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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Los hombres (y las mujeres) que amaban las magdalenas


Literalmente aburrido del elefantiásico éxito popular de la saga Millenium, que he leído y me ha dejado más frío que una noche de enero en Bergen, ha sido un autentico alivio dar con Psicoquílez, el asesino de la magdalena de Ángel Ruiz Ayala (me pudo el título, lo confieso. ¡Ah! Es de la editorial Renacimiento, colección Espuela de plata), una especie de tratado de cómo escribir una novela de género ateniéndose a sus más estrictos cánones y, a la vez, dinamitar todas sus convenciones con un destilado sentido del humor más afilado que el estilete de cualquier psicokiller que se precie.

Cuatrocientas sesenta páginas para parodiar sin tregua y con gracia desbordante el subgénero de un género,  huyendo del despeñadero, que bordea constantemente, de un fácil costumbrismo socarrón que tanto gusta a la platea patria. Ni una sola concesión en este sentido, Ruiz de Ayala sortea con sabiduría este fácil desbarrancadero y nos ofrece un paseo panorámico a través del abundante espectro que le procura el thriller sorteando curvas de estilo bastante peligrosas y propiciando guiños referenciales que demuestran bien a las claras que conoce perfectamente como amalgamar los diferentes materiales del género para, transformándolos en algo nuevo, construir un artefacto literario que funciona como una enorme farsa, tan peligrosa como el asesino protagonista de su novela que atrae a sus víctimas con una modesta y sabrosa magdalena. Una estética comiquera y unas gotitas de gore aliñan este inesperado, divertido y suculento plato veraniego que os recomiendo por encima de la obra de ese cadáver de oro nórdico que arrasa entre las multitudes.


El gran dramaturgo Henrik Ibsen sostenía que el núcleo familiar y el hogar protegen al ser humano de la maldad del mundo exterior. Harold Pinter, otro de los grandes, opinaba unos cuantos años después todo lo contrario, que la maldad reside en la familia, no en la sociedad. Francis Ford Coppola en su última película, Tetro, aún se atreve a ir más allá y presenta un retrato de familia cercano a una tribu caníbal, truculento y parricida, pasado de rosca y desmesurado. Es lo que tiene el genio, y de eso, Coppola ha dado muestras más que suficientes de su categoría intelectual. Llegados a este punto, la película no deja indiferente y puedes odiarla o admirarla, pero lo que no se le puede negar es que en estos días en que la cacharrería y la ñoñez triunfan en el mundo del cine, representa un grito de atención de un cineasta de genio que lanza una andanada para lograr que el cine recupere su independencia frente a la industria y las modas que nos aburren hasta límites increíbles.

Esta especie de experimento rodado en blanco y negro, con algunas secuencias en color, le sirve para jugar con casi todos los géneros y sobre todo a exponerse con un desaforado melodrama familiar lleno de fantasmas paternos de claras referencias autobiográficas en el que parece decantarse a favor del cine y en contra de la vida.

Ayudado por actores de la solvencia de Vincent Gallo, Carmen Maura, Klaus Maria Brandauer, Alden Ehrenreich y una admirable Maribel Verdú, orquesta este festival de raíces casi fellinianas a veces caricaturesco, donde sus protagonistas se odian, se aman, se vapulean, lloran y ríen en un intento de emular el bigger than life de los antiguos melodramas de los cuarenta y cincuenta pasados, eso sí, por el tamiz del formalismo coppoliano.




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