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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

El mal francés


Con El mal francés, Lluís Maria Todó se alzó con el premio Josep Pla de las letras catalanas en el año 2006. Han tenido que pasar tres largos años para poder disfrutar en castellano de estas memorias metaliterarias que varias editoriales, de las llamadas importantes, rechazaron posiblemente debido a que los dos temas que trata: homosexualidad y catalanismo no les parecieron comerciales para el resto del país. Afortunadamente la falta de prejuicios y buen hacer de Egales han permitido a los castellanoparlantes disfrutar de ellas y de su original planteamiento a medio camino entre el diario y el relato autobiográfico. Autor de novelas de feliz memoria como Placeres ficticios (Anagrama, 1993), El juego del mentiroso (Anagrama, 1995) o Doce fábulas (Egales, 2004), y excelente traductor de los clásicos franceses del XIX, Todó nos ofrece esta vez una bajada a sus infiernos particulares, no en busca de redención, sino en busca de su auténtico yo.

Comienza la ¿novela? con el protagonista, el propio autor, varado intelectualmente ante la que va a ser su sexta obra. Tiene ya recopilado material, ideas, bocetos de personajes, y hasta ha intentado redactar algunas páginas para dar con el tono estilístico y verbal más idóneo a su futuro proyecto, pero no da con el arranque que le permita desarrollar la historia de su principal personaje, VPC (Viejo Poeta Catalán),un excelente escritor, homosexual y escéptico, absolutamente crítico con la homogeneización ideológica de la sociedad catalana de los últimos treinta años llevada a cabo por las políticas nacionalistas de CiU y el Tripartito y que han convertido a Cataluña en un especie de parque temático del catalanismo y ha degradado sus valores intrínsecos y su paisaje hasta términos difícilmente imaginables.

Ante esta parálisis creativa, el autor comienza a rebuscar entre sus antiguos papeles y escritos por sí entre ellos encuentra algo que pueda servir para sacarle del bache en que se encuentra y meta en raíles todo aquello sobre lo que quiere escribir. Es entonces cuando aparecen unos viejos cuadernos de tapas azules y verdes que contienen el diario que comenzó a escribir en Pau a sus diecinueve años, cuando dejó atrás Barcelona y a una novia embarazada y fue a esa ciudad del Pirineo francés para estudiar en su universidad y decidir qué hacer con su futuro; y donde, también, tomó conciencia de su homosexualidad presentida con la ayuda inestimable de las obras de Rimbaud, Gide y Proust.


A partir de aquí se abren dos frentes narrativos: el introspectivo (crónica personal de su juventud contada a través de los diarios de Pau), y el crítico (la forma en que el escritor adulto se ve a sí mismo y a su entorno familiar, social, político y literario en aquellos lejanos años y de su presente); y mezclando ambos, lo cotidiano y lo intelectual, el ayer y el hoy deja que el lector obtenga una lectura personal dependiendo del momento vital que está narrando. Y, finalmente, parece hacer realidad el aforismo de que la vida real siempre es mucho más inverosímil que cualquier ficción.

Todó maneja todo ese material meta-literario con gran pericia, y ese conjunto de voces que nos van narrando su peripecia vital y la transformación de su pensamiento nos son presentadas en una trinidad de personajes que no son más que uno en esencia: el de su yo joven en la transcripción de los diarios; el del personaje de ficción que es el Viejo Poeta Catalán cuando expresa sus opiniones sobre la realidad de la cuestión catalana en sus aspectos políticos, sociales y literarios, y en la del propio autor que ejerce de juez y parte y no se ahorra ningún vapuleo ni a sí mismo ni a la sociedad en la que creció, se formó y escribe.

En suma, un certero, valiente y auténtico tour de fore que a través de unas vivencias personales desarrolla una panorámica certera de las últimas décadas en Cataluña. Por todo esto es un libro que os recomiendo muy encarecidamente.




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