlico y psicológicamente plano. Por el contrario Rinko Kikuchi sabe dar personalidad a un personaje difícil que queda ahogado tanto por el punto de vista de los hombres que la rodean y acechan como por la entidad que la directora quiere y no puede darle al rodearla siempre de escenarios compuestos, luces de neón, motivos ornamentales y encuadres que beben tanto de su propio universo como del de algunas de las estrellas del cine oriental contemporáneo.

Mapa de los sonidos de Tokio pretende construir un thriller sentimental, pero acaba resultando una ópera visual cuidadosamente meditada terriblemente cercana al kitsch y la autoparodia. Así, en determinados momentos no sabemos si la directora ama u odia a sus personajes porque interpone entre ellos y nosotros una forma de hacer cine tan elaborada como gélida, tan refinada como vacua, subrayando lo evidente a través de frases altisonantes, decorados imposibles y motivos transculturales que apuntalan una buena historia contada de forma enrevesada, lánguida y poco sincera.

Anticristo


Es la última apuesta de un director hermético, pretencioso, fascinante y ególatra donde los haya: Lars Von Trier. El realizador de Bailar en la oscuridad ha heredado un gusto bergmaniano por exorcizar sus fantasmas personales y filosóficos a través del cine, aun a costa de maltratar a sus intérpretes y de ganarse tantos admiradores como fieros detractores.

Anticristo no nos saca de dudas porque es una película bella y tramposa a partes iguales, obsesiva y gratuita, hipnótica y molesta. La historia de un matrimonio que atraviesa una terrible crisis tras la muerte de su hijo se convierte en una sombría fábula sobre el bien y el mal, lo masculino y lo femenino, el placer y el dolor. No es una película sutil ni contenida, no pretende serlo. Como en el resto de su carrera, Von Trier utiliza todos los recursos disponibles para agobiar al espectador, sin temor a que pase de la admiración a la vergüenza ajena. Lo mejor del último filme del director de Dogville es sin duda la fuerza de sus dos actores principales: un intenso William Dafoe y una inmensa Charlotte Gainsbourg entregados sin miedo a dos personajes que, en el fondo, mantienen una relación de amor-odio, sumisión-enfrentamiento algo tópica y que se ve lastrada por los diálogos banales y altisonantes que salen de su boca.

Anticristo es una película sobre el miedo a dos bandas construida como un descenso a los infiernos que aquí cristaliza en una extraña relación de los personajes tanto entre ellos, como con la figura de su hijo muerto, con la naturaleza, el sexo y sus propios cuerpos. Así la desazón da paso a la truculencia, y el problema es que no sabemos si el realizador se toma demasiado en serio a sí mismo o nos toma el pelo mezclando la dureza con la lasitud, la sanguinolencia con la cursilería, la reflexión metafísica con la psicología de bolsillo, lo profundo con lo trivial, la modernidad con la antigualla. Contiene imágenes muy hermosas y dos grandes trabajos actorales, pero también muchas trampas, manierismos, y juega todo el tiempo con nosotros tanto en el fondo como en la forma.




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