Secciones:

Boletín de novedades

Reciba nuestro Divertín de manera regular y gratuita.
Su e-mail

¡Web seleccionada entre las mejores!

Los viajes

de Sara Gutiérrez

Ciudad Ho Chi Minh, antes Saigón

Raúl, el guía vietnamita que nos recogió en el aeropuerto de Ciudad Ho Chi Minh, tenía tal pinta de mejicano que trajo a mi memoria la conclusión a la que había llegado una amiga boliviana cuando le presenté a mi compañera uzbeca. «Es innegable que América y Asia estuvieron pegadas, míranos, parece mi prima, ¡somos iguales!». Y era cierto que cierto aire se daban.


Orgulloso de su querida Saigón, Raúl no se privó de traducir a palabras lo que las imágenes hacían evidente: la capital administrativa de Vietnam es Hanoi, pero la capital económica es Ciudad Ho Chi Minh (antes y, aún para muchos, Saigón). Más moderna en cuanto que más occidental, más ruidosa en cuanto que más rica, en Saigón las motos copan las avenidas flanqueadas por rascacielos que albergan establecimientos de las más prestigiosas cadenas hoteleras, de moda y restauración internacionales.

En Saigón se concretaron caprichos como el de los franceses que en 1880 levantaron su catedral, Nôtre Dame, con materiales traídos de Francia. Aunque por fuera no os llame la atención, entrad. Los neones que coronan a los santos y proclaman sus nombres en las capillas laterales dan al templo un toque pop sólo comparable a las ofrendas de Coca-cola o los castigos a los santos propios de algunas iglesias latinoamericanas.



Formando plaza con la catedral, luce magnífico el edificio de Correos diseñado en 1886 por Gustav Eiffel. La impresión de estación provocada por su fachada es sutilmente potenciada por su amplio, limpio y efervescente vestíbulo del que, al fin y al cabo, parten al día miles de palabras habladas y escritas.


En contraste con la sobriedad francesa, la Pagoda de la Diosa del Mar, de tradición china, narra desde cornisas, altares y columnas complejas historias de sacrificios y recompensas, de heroicidades y tragedias. Cuando estuvimos allí, a la puerta, una chica liberaba un pájaro de una jaula. Raúl nos contó que es una ofrenda habitual, pero que la picaresca está quitándole su razón de ser. Se supone que liberas para ser liberado, pero esos pájaros cuya libertad pagas creyéndola definitiva son apresados inmediatamente por los vendedores para amortizarlos de nuevo.

El Palacio presidencial construido en pleno centro de la ciudad en 1962 pasó a ser el Palacio de la reunificación en 1975. Nuestro guía nos aseguró que la visita a las escasas estancias abiertas al público carecía de interés, así que lo menciono porque allí está, nada más. Y porque la oferta de restaurantes próxima a él no es nada despreciable.

Hablando de restaurantes tengo que haceros un par de recomendaciones: la comida de fusión vietnamita-francesa que puede degustarse en muchos de los locales bien del centro; y un restaurante en concreto. Venía anunciado en la revista del avión y, por las fotos y demás, pensamos que sería un lugar elegantísimo y carísimo; pero lo que contaban de él pico nuestra curiosidad y decidimos acercarnos, aunque sólo fuera a echar un vistazo. De haber sido un país con problemas de seguridad ciudadana nos habríamos mosqueado al ver la dirección que tomaba el taxi, alejándose de las bulliciosas e iluminadas avenidas para adentrarse en un sucio y oscuro barrio, a la postre no demasiado alejado del centro. Hubimos de comprobar un par de veces que el nombre del lugar se correspondía con el de nuestro recorte porque aquellas mesas en medio de un callejón tenebroso y encharcado por el que circulaban motos no nos parecían propias del lugar que buscábamos. Nos empujó a sentarnos el hecho de que los dos comedores acristalados, a ambos lados de la calzada, estaban abarrotados, sobre todo de grupos familiares que parecían celebrar algo. Ya a la mesa, observamos que la cocina se abría con un mostrador al fondo del callejón, al lado del improvisado aparcamiento del que salían las motos que antes habíamos visto circular, y que, efectivamente, el espectáculo del lanzamiento de arroz que buscábamos tenía lugar allí.


Se trata de lo siguiente: cuecen el arroz en vasijas de arcilla que un camarero recoge en la barra a la que hacíamos referencia antes; allí mismo la rompe y lanza su contenido a un compañero situado a unos cuantos metros, a la entrada del callejón, quien recoge la bola de arroz tostado con un plato. Cuentan que se trata de un viejo espectáculo gastronómico ideado para animar las comidas de los emperadores. Tengo que decir que el arroz como tal no me pareció nada del otro mundo, pero que volvería a Saigón sólo para comer los fideos finos de arroz con carne de cangrejo que preparan en este restaurante del distrito 3 llamado Cóm Niêu Sài Gòn. Por cierto, tiene dos locales (59 Ho Xuan Huong y 6C Xuong), a saber en cuál estaríamos nosotras.

Y aunque me refiera a él en último lugar, el mercado Binthay fue el sito al que nos llevó nuestro amigable guía con intención de invitarnos a un delicioso café con leche condensada y hielo que apenas probamos por miedo a la venganza de las aguas. ¿El producto estrella? Por abundante, las gambas, fundamentalmente secas. ¿El producto más caro? Las branquias de exóticos peces. ¿El producto inexistente? ¿? Creo que si nos lo hubiéramos propuesto habríamos encontrado hasta jamón serrano.


Delta del Mekong

Una vez más, llegamos a un acuerdo con el chófer para que ampliara el programa contratado. En esta ocasión, lo que incluimos fue un mercado flotante que aunque, ya nos lo habían advertido, no tiene nada que ver con los concurridos y coloristas mercados flotantes de las películas, más propios de Tailandia según nos comentó nuestro guía, tienen su interés.

Raúl nos auguró que tendríamos una buena jornada porque lo primero que encontramos nada más salir de la ciudad fue un cortejo fúnebre, y según él  todo lo malo se compensa siempre con algo bueno, y viceversa. Después de tres días de exposición del cuerpo para dar tiempo a familiares y amigos a despedirse del difunto, una banda de músicos y parientes que lanzaban dinero de papel para ayudar al fallecido a instalarse cómodamente en el más allá, en la esperanza de que el favor les fuera devuelto con creces, acompañaban al llamativo coche fúnebre rumbo a la tumba, hasta las afueras del pueblo.




Por el camino, cuatro cosas llamaron nuestra atención: las plantaciones de flor de loto, los puestos de venta de ron de arroz (blanco y rojo) a la orilla de la carretera, los bares con terrazas de mobiliario blanco y hamacas colgadas entre postes o árboles, y los empleados del servicio de limpieza que barrían la autopista ajenos al paso de vehículos.

 


Eso a la ida. A la vuelta, el pez elefante que disfrutamos en un peculiar restaurante formado por cenadores independientes dispersos por un cuidado jardín, y el templo Cao Dai que exhibe sin pudor la mezcla de elementos propios del budismo, cristianismo, confusionismo y caodismo propuesta en 1926 por el fundador de esta religión carente de dioses practicada por tres millones de fieles cuyo  lema es «Dios y humanidad. Amor y justicia» y su símbolo, los ojos.

En Cái Bè embarcamos en una ligera lancha de madera para acercarnos al mercado flotante y mezclarnos con los barcos-vivienda que permanecían anclados y anunciaban sus cargamentos con una muestra de la mercancía colgada en el mástil, y las canoas repletas de frutas que se aproximaban a las trastiendas de los grandes almacenes para depositar su carga.



A ritmo tranquilo, avanzamos por las turbias aguas del Mekong y nos adentramos en sus tupidos canales. Sobre una tierra barrosa que debe ser contenida por refuerzos de madera para no desparramarse en el agua, a la sombra de una exultante vegetación, habitan no pocas familias. Algunas de ellas, asociadas e integradas en el engranaje del turismo oficial, trabajan en la elaboración y venta de dulces (palomitas de arroz, caramelos de coco, etc.) y productos artesanales (fundamentalmente de coco). Otras, aprovechando el escenario de antiguos palacios expropiados, ofrecen espectáculos de teatro y música tradicional en sesión continua. Todo suena demasiado artificial, todo parece demasiado misterioso, todo obliga a pensar en el miedo que debieron pasar allí los combatientes extranjeros y lo difícil que ha de resultar organizar una población tan dispar y dispersa.



Fotos de Eva Orúe y Sara Gutiérrez.

 Hue [»]  

OTROS DESTINOS




Archivo histórico