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Alicia en la realidad

Adriana Davidova

Retratos. Los cuerpos

Cuerpo: m. 1 Conjunto de las partes que forman el organismo de los seres vivos. 2 Tronco, por oposición a la cabeza y las extremidades. 3 Persona o animal sin vida. 4 Trozo limitado de materia.


-Soy un trozo de carne. Un trozo de carne. Un trozo de carne en estado de mutación permanente. Un trozo de carne en estado de mutación permanente que intenta aferrarse, alcanzar, llegar al espíritu. Que intenta aferrarse, alcanzar, llegar al espíritu por todos los modos habidos y por haber. Por todos los modos habidos y por haber, por todas las maneras imaginadas, pensadas, soñadas y presentidas.

Un trozo de carne que presiente la vida del alma sin poder rozarla jamás. Sin poder rozarla.

 

Alicia y yo, observamos al hombre que musita estas palabras. Al hombre que musita estas palabras mientras se refugia de la lluvia, debajo de un abrigo antes azul, ahora raído y sucio. Raído y sucio y antes azul. Alicia me aprieta la mano. Yo le agradezco este gesto porque deseo desde hace mucho, muchísimo tiempo que me cojan la mano, que me lleven de la mano, que me sostengan la mano, que me aprieten la mano. Alicia esconde entre su mano, mi mano cerrada y hecha un pequeño puño de; ahora-tranquilidad. Al fin tranquilidad, mientras Ali me abarca la mano-puño pequeño.

 

Una mujer que tirita de frío y empapada como nosotras por la lluvia, recibe tiernamente al hombre-trozo de carne, debajo de un soportal. La Gran Vía está casi vacía. Y Alicia y yo podemos contemplar prácticamente en intimidad a esa pareja cuyo cariñoso encuentro transcurre en lo que es su hogar. El soportal Nº……… de La Gran Vía. Casi vacía está ahora La Gran Vía. Con las luces emborronadas por la lluvia. Casi como si fuese un dibujo de acuarela. Naturalismo acuoso y lluvia. Faltan las lágrimas, pero no las habrá. Ni Ali ni yo lloraremos. Ni Ali ni yo. Las miradas de la mujer y del hombre, mientras se encuentran y la mujer le da un beso al hombre en los labios que no cesan de musitar. La mujer le besa pero sin intencionar acallarle, sin intencionar robarle el aliento o la inspiración. Le invita a tomar asiento después, en lo que viene a ser aparentemente el salón; un taburete metálico con respaldo y asiento de muelle. El hombre se sienta y hace muy levemente el ademán de acomodarse, pero en realidad permanece en una tensión desesperada y álgida. La mujer imita el gesto de encender la televisión, porque no hay televisión, sólo una caja de zapatos colocada con el fondo hacia el hombre y con botones y pantalla dibujados sobre el cartón antes blanco, ahora gris y marrón. El ritual es asombrosamente cotidiano y ejerce una especie de hipnosis sobre el hombre y sobre nosotras dos, que seguimos mirando, refugiándonos de la lluvia, debajo del techo de la entrada de H&M, que está cerrado. Mi mano reconfortada dentro de la mano de Alicia y mi corazón agitado por espiar dentro de un “hogar” ajeno.

De repente, vuelve a escucharse la voz del hombre con una sonoridad pasmosa. Con una sonoridad pasmosa el hombre grita. El hombre grita bajo la lluvia. Bajo la lluvia. Grita…

 

-Mis entrañas se deshacen con cada minuto que paso muerto. Porque estoy muerto aunque parezca vivo. Aunque parezca vivo, mi alma ya no está conmigo, mi corazón ya no late, mi cerebro no registra la claridad de los días. Soy un trozo de carne. Un simple trozo de carne que camina, que busca, que olfatea, que persigue al espíritu que lo ha abandonado. Al espíritu que me ha abandonado. Un cuerpo sin alma. Un cuerpo sin alma que se muere una y otra vez.

 

La mujer, que mientras el hombre grita, se ajetreaba dentro del “hogar”, hacía como que fregaba platos, como que barría, como que doblaba ropa recién cogida del tendedero también imaginado… ahora vuelve a mirar al hombre y con una leve sonrisa, vuelve a acercarse a él sin ningún tipo de miedo y vuelve a besarle en los labios, esta vez durante unos segundos más. Durante unos segundos más y con mayor insistencia. El hombre tiembla ligeramente entonces y se calla. Se calla del todo y se queda de pie, en medio de su salón, enfrente de su tele, en medio de su hogar lleno de objetos imaginados que la mujer maneja con una soltura espectacular. El hombre muy quieto de pie. De pie. Mira. La mira. Su mirada por fin está detenida en el presente. En el presente. O eso parece al menos.

Entonces la mujer, muy despacio hace como que apaga la luz central de la estancia. Hace después como que enciende una lámpara pequeña que está cerca de un sofá o sillón inventado, hace como que coloca una tela, no, una tela no… un pañuelo de cuello, sobre esa lámpara pequeña, para crear luz de ambiente. Luz de ambiente mientras afuera llueve. Mientras afuera llueve, la mujer inventa la vida para ese hombre sin alma, para ese hombre-trozo de carne.

La mujer, entonces sin sentir ni frío ni calor, ni calor ni ansia… comienza a desnudarse frente al hombre quieto. Alicia y yo, retenemos la respiración, llenas de pudor por ser testigos de la intimidad que intensamente surge entre el hombre y la mujer. Los gestos lentos y alargados de la mujer mientras se quita la camisa sucia y rota, la falda mojada y gris, los zapatos-chanclas… los gestos lentos, capturan la mirada del hombre, le hechizan, le arrastran hacía algo más palpable que el propio miedo del que era presa hasta hace apenas minutos.

Y ahora, realmente es carne… una carne caliente ante la visión del cuerpo de la mujer que le ama, la mujer que frente la mirada de transeúntes, curiosos y maniquíes de escaparate, muestra su cuerpo desnutrido y lleno de manchas oscuras, para apaciguar la desesperación de ese hombre atemorizado, para invocar al espíritu que él anda buscando, para devolverle el alma a su carne. Se despoja de toda su ropa para él. Se despoja de todo su pudor por él. Se despoja de su propia carne herida regalándonos la visión de la entrega. La entrega. Desnuda, la mujer se inclina con delicadeza y hace como que apaga la televisión. Después, se yergue y hace como que sacude su melena que no tiene, en un gesto infinitamente seductor. Infinitamente seductor, sonríe luego… le sonríe a él. Se acerca de nuevo a él y le abraza. Dejando que el cuerpo del hombre se perciba amado, al fin amado, por ella, por todos. El cuerpo que busca al espíritu. Que busca al espíritu y lo encuentra en otro cuerpo que no tiene miedo.

 

 

 Pequeños Deberes - Si te paras a percibirte como un conjunto de cosas separadas entre sí, y no te piensas como un todo, como un organismo indivisible… Entonces… ¿en algún lugar de tu cuerpo, sientes miedo? ¿Dónde?

A.AliciaNlarealidad@gmail.com  




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