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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Fluyan mis lágrimas, dijo el espectador

Hoy le tomo prestado el título  de una de las más características novelas a mi afamado hacedor  Philip K. Dick  —algo arreglado, eso sí—, para seguir con el tema de las adaptaciones a la pantalla  de originales literarios. No os engañéis, a tenor de él, pensando que  voy a hablar de desmelenados melodramas que agoten vuestras existencias de pañuelos. Nada de eso, las lágrimas a que me refiero son más bien metafóricas: aquellas que se le escapan a todo sufrido espectador cuando ve a que quedan  reducidas unas buenas novelas  en su paso a la gran pantalla. Aunque, no crean, a veces sucede lo contrario.


Este el caso de 1408 (1+4+0+8=13. Mais oui!), la tropecienta adaptación de un original del hiper-prolífico maestro  del terror americano Stephen King —cuya desmesura creativa siempre me ha hecho pensar que  esconde un plantel de “negros” escribiendo compulsivamente para su marca lo que explicaría hasta cierto punto esas diferencias de calidad, a veces abisales, en su obra—. Esta vez se trata de la adaptación de un relato corto aparecido primero en un libro sonoro Mientras escribo, y más tarde  junto a otros en un volumen titulado Everything´s eventual;  y va del revisitado  tema de la casa encantada, en este caso sobre la habitación encantada de un hotel de lujo de New York  y del de un escritor en crisis, que debido a una desgracia familiar, ha dejado la literatura seria para dedicarse con afán al desenmascaramiento de lugares mágicos y/o hechizados a la vez que busca su némesis particular. Con  este material tan deleznable en las manos, es muy de agradecer que  tanto los  guionistas  Matt Greenberg, Scott Alexander y Larry Karaszewsky, como su director, el sueco Mikael Hafström hayan conseguido presentar una película que aunque  no aporta nada nuevo al cine de terror, se vea con gusto y no te maree con un cambio de plano cada dos segundos ni pretenda hacerte dar saltos en la butaca  con sustos malabares.


La película tiene un arranque bastante prometedor —la llegada del escritor a la recepción del hotel para registrarse en la habitación 1408, la negativa del gerente  a alquilársela (ejemplo que no hay papel pequeño para un gran actor como Samuel L. Jackson), y el truco legal con el que al fin el protagonista consigue entrar en ella—; pero el resto no es más que un manual de cómo pasarlo mal en una habitación maldita. Sólo la pericia del director en la gradación que realiza  de la tensión argumental —ayudado por un trabajo un tanto desmelenado del siempre correcto John Cusack y que recuerda la tendencia al  histrionismo de Jack Nicholson en la magnífica El resplandor, de Stanley Kubrick, con la que esta película comparte algunos puntos, logra que nos olvidemos de la acumulación de tópicos previsibles y alcancemos la catarsis final junto a su atribulado protagonista sin sentir demasiado sonrojo.


En su tercera versión cinematográfica,  la apocalíptica y demoledora novela de Richard Matheson Soy leyenda (1954) ha sufrido más o menos la misma suerte que en la segunda  realizada en  1971 por Boris Sagal y protagonizada por el ínclito Charlton Heston. A saber: una total manipulación  del contenido ideológico del original en  aras de los gustos  del espectador palomitero que se deja los euros en la taquilla. ¿Es la culpa del estudio o del guionista? Tal vez éste fue el factor que hizo recular a Ridley Scott cuando le ofrecieron dirigir el proyecto —eso y, probablemente, el que Will Smith fuera el protagonista; aunque,  hombre sabio, nunca lo ha dicho. Ver al príncipe de Bel-Air en el papel de Robert Neville me supuso el mismo choque que, pongo por caso, ver a Chiquito de la Calzada interpretando al Rey Lear: una mezcla de estupor e irritabilidad de la que aún no me he repuesto del todo.

Pero, vayamos por partes, que no todo es tan negativo en la película, y aún estaría dispuesto a comulgar con la rueda de molino de Smith si después de una primera hora de metraje filmada con nervio y sentido del espectáculo por Francis Lawrence (director de la sobrevalorada, a mi juicio,  Constantine) con la presentación de ese Nueva York desierto a causa de una epidemia, donde la naturaleza reclama de nuevo su parte, y de la lucha por la supervivencia del protagonista, último representante de la raza humana tal y como la conocemos frente  al resto de la humanidad convertida en una variedad de vampiros que forman una, para él, nueva y repulsiva sociedad  y contra la que lucha y se afana en buscar una vacuna que los cure (antes del cataclismo era militar y médico biólogo que trabajaba en retrovirus y algo sabe  sobre el origen de la pandemia).


Hasta este momento, el oscarizado guionista de  la revisionista Una mente maravillosa, Akiva Goldsman no se aparta demasiado del espíritu de la obra original, pero a partir de  aquí ya entramos de lleno en el espectáculo por el espectáculo, y la progresiva aceptación de Neville de su propia rareza y atavismo frente a la nueva sociedad que  está surgiendo y su simbólica cesión del testigo de la civilización a la nueva raza —que son los leiv motiv de la novela— desaparecen, y con ellos la profunda carga de profundidad de la obra de Matheson donde conceptos como normalidad/anormalidad y valores éticos como el bien y el mal se presentan como unas normas sociales en las que se funda la sociedad humana  para poder desarrollar una vida en común.

Es patética la resistencia que Neville intenta oponer a esta nueva sociedad de vampiros que poco a poco va  imponiendo sus propias pautas y leyes  siendo, además, capaz de cumplirlas y vivir en armonía con ellas, y ante  las que él va perdiendo progresivamente argumentos. Pero de todo esto la película no habla: los mutantes sólo son un enemigo a exterminar, figurantes para lucirse el departamento de efectos especiales. Y cuando llega el final, con campanitas de iglesia incluidas, la moralina conservadora ya  ha impregnado tanto el producto que lo hace irreconocible.

Y las lágrimas fluyen sentado en la butaca.




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