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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Sesión doble

Esta semana, dos películas que, por razones bien distintas, esperaba con interés y que, por motivos diferentes, no han acabado de gustarme...

Este tipo no es partidario


No descubro nada si digo que Millenium es la adaptación que el realizador danés Niels Arden Oplev ha realizado del best-seller del escritor y periodista sueco Stieg Larson Los hombres que no amaban a las mujeres.

Estamos ante un alambicado thriller en el que el interés se va diluyendo a medida que avanza el relato dejándonos ver que, en el fondo, ni la historia ni la puesta en escena que la envuelve tienen nada de novedoso, aparte de la introducción de las nuevas tecnologías, cierta franqueza sexual y dos protagonistas con indiscutible carácter, a los que el realizador y el guionista maltratan a través de imágenes de video-clip y una construcción dramática previsible y manida. El gran problema de Los hombres... es que se trata de una película de misterio sin misterio, algo particularmente decepcionante cuando viene de una cinematografía tan fértil en este sentido como la nórdica.

El filme bebe más del cine de investigación, suspense y acción del Hollywood contemporáneo que de cualquier otra fuente, y asistimos a una historia de sustos, intrigas familiares, crueldad y fantasmas del pasado que oscilan entre Agatha Christie y la saga de Hannibal Lecter. Todo ello, eso sí, aderezado con la pátina de modernidad que da el periodismo de investigación, presentado de nuevo con un halo de idealismo que, hoy por hoy, resulta inverosímil. Igualmente gratuitos son los vericuetos que va tomando esta historia de lucha contra el poder y los secretos enterrados durante generaciones.

Los enigmas se desvelan a tiempo, los actores cumplen su cometido y el director no necesita recurrir a estrellas internacionales, pero la narrativa es tan ágil como poco imaginativa, tan efectiva y efectista como plana y zafia. Así, las frases de los protagonistas anuncian lo que vamos a ver en la siguiente secuencia, y parece como si la producción necesitara darle al público todo bien triturado para que el terror, la crueldad sentimental y el drama lacrimógeno surtan efecto en cualquier tipo de público.

Un filme, pues, tan entretenido como banal, tan bien hilvanado como superficial. Hay de todo en Millenium I: sorpresas, buenos, malos, sangre, sexo y sentimentalismo pero poca originalidad y ninguna sutileza. Lo mejor del filme —los dos protagonistas y su relación con su mundo interior y exterior— se diluye porque el realizador se ha puesto al servicio de un producto prefabricado de fácil consumo pero rápido olvido.

¿Y si...?


Tras una larga experiencia como guionista, David Planell debuta en el largometraje con La vergüenza, la historia de un matrimonio joven enfrentado a la imposibilidad real de seguir con la adopción de un niño peruano con problemas de conducta. Premiada en el Festival de Málaga, La vergüenza trascurre en pocos escenarios y su fuerza radica en el guión, los actores y las situaciones de drama, comedia y melodrama. Tres ingredientes que Planell maneja con desigual soltura, abusando en el uso de símbolos verbales y visuales todo lo que escatima en localizaciones y alardes estilísticos.

Estamos, pues, ante un filme sobrio, contenido y apreciable sobre el descubrimiento de las debilidades, las neurosis cotidianas y los esfuerzos por lograr metas difíciles. La vergüenza es una película inteligente rodada sin demasiado nervio y con algunos puntos argumentales discutibles, pero que sabe sortear el hecho de que, en el fondo, se trata de un buen guión filmado sin estridencias, pero también sin grandes hallazgos ni especiales logros.

Hay en el trabajo de Planell una sátira sobre las relaciones de pareja, varios apuntes sobre el miedo y la incomunicación y una mirada incompleta a la imposibilidad social de asimilar la diferencia cultural. Es La vergüenza una película que tarda en arrancar, pero que logra su propósito de incomodar al espectador aunque sea a costa de un par de escenas que beben demasiado del teatro español contemporáneo y también de algún histrionismo de Alberto San Juan, al que le toca el personaje más sabroso de la función, pero que se ve, en muchos momentos, ensombrecido por la fuerza que acaban cobrando los personajes femeninos, particularmente su joven esposa, un gran trabajo de Natalia Mateo.

Estamos sin duda ante una apuesta menor pero honesta porque Planell sabe filmar con contención una situación que podría haberse decantado por la comedia gruesa o el folletín desgarrado.




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