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Alicia en la realidad

Adriana Davidova

Retratos. Gente corriente


La diferencia entre un buen actor porno y otro corriente, es una cuestión de ritmo. El ritmo con el cual, algunos actores del porno, transitan por las situaciones propuestas en el guión. Pero también, es el ritmo interno tan particular que no siempre se ajusta a lo cómodo, a lo convencional. Rocco es el ejemplo perfecto de un actor porno. De un creador porno, diría yo. El ritmo de Rocco es absolutamente íntimo, propio, genuino y a la vez calculado de un modo aparentemente inconsciente, al milímetro… Imagino que con los actores de ficción, los auténticos actores, pasa tres cuartos de lo mismo… Más aun, se me ocurren ahora mismo algunos ejemplos.

Wild Dog (Director de Cine Porno)

 

 

Alicia se revuelve en su asiento. Está inquieta, está impaciente…

La música suena estruendosa y todos los invitados se levantan uno tras otro para abandonar la casa. Hay un hombre que sigue allí pese a la retirada en grupo de los demás… Los demás van rápido, entre destellos de piel color amarillo. Y él en cambio, permanece sentado en la silla de enfrente y simplemente acaricia de vez en cuando el borde del vaso de vidrio que sostiene en una de sus manos. Extrañamente la mano que sujeta el vaso tiembla un poco, como si las pulsaciones del corazón le estremecieran con su velocidad, pero el hombre se mantiene impertérrito y simplemente saca un sonido suave del vaso al mojar la yema de su dedo índice en el líquido y al pasarlo después lentamente por el borde. Alicia le observa pero no quiere ser “pillada” y parecer excesivamente osada, así que hace como que mira la decoración de las paredes.

El hombre dirige su mirada un poco al frente, pero no la mira a ella, es como si la traspasase, como si estuviera con el pensamiento “raptado”, como si estuviese viendo pasar delante de sus ojos las imágenes de algo que Alicia no veía, de algo que estaba sucediendo quizás en otro tiempo y en otro lugar. Y el hombre estaba en los dos sitios a la vez, en los dos “tiempos” a la vez… Aquí y allí.
Aquí, con su vaso convertido en un instrumento musical “de agua” en vez “de cuerda”. Aquí, tocando la sonata decadente y marchita más bonita del mundo, que se pueda tocar con un húmedo dedo índice y un vaso de vidrio lleno de líquido. Aquí, con las pulsaciones aceleradas delatándole en el temblor de sus manos.

Allí, viendo o recordando lo vivido. Allí, viendo tal vez a alguien que ya no está. Allí esperando el beso. El beso que él tenía que haber dado. Pero no hay marcha atrás posible. Estaba claro para Alicia que ese beso, el que el hombre estaba esperando en el otro tiempo y lugar, no se había producido. Tal vez simplemente por una cuestión de carácter, de forma de ser, de forma de proceder. Así de simple. El condicionamiento que nos predetermina de un modo u otro y nos hace vivir la vida acotados por nuestro propio cerco hecho de códigos de comportamiento, códigos de relación, códigos de ser y de estar. Maneras de acercarnos y alejarnos, ideas preconcebidas y asimiladas con beneplácito, de lo que está bien y de lo que está mal. Alicia intenta colar su cabecita, entre las imágenes que el hombre está ensoñando y el tiempo presente, pero el hombre está a medias, está y no está. Estaba. Estaba hasta hace un momento, piensa Alicia. Pero el vaso ha dejado de sonar. La última invitada arrastra sus pasos por el suelo de mármol como de cocina antigua… arrastra sus tacones rojos y sus glúteos firmes embutidos dentro de un vestido también rojo y su chaqueta arrastrada también por el suelo, marca la cadencia de su marcha. Ella también le echa una mirada borracha y alienada al hombre. Su boca pintada de rojo, en una mueca retorcida, intenta arrastrar alguna sílaba pero no es capaz de emitir más que un leve sonido gutural. Alicia aparta la mirada, con una sensación de pudor y vergüenza, debida a la visión de esta mujer tan vulnerable y tan expuesta a lo cotidiano por voluntad propia, a fuerza de una descomposición autónoma y consciente.

Sin embargo, el hombre ni siquiera ha notado la presencia de esta mujer de rojo, al igual que Alicia, también le es un poco invisible. En un momento dado simplemente el vaso cae al suelo, estrellándose contra su dureza de color azul sucio. Los trozos de cristal vuelan durante unos breves segundos hasta diseminarse por toda la estancia. Alicia vuelve a mirar asustada hacia el hombre. El hombre permanece rígido sobre la silla, encogido sobre si mismo, la mano derecha agarrada al brazo izquierdo, la pierna doblada hacia el pecho, hacia el corazón. El corazón. 


Pequeños deberes - Encuentra tu propio ritmo al respirar la vida… al menos, para detenerte cuando tú lo decidas. Antes de que todo estalle.

A.AliciaNlaRealidad@gmail.com 




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