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Errata

Evaristo Aguirre

Un cuento ruso

He leído literatura rusa de manera muy poco sistemática, hay grandes obras y autores a los que ni siquiera me he asomado –aunque tenga la decidida intención de hacerlo–, pero hay escritores y novelas –Chèjov por un lado; La madre, de Gorki, por otro– a los cuales, poniéndonos cursis y tirando del mega-tópico, me llevaría a una isla desierta.

Por eso, me resulta difícil hablar de literatura rusa e intentar ponerme estupendo…, ni decir nada demasiado útil o interesante para los lectores de esta Errata. Tengo por aquí, más o menos a mano, ese impresionante ensayo de George Steiner titulado sencillamente Tolstói o Dostoievski (Siruela): eso sí que es moverse por las estepas de la ficción rusa como un auténtico cosaco. Búsquenlo.

Pero sí hay algo que nunca he terminado de entender bien, el supuesto humor ruso. Cuando he leído una novela o he visto una película –rusas, claro– pretendidamente humorísticas, me he solido quedar algo perplejo, pues ese humor no coincide mucho con el mío. Es verdad que se ve dónde están los golpes graciosos o la ironía, pero me quedo un poco de aquella manera.


Con reputación de humorística cayó en mis manos La pulga de acero, de Nikolái Leskov, publicada por Impedimenta, con traducción de nuestra compañera en estos Divertinajes Sara Gutiérrez, introducción de la escritora Care Santos e ilustraciones de Javier Herrero. La traducción, por cierto, debió de tener su miga, pues, entre otras cosas, Leskov se inventa vocabulario a lo largo de todo el texto mediante la unión de dos palabras con las que juega, y lo hace ¡en ruso!


No sabía quién era este Leskov: nació en Gorojovo, en la Rusia Central, en 1831, y murió en San Petesburgo, en 1895; fue uno de esos escritores que no acabó de cuajar en vida, pero que luego gozó del entusiasta reconocimiento de grandes como los ya citados Chèjov y Gorki. Fechada en 1881, esta Pulga tiene fama de ser una de sus obras principales.

Y la verdad es que es un relato buenísimo, una fábula que leída ahora está cargada de crítica de ese espíritu nacionalista que tiene su razón de ser en querer ser mejor que el vecino: desde poseer más historia a tener no-se-qué más grande. La pulga de acero también se puede interpretar a la luz de la convivencia de diferentes culturas, del choque no de civilizaciones sino de costumbres y de hábitos a menor escala, aquello del europeo que no entiende cómo pueden comer sin pan los orientales, por ejemplo.

Además, en esos últimos años del siglo XIX, la revolución industrial era un hecho y la fabricación y creación de mecanismos nuevos llamaba mucho la atención, como le ocurre aquí a un zar al que los ingleses le enseñan, y regalan, un pequeñísimo objeto, del que no les voy a contar más, pero sí voy a decirles que los rusos se pican y ponen a unos de sus artesanos a mejorar aquello.

Y al llegar al final, me ha vuelto a pasar: me ha gustado mucho –de otra manera no lo habría traído hasta aquí–, pero no voy a guardar el libro –de muy bonita edición, por cierto– en la sección de humor de mi biblioteca; sí en la de los muy recomendables.




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