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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

No más juegos de amor y muerte

J.G. Ballard (in memoriam)


Hoy he apagado todas las luces de mi prado eléctrico y he encendido una sola bujía en recuerdo de uno de los grandes escritores de la literatura especulativa contemporánea: Jim G. Ballard, el mayor creador de flagrantes distopías de este siglo, que murió a la edad de setenta y ocho años de un cáncer de próstata.

Este gran visionario, más filósofo que novelista, aglutinó en sus obras, a través de nuevas formas estéticas narrativas, todas las nuevas formas de relaciones intersubjetivas, con personajes de comportamiento, a veces, aberrante, que se movían en escenarios lisérgicos que solo las técnicas de la infografía y la era digital, aún muy lejos en el tiempo, hubieran sido capaces de reproducir.

Las primeras obras de Ballard, sin embargo, narraban apocalipsis posibles y esa fue la causa de que fuera catalogado como un escritor de ciencia-ficción. Eso sí, dentro de una nueva corriente del género, donde se movían otros inclasificables autores como Philip K. Dick, Kurt Vonnegut o Brian W. Aldiss. Un movimiento que se dio a conocer a mediados de los setenta bajo la denominación de New Wave o Ficción Especulativa y que yo abracé con gran entusiasmo en mi época de editor, primero del fanzine Zikkurath, y después en la revista del mismo título, donde fui dando a conocer a muchos de estos nuevos autores americanos, ingleses y españoles que pretendían una renovación drástica del género de los hombrecillos verdes de Marte. A mi lado tenía a escritores como Mariano Antolín Rato y Eduardo Haro Ibars y otros muchos tan entregados como yo a estas apocalípticas inner visions que nos ofrecían los anglosajones, y por contraposición a la ciencia ficción clásica, rama pulp.


Tras estas primeras novelas de apocalípticas visiones entre las que se cuentan, El mundo sumergido (1962) —que relata las consecuencias del calentamiento global que derrite los casquetes polares inundando la mayoría de la tierra firme, algo que ahora no nos parece tan lejano—; o El viento de ninguna parte (1962), La sequía (1965) y El mundo de cristal (1966) —que narra la extraña cristalización que sufre una parte del África tropical—, aparece un nuevo Ballard, el de La exhibición de atrocidades (1970) —llevada al cine en el 2000 por Jonathan Veiss— , donde su mirada introspectiva se lanzaba, con la pericia del cirujano que pudo llegar a ser, a diseccionar cuerpos y almas en una terapéutica, y a veces insana, confrontación con los arquetipos éticos de un capitalismo terminal; o en Crash (1973) apoteosis de la chatarra, la casquería y el sexo y llevada al cine por otro creador de imágenes perturbadoras, David Cronenberg en 1996, y que a ambos les creó graves problemas con la censura de aquellos años, que consideró aquello material pornográfico. En ambos libros, a los que un lector poco avezado podría reprochar un excesivo nihilismo en sus personajes y postulados, lo que realmente hace el autor es imbuir a sus criaturas de un sentido de resistencia extremo contra la alienación de los tiempos que les han tocado vivir mientras se entregan a esos juegos macabros de amor y muerte.

Tras Crash llegaron, La isla de cemento (1974), Rascacielos (1975), Compañía de sueños ilimitada (1979), Hola América (1981) y varías compilaciones de relatos donde su escritura siguió deslizándose desde unos postulados objetivos hacia otros subjetivos llenando huecos donde encontraba sitio para nuevos temas pero pivotando siempre entre ambos polos.


En 1984, aparece la que es, de lejos, su novela más famosa, gracias a la adaptación cinematográfica que de ella hizo Steven Spielberg en 1987 con modélico guión de Tom Stoppard. Se trata de El imperio del Sol, autobiografía novelada del final de su infancia en Shanghai, en los tiempos de la invasión japonesa de China continental en el año 1939. James, el niño protagonista, es hijo único de una familia acomodada inglesa que se dedica al comercio y está fascinado por los aviones japoneses que cruzan en oleadas y cada vez con más frecuencia el cielo de su ciudad. Cuando el ejército ocupante expulsa a todos los extranjeros de la ciudad, James se extravía de sus padres y debe aprender a sobrevivir solo en terreno enemigo. Finalmente es capturado y llevado al campo de concentración de Soo Chow, situado junto a un aeropuerto japonés. Allí aprenderá a convivir y subsistir entre los adultos que lo rodean, acuciados por el hambre y penalidades extremas. Pero aún allí, en pleno infierno, tiene tiempo para seguir soñando todavía entre las carcasas de los aviones inutilizados.

Esta experiencia traumática se grabó de forma indeleble en el subconsciente del niño que entonces era Ballard, y le sirvió para conformar toda su obra posterior tan rica en simbolismos y metáforas y en el conocimiento profundo del comportamiento del ser humano en circunstancias excepcionales, cuando es capaz de realizar los hechos más repulsivos, pero también los más emotivos e inesperados.


Desde entonces hasta la fecha ha escrito muchas más novelas y relatos —siempre fue un autor muy prolífico— entre las que destacaría La bondad de las mujeres (1991), Noches de cocaína (1994) y las dos últimas, Bienvenidos a Metro-Center (2006) y Milagros de la vida (2008).

En palabras de Susan Sontag: Ballard ha sido una de las voces más importantes e inteligentes de la ficción contemporánea. Lo suscribo y le rindo mi particular homenaje con estas pocas líneas.

Nota.- Toda la obra de Jim G. Ballard en español puede encontrarse en Minotauro exceptuando su última novela, editada por Mondadori.





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