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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Instalados en el Gotha

Lo que hermana estas dos películas es que ambas nos adentran en la realeza: una cuenta la vida de una reina, Victoria I, y la otra narra la peripecia de dos buscavidas mexicanos en la corte del deporte rey.

Las señoras primero


Tras su interesante y simpático debut en el largometraje con C.R.A.Z.Y., el realizador canadiense Jean-Marc Vallée se adentra en un terreno mucho más convencional recreando el acenso al trono de la Reina Victoria I de Inglaterra y su romance y posterior matrimonio con el príncipe Alberto.

Arropada por una puesta en escena deslumbrante y visualmente imaginativa, La reina Victoria fracasa en su punto central: la historia de amor entre Isabel (Emily Blunt) y Alberto (Rupert Friend) tal vez porque ni los personajes ni los actores que los interpretan logran conquistar el interés del espectador.

Vallée impide que nos aburramos con esta historia de intrigas familiares y palaciegas, intereses políticos y guerra de sexos gracias a una dirección sólida, una puesta en escena meticulosa y una gran modernidad en los pequeños detalles y en los momentos de transición narrativa. Los decorados lujosos y las frases algo cursis que salen de la boca los protagonistas no logran sofocar el interés del relato gracias a un ritmo acelerado, una original combinación de colores y texturas, pequeños saltos espacio-temporales y algunos recursos narrativos atrevidos al servicio de una historia bastante endeble dentro y fuera de las páginas de la Historia. La pareja protagonista carece de esos matices psicológicos que el director y el guionista sí otorgan a los dos grandes secundarios del relato: el consejero pragmático y algo inquietante, encarnado por Paul Bettany, y la madre dominante y de carácter ambiguo a la que da vida Miranda Richardson.

La reina Victoria no aporta nada nuevo a la historia que cuenta, aunque muestra una gran frescura para conducir al espectador por los años turbulentos en los que una chica de dieciocho años se convirtió en el primer monarca de su país. Una música ampulosa, una fotografía brillante y un vestuario impecable acompañan al filme, pero ni la protagonista ni su oponente masculino evolucionan demasiado a lo largo de un relato algo insípido contado, no obstante, con indiscutible soltura.

Los futbolistas después


En su debut como realizador, el también guionista (Y tu mamá también) Carlos Cuarón ha optado por una amarga fábula sobre la búsqueda del éxito que se vertebra a través de un motivo argumental recurrente: el fútbol.

Rudo y Cursi es la historia de dos hermanos de temperamentos distintos —encarnados por Gael García Bernal y Diego Luna— que buscan salir de la miseria del México rural a través de la posibilidad de convertirse en estrellas nacionales del balompié. El gran mérito del filme de Cuarón es que, contando con lo más rutilante del cine mexicano del momento, ha optado por una historia sencilla que se apoya casi exclusivamente en la versatilidad de los dos jóvenes actores y en mostrar el efecto devastador que la búsqueda de «un lugar bajo el sol» puede tener sobre gentes no preparadas para enfrentarse a un mundillo lleno de trampas y tramposos. De nuevo lo rural y lo urbano, la voz en off cáustica de un zalamero cazatalentos interpretado por Guillermo Francella y una extraña mezcla de realismo, sátira y poesía.

Rudo y Cursi lanza una mirada cruel sobre el ensueño mediático, el populismo, la ambición y los regalos envenenados. Nada nuevo y contado sin grandes aspavientos.

Lo mejor de la película es, sin duda, la fuerza y belleza de algunos planos secuencia en los que se subraya la inmensa soledad que se va apoderando de estos dos buscavidas que se convierten en símbolos de un juego donde se manejan millones de dólares y donde la razón y la pasión chocan de forma violenta. Pero, todo es demasiado obvio en Rudo y Cursi, y el realizador no profundiza lo suficiente en la psicología de sus personajes como para mantener el interés del espectador hasta el final. El director se ha decantado por un filme interesante y honesto pero algo simple y con tendencia a subrayar lo obvio, un cuento moral donde la literatura acaba venciendo a las imágenes.




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