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Errata

Evaristo Aguirre

Por los libros

A veces, es casi inevitable, aunque te resistas un poco, pero lees la noticia de la muerte de alguien y no puedes no pensar en lo que te relacionaba con esa persona. Me pasó hace unos días con el crítico literario Rafael Conte. Además de sus textos periodísticos, sus críticas, recordé que, hace bastantes años, había leído un libro suyo titulado Robinson o la imitación del libro (Trieste, 1985).

No llegó a mis manos este volumen porque lo fuera buscando, creo que no tenía muy claro, cuando lo compré, quién era aquel Conte que aparecía en la portada. Fue en 1992 o 1993 cuando, en un lugar de Madrid en el que se podía comprar libros, discos y cosas variadas, además de comer, pusieron en la mesa de saldos un montón de libros de una editorial ya desaparecida entonces, Trieste. Iba con JC.

Eran libros muy bonitos, algo me sonaba de aquella empresa tan exquisita, y empecé a rebuscar entre el montón. De aquella tacada me llevé Las aguas de Arbeloa, de Rafael Sánchez Mazas, un volumen de poesía de César González-Ruano, un libro de Miguel Sánchez-Ostiz, Venecias, de Paul Morand, otro de Valéry Larbaud, y este Robinson de Rafael Conte. Tras ver los libros, en casa, con tranquilidad, al cabo de unos días regresé a aquel establecimiento y ya no estaban.


El libro de Rafael Conte tiene algo de ensayo, de texto que gira alrededor de algunos conceptos e ideas que más que desarrollarse avanzan ante los ojos del lector. Recuerdo que no me resultó fácil en su momento, pero al cabo del tiempo volví a él y me pareció una lectura reposada, enriquecedora, de esas que se disfrutan en el transcurso…

Conte, lo han dicho sus obituarios, era casi el último crítico literario, porque es verdad que te pones con un suplemento cualquiera y los textos que se pueden considerar críticas literarias se cuentan con “los dedos de una oreja” (la frase es buena, pero no es mía, es de un humorista llamado Jaume Perich). Abundan las cositas como esta Errata, en las que gente más o menos documentada habla de libros y de lecturas; cuando tienen ínfulas o son un pelín pedantes, se llaman críticas; cuando no, reseñas.

Me gustan las reseñas, hago más caso cuando leo a alguien que me parece que disfruta leyendo que a alguien que está empeñado en dejar claro que sabe mucho, de la misma manera que me fío más de la recomendación de un amigo (para escuchar una música concreta, para acudir a un restaurante) que de las guías al uso. Pero eso no quita para que me parezca necesario que existan críticos en los cuales fijarse.

Conocimiento (esto es, lecturas abundantes hechas con un criterio tirando a académico, así como haber estudiado la historia de la literatura y de la cultura en general) y ecuanimidad (o sea, distancia respecto a la industria editorial y respecto al ambiente literario) son, creo yo, dos de las herramientas con las que debe trabajar un crítico. Otra sería no querer ser escritor. Luego, hay que curtirse, escribir mucho, publicar y esperar la reacción de los lectores. No porque un responsable de suplemento cultural decida darle cancha a alguien, ese alguien se convierte en crítico. Estamos asistiendo a eso ahora, y algunas de las escasas firmas de las que te podías fiar están teniendo cada vez menos hueco, y así no hay manera.

eaguirre@divertinajes.com




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