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Evaristo Aguirre

Más malos que la quina

“Somos malos, Malasombra
somos malos de verdad.
Somos como una espina
que solo sabe pinchar.
Y más malos que la quina…”.

Lo cantaban los hermanos Malasombra, personajes de aquel famoso programa infantil de la televisión española de finales de los sesenta y primeros setenta, Los Chiripitiflaúticos, en el que también estaban el Capitán Tan, Locomotoro –al principio–, Valentina o el Tío Aquiles, entre otros. Tengo por aquí todavía un Lp (en vinilo, cómo no) con las canciones, entre ellas la de esos dos hermanos que iban vestidos de cowboys y de riguroso negro, auténticos malotes. Lo de la quina, supongo que vendrá de esa expresión, tragar quina –“Soportar o sobrellevar algo a disgusto”, explica la RAE–. Son los primeros malos atractivos –de la ficción, por supuesto– que recuerdo.


Los auténticos hermanos Malasombra

Pasados los años, soy de los que dan la lata con lo buenísima que es esa serie televisiva titulada Los Soprano, que narra la vida de una familia mafiosa italoamericana residente en New Jersey (EE.UU.) en el principio de este siglo XXI. Estos también son más malos que la quina, pero sus personalidades, y sus andanzas y sus relaciones y sus sentimientos tienen algo que trasciende esa maldad y es la clave del tirón de esta inmensa producción audiovisual. Tengo por ahí unos dvd con esta joya.


Algunos de los Soprano

Y por aquí tengo una novela, Delitos a largo plazo, primera obra publicada, en 1999, por Jake Arnott (Londres, 1961), que ha editado en España Mondadori, en su colección Roja & Negra (con traducción de Fernando Garí Puig y con prólogo de Rodrigo Fresán). Ambientada en el Londres sesentero, el Swinging London, es la historia de un mafioso local, Harry Starks, contada desde cinco puntos de vista diferentes, por cinco personas que se relacionaron con él: uno de sus jóvenes amantes –Starks es homosexual–, un lord tory medio arruinado y también gay, un matón y camello de tres al cuarto, una actriz que nunca llegó a triunfar, un sociólogo progre.

Violencia, negocios sucios, drogas, pornografía, chantajes, crímenes… El personaje de Harry Starks está basado en uno de los hermanos Kray, mafiosos londinenses auténticos de aquellos sesenta. Clubes, músicos pop, incipientes tribus urbanas… Esta novela ha sido adaptada por la BBC para una miniserie de cuatro capítulos, The Long Firm.


Los sesenteros hermanos Kray

Starks es malo, mucho más malo que la quina; es un parvenu, un hortera enriquecido que quiere disimularlo con una pose demasiado envarada –me ha recordado a tantos de esos presidentes de clubes de fútbol– y con una dureza terrible en su trato con los demás. Es todo un cabronazo.

Con estos malos (de cine, de televisión o de novela) ocurre que te pones un poco de su lado cuando ves o lees sus tribulaciones; pero no lo haces porque desees que triunfe el mal –suena a lema de cine policiaco a la inversa– sino porque quieres que la acción dramática no se detenga, que Tony Soprano siga haciendo de las suyas, que Harry Starks continúe repartiendo estopa. Pasa igual cuando se trata de amor, ¿no?: en la vida real lo mejor es evitar adulterios, divorcios y cosas por el estilo, pero en la ficción cuanto más conflicto mucho mejor para todos.


eaguirre@divertinajes.com




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