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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

La duquesa está triste…


La duquesa es una cuidada aunque algo fría adaptación de Saul Dibb de un best-seller de Amanda Foreman sobre la vida privada de Georgiana, duquesa de Devonshire, en la Inglaterra del siglo XVIII.

Nos encontramos ante una aplicada reconstrucción histórica que, como parte del cine de época hecho hoy en día, lanza una mirada contemporánea sobre las costumbres del pasado: en este caso sobre la nobleza inglesa del momento y la condición femenina. El filme es la historia de un matrimonio infeliz y del particular descenso a los infiernos de una joven apasionada, narrado a través de una serie de cuadros de ambientación perfecta pero previsible resolución fílmica. El guión —en el ha colaborado el dramaturgo Jeffrey Hatcher— no cuenta nada nuevo y puede verse como un drama sentimental sin más o como una reflexión, elegante, aunque algo insípida, sobre la búsqueda de la autenticidad de las mujeres frente a los corsés sociales y morales del momento.


La duquesa ofrece vagas pinceladas sobre el trasfondo político en el que se desarrolla la trama, y centra su núcleo en la relación de tiranía del duque de Devonshire (un contenido e intenso Ralph Fiennes) con su esposa Georgiana (digna pero algo sobreactuada Keira Knightley), a la que éste ve como un mero instrumento para obtener un heredero varón.

No faltan algunas metáforas sutiles y algunos detalles visuales acertados, pero se subraya demasiado la tensión, el dolor, la pasión o la melancolía a través de elementos como la música o las frases lapidarias. No hay nada demasiado original en la película, si bien no podemos negarle una construcción dramática impecable ni la intensidad de muchos instantes, particularmente de aquellos que transcurren en la intimidad.

Dibb, como la protagonista —que no llega a consumar su transgresión contra las leyes varoniles y nobiliarias de la época—, parece temer no ganarse al gran público y no arriesga demasiado en la puesta en escena, haciendo que los temas de interés que plantea discretamente el filme —como la solidaridad femenina en situaciones de apuro— solo queden esbozados en favor de una reconstrucción de época y un melodrama al uso.

La duquesa no nos sorprende ni nos subyuga, y tal vez su gran mérito consista que, durante la mayor parte de su metraje, logra compaginar sin demasiadas estridencias el drama sentimental con la sátira de costumbres.





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