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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Adapta, que algo queda


Coinciden estos días por nuestras pantallas de cine varias adaptaciones de obras literarias que, como siempre, han levantado la ya larga y cansina polémica sobre este tema. Desde mi punto de vista, ninguna de ellas ha logrado rebasar el listón de la medianía absoluta, pero haciendo un esfuerzo podría salvar El amante de Lady Chatterley, basada en la novela del inglés D.H. Lawrence y dirigida por la realizadora francesa Pascale Ferran, que ha obtenido un gran éxito de crítica y público en Francia, lo cual no es, a priori, garantía alguna de estar ante un producto excepcional; todo lo más afirmaría estar ante una obra de qualité, una adaptación academicista en la forma que podría serlo Luz de domingo de Garci, aunque lejos de las  encorsetaduras estilistas a que nos tiene acostumbrados el cine de época de este último. A decir verdad, su larga duración (roza las tres horas), pasan sin sentir gracias a una puesta en escena  en la que ambientación y vestuario —hay que decirlo— impecables, ayudan de forma decisiva a seguir el proceso psicológico que lleva a la joven y sensual Lady Chaterley al descubrimiento del sexo en brazos un rudo jardinero del que le separa un abismo social infranqueable. La lectura feminista de Ferran se decanta por un tratamiento naturalista del tema tanto en la recreación del paisaje exterior en el que se desarrollan los doce sensuales encuentros de sus protagonistas, como el interior, el del deseo que les une por encima de su diferencia de clase, logrando que la candidez envuelta de trivialidad de ella y el desconcierto y devoción de él, se mezclen y sublimen en un juego sensual y voluptuoso no exento de erotismo, pero muy alejado de la tensión sexual y fuerza bruta que llenan las páginas de la novela original.


De Canciones de amor en Lolita´s Club, la última incursión —ya van cuatro— del veterano Vicente Aranda en la obra de Juan Marsé, decir que ni el comienzo ni el final son los de la novela, que el puticlub arrabalero al que hace mención el título ha sido convertido en un local a lo Larry Flint mesetario, y las tristes y desarraigadas putas en azafatas de concurso televisivo. Obviamente todo esto no tendría la más mínima importancia si el resultado final fuera bueno (se trata de una adaptación, y el guionista puede tomarse las libertades que quiera para traducir en imágenes el texto en que se inspira), pero es que la historia que nos ofrece Aranda no es más que una sucesión de tópicos y lugares comunes donde Noriega naufraga en su doble papel y Flora Martínez es poco más que el cuerpo desencadenante de una tragedia que nos resbala por su inanidad. Es una mala adaptación convertida en una película sin el menor interés. El Aranda de la magnifica  Amantes lleva perdido muchos años en los meandros del cine histórico y en fallidos intentos de realidad social como el que nos ocupa.


Casi lo mismo podría decirse de la adaptación de la interesante novela del Charles Baxter (Minneapolis, 1947) El festín del amor realizada por Robert Benton (firmante entre otras de Kramer contra Kramer, Billy Bathgate o la Mancha humana, basadas las dos últimas en obras de E.L. Doctorow y Philip Roth). Ni la ayuda de dos todoterrenos como Morgan Freman y Greg Kinnear, ni los desnudos femeninos de Radha Michel, Selma Blair o Alexa Davalos logran interesar al espectador que queda atrapado en una sensación de dejà vu televisivo de sobremesa realmente enojoso.


Por último, Paul Auster toma de nuevo la cámara y nos ofrece una nueva muestra de cine literario, casi amateur. Así, La vida interior de Martin Frost revisita su propio universo metaliterario, y en conversaciones noveladas mantenidas con su musa reencarnada en mujer, hablan de las imprecisas fronteras que existen entre la realidad y fantasía y otros muchos temas llenos de ecos austerianos ya expuestos con anterioridad en su obra. Sin embargo, algo chirría en esta auto-adaptación de una parte de su novela El libro de las ilusiones, algo que no engancha al espectador como suele hacerlo con el lector de sus páginas y que le lleva a la indiferencia absoluta de lo que esta viendo y oyendo. Lo mejor, el final; pero para entonces uno ya está desenganchado y con ganas de que aquello termine. No es por nada que existe el viejo dicho de “zapatero a tus zapatos”.




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