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Sara Orúe

¿Alguien me ayuda, por favor?

En el País Semanal del último domingo me sentí plenamente identificada con la protagonista de la columna de Almudena Grandes.

—Qué afán de protagonismo, siempre piensas que hablan de ti.
—Ya sé que no habla de mí, Tío Ra, pero eso que le pasa a la prota me ha pasado a mí también.
—Qué no te habrá pasado a ti, sobri, que te pasa de todo.
—Sí, de todo, menos escribir algo sin ser interrumpida. Por todos los dioses, ¿es que siempre tenéis algo que decir?

Almudena es, además de una columnista magnética, sus mini historias y sus personajes me tienen enganchada, una novelista que, como tal hace honor a su apellido. Pocas novelas me han hecho disfrutar más que Los aires difíciles, novelón de los de llevar de vacaciones y desear que la familia se vaya a tomar un helado sin ti, para seguir leyendo.

Y hasta aquí mi crítica literaria de las 10:35.

—Que no sólo podrías sino que deberías haberte ahorrado. Para estos menesteres tan cultivados ya tenemos a Evaristo Errata y a Eva Orúe. Se supone que tú nos haces reír.
—Y que tú estás de mi parte, Tío Ra.
—Además, eso no es crítica literaria, es peloteo literario.
—Habló el gran lector… de tebeos y periódicos deportivos.


La señora Grandes narraba en su columna del día 2 de Julio como una de sus amigas, viajando sola con un niño de cinco meses en AVE, se encontró, no solo con las deficiencias de organización del servicio de asistencia para ese tipo de pasajeros (los que viajan haciéndose cargo de otra persona de capacidad más que reducida) sino con la deficiencia de conciencia social y educación de los trabajadores del AVE, que, en ningún momento, se les ocurrió que podían echar una mano, aunque sólo fuese sujetando a su bebé mientras ella colocaba el equipaje en los mini espacios dedicados a ello y buscaba su asiento.

—¡Qué cosas dices! Esa actitud de “a mí no me pagan por ayudarle” que hace unos años tomaron los asistentes de cabina de varias compañías aéreas, se ha extendido, como la marea negra, a trenes de alta velocidad, reponedores de supermercados y seguratas de todo tipo de negocios.
—Ahí no tengo nada que decir, estoy de acuerdo.

Tengo un hijo de 2 años y medio. A los tres meses de nacer montó en avión por primera vez y, desde entonces, imaginen la de trenes y aviones que ha tenido tiempo de coger.

—Petarda. Ya te hiciste el propósito de hacernos saber lo muy viajadísima que eres y, ahora, te habrás empeñado en que también lo es tu pobre hijo.
—Hombre Julieta, sólo faltabas tú. ¿Mi pobre hijo? ¿Por qué mi pobre hijo?
—No me hagas hablar.
—Habla Julieta habla, a ver qué tienes que decir.
—Pues que tú eres su madre, ya tiene bastante.
—Que te den.


Lo que le pasó a la amiga de Almudena es lo que pasa siempre en tren, en avión, en metro o en bus urbano.

Una vez pedí en un bus de TMB (Transporte Metropolitano de Barcelona)  que me bajasen la plataforma para sillas de ruedas para bajar el carrito (subirlo ya lo había subido a pulso por las escaleras de la parte delantera). Y el conductor me dijo que la plataforma de sillas de ruedas era eso, una plataforma para sillas de ruedas, no para carritos de bebés, que esas eran las normas.

—Y no le dijiste cuatro frescas, conociéndote me extraña.
—Cuatro no. Únicamente le dije que  tenía la razón, las cosas eran lo que eran y servían para lo que servían. Bueno, y añadí que él era un borde y que, probablemente, no servía para nada que no fuera acatar normas estúpidas.
—Ya decía yo…


Otra vez, en un vuelo Madrid-Barcelona, cuando me enteré que había bajar muchas escaleras para coger el autobusito ese que te lleva hasta el avión y pedí ayuda para bajarlas con el cochecito me dijeron que si no podía bajarlas sola con el bebé y las bolsas, que no viajase sola, que ese era mi problema.

—¿Y?
—Y le dije que efectivamente, mi hijo era mi problema y él era el problema de su madre quien, probablemente desesperada de tener un hijo tan bobo, no le educó bien.

En el AVE me pasó exactamente lo mismo que a la amiga de Almudena. No dejaron a mi acompañante que me acompañara hasta el tren y, cuando estuve sola en el andén, nadie podía abandonar su trabajo (que consiste en estar parado en la puerta del vagón dando los buenos días) para echarme una mano porque las reglas se lo impiden.

En los tres casos, como cuando has de bajar as escaleras del metro, o pasar por los torniquetes, o lo que sea, menos mal de los otros viajeros que se compadecen de ti y te ayudan a subir y bajar, a colocar, a acomodar…

A quien hace normas estúpidas y a quien las aplica siempre, sin cuestionar el grado de estupidez, les condenaba yo a moverse por el mundo con mellizos, verán lo rápido que cambian de comportamiento.




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