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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Algo más que un forajido


A John Dillinger le bastaron apenas unos pocos meses, los transcurridos entre su salida en libertad condicional en mayo de 1933 y su muerte en agosto de 1934, para labrarse una leyenda entre los matones más famosos de la década negra que sobrevino tras el crack económico del veintinueve en los Estados Unidos. Ello se debe, posiblemente, a que fue el más profesional atracador de bancos de la historia —lo que le convirtió en la bestia negra del recién creado FBI y de su auténtico gestor, J. Edgar Hoover, que puso tras él a uno de sus hombres más carismáticos y profesionales, el agente Purvis— y , también, a su galanura y savoir faire con la prensa que le convirtió en el héroe de unas masas humilladas y arruinadas por los banqueros y veían en él una especie de ángel vengador cínico y estiloso que devolvía los golpes que ellos eran incapaces de dar al sistema que los había arruinado.

Con la historia de este salteador, que ha sido llevada al cine en distintas ocasiones por realizadores de la talla Max Nosseck en 1945, Don Siegel en 1957 y John Millius en 1973, Michael Mann, maestro del cine de acción, nos regala una de su mejores obras, una especie de trasunto de su aclamada Heat (1995) donde, basando su guión sobre hechos contrastados y detalles evidentes aportados por el mejor historiador de aquellos años, Bryan Burroughs, y soslayando toda la parafernalia de falsas historia y grandes titulares de la época, nos muestra el verdadero perfil de un sociópata, sin valores morales, que supo encandilar a los medios y se creó su propia leyenda.


Mann ha realizado su mejor obra con una historia de la que casi todos sabemos el desarrollo, y todos, sin excepción, el final. Y a pesar de ello, logra fascinarnos con esa progresiva orquestación de la violencia que le lleva a coreografiar una escenificación de ésta sublimando su lirismo épico, sobre todo en dos momentos clave de la película: el del asalto a la cabaña del bosque por parte del FBI y la persecución posterior, y la escena final, dentro y fuera del cine.

El desafío formal que propone Mann se funda en la agresividad hiperrealista que le proporcionan las nuevas técnicas de la alta definición aplicadas con el virtuosismo de un maestro para rescatar la imagen estilizada de aquellos terribles años en Chicago, sorteando el mito novelesco del forajido y las motivaciones morales de su perseguidor, para presentarnos el verdadero rostro de un pistolero y el inicio de la investigación científica del delito por parte del poder que ha devenido en la poderosa máquina de represión en que se ha convertido el FBI .


Y aún le queda tiempo para, en tres pinceladas magníficamente aplicadas en torno a un guardarropa, mostrarnos lo que va ser su historia de amor.

Dillinger, tanto en su vertiente de atracador como en su vida privada, sabía lo que quería y la forma de conseguirlo lo más rápidamente posible porque, sin duda, intuía que no le iban a dar mucho tiempo.

Finalmente, le perdieron el ego y la fama;  y su final, tan magistralmente narrado en las escenas finales de la película con el protagonista creyendo ser el Clark Gable que interpreta su propio  personaje en la pantalla del cine Biograph y preparándose inconscientemente para saltar a la eternidad muerto sobre un charco de sangre en la acera, abatido por las balas del FBI.




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