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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Vampiros, más vampiros, por favor

En unas recientes declaraciones, Guillermo del Toro dice que para él no existe diferencia entre, cine, literatura y cómics, y sigue aseverando que tampoco ve ningún sacrilegio en disfrutar de la cultura en cualquiera de sus expresiones. Me apresuro a comentar que he sido de la misma opinión desde hace varias décadas, y todo mi empeño de mi época de fanzinero en Zikkurath y luego en la revista que le continuó fue demostrar que las fronteras entre esas tres formas artísticas, a las que ya hay que unir la televisión y los videojuegos, iban cada día siendo más difusas por no decir que inexistentes.


Coherente con esos postulados, no es de extrañar que el autor de películas tan dispares como Cronos, Mimic, El espinazo del diablo (mi preferida a pesar de sus errores), la sacrílegamente divertida saga de Hellboy, Blade o la exitosa El laberinto del fauno, se haya sentido tentado por dar el salto a la narrativa y para ello, y con ayuda de ese hacedor de best sellers policiacos que es Chuck Hogan, nos ofrece Nocturna, primera parte de una «Trilogía de la Oscuridad» que irá apareciendo en los próximos meses.

La novela comienza en un vuelo a New York, un vuelo contaminado que lleva a la gran manzana una invasión de vampiros (claras reminiscencias del barco cargado de ataúdes que procedente de Transilvania, arriba al puerto de Londres en el Drácula de Bram Stoker) y a partir de ahí, instalados en las ruinas de World Trade Center, como gusanos enclavados en la herida gangrenosa y peor curada de la civilización occidental, comienza una invasión de hemoglobina desatada que amenaza con convertir en no-muertos a todos los habitantes de la ciudad.


Eso sí, los vampiros de Del Toro&Hogan poco tienen que ver con los blandengues y casi humanizados de la señorita Meyer en su saga Crepúsculo; ni con los apolíneamente pops de Entrevista con el Vampiro, de Anne Rice, metida ahora en reescribir la historia del no-muerto o resucitado por excelencia, Jesucristo. No, los vampiros de Nocturna recuperan la esencia de su ancestro Nosferatu y son repulsivos, insaciables, de aliento fétido y aspecto de rata y dispuestos a todo con el fin de lograr su chute diario de glóbulos rojos. No me avergüenza decir que la novela me ha enganchado más de lo que esperaba y me ha entretenido lo suyo, con sus apoteosis de imaginativa violencia y sus múltiples guiños a muchas de las ya citadas obras anteriores de Del Toro y donde se mezclan mutaciones orgánicas que convierten a los insectos en bichejos diabólicos, con científicos tipo CSI, parientes lejanos de Van Helsing, dispuestos a salvar la humanidad, y agencias del gobierno enfrentadas a la nueva plaga que los rodea y de la que intentan defenderse con todos sus medios.

Todo a una velocidad vertiginosa, con una técnica narrativa infectada de cine, quiero decir que es más un guión literario que una novela, lo cual no tiene por qué ser un juicio peyorativo; con grandes y medidas dosis de espectáculo, efectos especiales a raudales y dialogada con un esmero impropio del género. Absolutamente visual y cinética, se aprovecha con sabiduría de la fascinación que desde hace siglos ha despertado en la literatura y el cine la figura del no-muerto y lo lleva a extremos de auténtico paroxismo marca de la casa.




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