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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

De moriscos y skaters


Los bestsellers son para el verano y también, claro, para cualquier otra época del año; pero parece que la canícula nos predispone genéticamente a leer novelas en las que nuestra atención no deba esforzarse demasiado, y que, además, nos distraigan mientras dure su lectura; y que puedas dejarlas, sin remordimiento alguno, olvidadas en la mesilla del hotel de vacaciones, sin finalizar su lectura.

Esto me ha sucedido últimamente dos veces, la primera con la plúmbea Los pilares de la tierra, original de Ken Follet, y la segunda con La Catedral del Mar de Ildefonso Falcones. En ninguno de los dos casos fui capaz de pasar más allá de la mitad: demasiado esfuerzo constructor para un lector como yo. Claro que en algo debo equivocarme cuando tanto una como otra han alcanzado esos tropecientos millones de ejemplares de venta. Decidido a desentrañar ese misterio que atrapa a tanta gente y aprovechando estos últimos calores estivales me he atrevido pues con la segunda novela de Falcones, de título La mano de Fátima, y con sus novecientas sesenta páginas. Y me apresuro a decir que, esta sí, he podido terminarla.

Extraordinariamente documentada y pulcramente cuidada hasta el más nimio detalle, la novela nos sitúa en un periodo de nuestra historia, al final de la Edad Media, olvidado oficiosamente: el de la expulsión de los moriscos promovida por Isabel la Católica y el Cardenal Cisneros con un coste económico y demográfico aún no evaluado lo suficiente. Con el telón de fondo de estos turbulentos años, Hernando, el protagonista, hijo de una morisca y del sacerdote que la violó, vive su particular desarraigo entre las dos culturas que como mestizo no acaban de fiarse de él ni aceptarlo como miembro en ninguna de ellas. El fanatismo y el desconocimiento mutuo entre ellas propician las aventuras y avatares, que como rito de iniciación, debe pasar el muchacho para alcanzar eso que llamamos la edad adulta. Atrapado en esta dicotomía religiosa y política intentará ayudar a unos y otros sin reparar en sus creencias o convicciones y será ayudado por unos y otros también, aunque nunca estará del todo a salvo porque las fuerzas del mal son poderosas y sus tentáculos llegan a los últimos rincones, y esto le hará encontrarse en peligro constante. Como se ve, nada demasiado original como tema pero servido, eso sí, muy profesionalmente con una escritura pulcra y clara.

A algunos lectores les puede resultar fácil hacer una transposición de estos problemas a la época actual y encontrar en este Hernando, de mote el Nazareno, a alguno de esos muchachos provenientes de otras culturas que pueblan las calles de casi todas nuestras ciudades con problemas y un futuro tan difícil como el del protagonista; puede ser, aunque me inclino a pensar que lo que a Falcones le interesa de verdad es retratar ese eterno duelo entre el Bien y el Mal que tanta buena y mala literatura ha generado y generará.

Nada que ver


Con dos años de retraso llega a nuestras pantallas esa pequeña gran obra maestra que es Paranoid Park, del gran Gus Van Sant, basada en una novela de Blake Nelson del mismo título.

Van Sant nos mete en la cabeza de un adolescente aficionado al skater que por accidente mata a un vigilante de los ferrocarriles, y nos narra con sutileza, desafiando la narrativa lineal, su poliédrico e hipnótico devenir por su complejo de culpa, del que no sabe muy bien como librarse.

Imagen y sonido recrean con absoluta belleza ese mundo único y diferente del adolescente herido, sus idas y venidas por la casa, el instituto; sus parcas conversaciones con los padres, amigos, la policía buscando recomponer los trozos de un universo que acaba de saltar en mil pedazos frente a sus ojos. Paranoid Park entonces se erige entonces como ese único lugar donde cobijarse cuando todo se viene abajo, refugio mítico de inocencias perdidas donde se rueda a cámara lenta sobre un monopatín mientras de fondo se escucha música concreta.

Una propuesta deslumbrante rodada en super8 y 35 milímetros con una fotografía electrizante y libérrima de Christian Doyle y una banda sonora donde Beethoven y Nino Rota se dan la mano con la música minimalista en un ejercicio visual de transparencia inigualable. Paranoid Park se convierte así en una de esas raras películas que después de verla se quedan fijadas a partes iguales en la cabeza, la retina y el corazón.




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