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Alicia en la realidad

Adriana Davidova

Mentiras

Pequeños Deberes - Sin pensártelo demasiado. Tal y como estás. Donde estés. Deja de hacer lo que estabas haciendo… Cierra los ojos durante unos segundos e intenta recordar cuándo dijiste la última verdad. ¿Fue hace un rato? ¿Fue ayer? ¿Fue alguna vez? ¿Fue siempre?


¿Qué es la verdad?

¿Se puede tocar, ver, oler, degustar?..

¿Se puede inventar? 

 

 

Las mentiras se deshacen como azúcar en la boca…

El azúcar está bien, a veces, pero a la larga tiene efectos poco agradables sobre la salud. Lo mismo sucede con las mentiras. Algunas veces te pueden sacar de un apuro o te pueden facilitar las cosas, pero, con el paso del tiempo… terminan tejiendo una red de confusión, malestar, falta de certidumbre y reacciones en cadena turbias y nada ventajosas. De hecho, cuando la razón que fue causa para mentir, ha quedado lejos y olvidada, solamente hay que seguir mintiendo para sostener esa mentira inicial.

Mentir para demostrar que no has mentido, mentir para convertir en verdad lo que antes fue mentira, mentir para no parecer mentiros@.

Tod@s tenemos derecho a mentir e igualmente tod@s tenemos derecho a ser conocedores de la verdad cuando debemos tomar decisiones en base a una determinada información que se nos da. Extraño… ¿Cómo encajarlo? ¿Cómo discernir entre “lo que está bien” y “lo que está mal”? ¿Cómo saber hasta dónde alcanza nuestro derecho a mentir y dónde empieza nuestro “deber de verdad” respecto al otro? ¿Dónde comienza la verdad que le debemos a los demás? ¿Dónde está la línea que nos podría indicar a partir de qué momento tenemos el derecho a “exigir la verdad”?

Y como siempre… Y como desde siempre… ¿Qué es la verdad? La eterna pregunta a la que se aferran, sobre todo, y con gran entusiasmo, los asiduos a la mentira y a la promesa “fácil” y “rápida”.

Y aunque parezca un poco “esotérico” y nada científico, yo diría que la capacidad de discernir está en la capacidad de la propia intuición. Allí está, una especie de brújula o guía, que nos indica con bastante precisión la distancia entre “la verdad” y “la mentira”. ¿Explicación más coherente y más lógica? No la tengo.

Es la misma diferencia intuitiva que manda señales a nuestro cerebro si chupeteamos una gominola o una fresa. Ambas se mezclan con la saliva y ambas son masticadas y tragadas. ¿Sientan igual? ¿Nos hacen sentir igual? ¿Son digeridas del mismo modo?

¿Acaso… cuando te acabas de enterar de que te han estado mintiendo no se te retuerce el estómago? Aunque sea un poco. Alguna punzada que otra por lo menos… Una molestia “hueca” en la boca del estómago. Y si eres de los “sensibles”… seguro que se te “encoge el corazón”.

Alicia: ¡Qué sarcástica eres!

Adriana: Jajajajajaja… ¡No! Soy de “las sensibles”… De es@s a los que se nos remueve todo frente a las mentiras, y de repente, te has enterado de que te han estado mintiendo en algo que te importa mucho, muchísimo… y entonces miras… y todo a tu alrededor te parece diferente, desconocido, desconcertante.

Alicia: Parece que lo que te sucede es deseo de seguridad y deseo de control.

Adriana: ¿Por qué dices eso?

Alicia: Porque si una mentira te desasosiega tanto, es porque te rompe los esquemas, te obliga a reaccionar ante lo imprevisible… y parece que ello te disgusta. Y si te disgusta lo imprevisible, es porque te afanas en controlarlo todo. Todo un mundo reducido a algo a lo que tú podrías llamar “tu mundo”. Tu mundo bajo control.

Adriana: No, no es tan sencillo… pero quizás en parte, y digo; sólo en parte, algo de razón puede que tengas…

Alicia: ¡Ja! Claro que tengo algo de razón. ¡Tengo mucha razón! Te gusta controlarlo todo, saber qué harán las personas que te rodean, qué sucederá, qué sería la mejor opción entre varias, etc… Y todo, ¿por qué? Porque tienes miedo de sufrir, tienes miedo de que te duela, tienes miedo de que te abandonen, aunque digas lo contrario… tienes miedo de no ser “especial” para nadie… y piensas que si te mienten, es porque no has sabido “ganarte” la confianza del otro, no has sabido ser “especial” para esta persona… y estás en el “mismo saco” que todos los demás a los que esta o aquella persona miente. Pobre tú, pobre Adriana nada “especial”, ¡pobre “una más” frente a los ojos del mentiros@! ¿Por qué, si no, me tienes aquí encerrada y no me dejas salir ni hablar con nadie? ¿Eh? ¿Por qué? Porque no soportas no saber lo que pienso o lo que siento, lo que noto o lo que quiero… No soportas no ser capaz de “meterte en mi cabeza” y leer “realmente” lo que pienso. No soportas que yo sea yo y no tú. No soportas saber que nada es controlable ni permanente ni previsible… Ni siquiera yo soy lo suficientemente “transparente” como para que tú puedas saber que nunca te fallaré.

Adriana: Estás siendo muy dura conmigo, Alicia… pero me imagino que eso significa que estás aprendiendo… Tendré que ir acostumbrándome poco a poco… Pero mírate, mírate por favor detenidamente en el espejo. ¿Realmente no eres como yo? Acaso… ¿no es más que una mentira? Una mentira que a ti te reconforta. Pensar que somos distintas, pensar que tienes tu propia razón de ser… Bobadas… ¡Mentiras!

Alicia: Ya lo veremos… La verdad es rotunda. Y la mentira es sólo temporal. A la larga se verá quién de las dos es más real. ¡A la larga serás tú la que esté frente al espejo preguntándose quién demonios es! Serás tú, serás tú, serás tú…

Adriana: ¡Basta! Yo te quiero…

Alicia: ¿Acaso el querer a alguien nos impide mentirle?

 

Las dejo a las dos con esta pregunta recién formulada, flotando entre ellas… Y yo me alejo despacio. Porque lo que sí tengo claro es que si todavía importa si nos mienten o si nos dicen la verdad, si mentimos o si somos sinceros… significa que todavía tenemos el deseo de confiar. Confiar en la posibilidad de algo real y auténtico.

¿Acaso estoy mintiendo? 


 

A.ALICIANLAREALIDAD@GMAIL.COM




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