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Los viajes

de Sara Gutiérrez

Jordania romana

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Aterrizamos en Amán ya anochecido el 31 de diciembre. Camino del hotel, nos interesamos por cómo y dónde recibían los locales el Año Nuevo y las posibilidades que teníamos de unirnos a la fiesta. La respuesta de nuestro chófer-guía fue contundente: «Todas las celebraciones se han suspendido. No podemos estar de fiesta mientras Israel bombardea Gaza. Otras consideraciones aparte, el 70% de los jordanos son de origen palestino. Lo mejor es que se queden tranquilamente en el hotel». Pero el restaurante de nuestro hotel estaba reservado para una fiesta particular. «Muy cerca de aquí acaban de abrir uno de los mejores restaurantes de la ciudad: Jabri. Les recomiendo -insistió- que vayan a cenar cuanto antes y que se retiren pronto al hotel. Una noche como ésta, en las circunstancias actuales, podría haber disturbios.»

Acomodamos el equipaje, y nos dirigimos a pie al Jabri. Cuando, tras quince minutos de caminar por la orilla de una ancha carretera, entre hoteles de lujo y sin cruzarnos un alma, alcanzamos la puerta del establecimiento, pensamos que nos habíamos equivocado: el nuevo y maravilloso restaurante era un local de comida rápida con mesas de formica y vajilla de plástico. Con hambre y poco margen de maniobra, entramos. Mientras estudiábamos el mostrador en el que se exhibía la comida ya preparada, se acercaron a nosotras la media docena de hombres que había en el local y, cada uno, medio en inglés, medio en francés, nos hizo amablemente sus sugerencias: la carne de cordero cocida en yogurt es exquisita, no se pueden perder el arroz con frutos secos... Tanto quisimos probar que dejamos en los platos más de lo que comimos.  

Realmente era un sitio de moda, continuamente entraban y salían padres y madres de familia que sacaban a sus cochazos grandes paquetes de comida. 

Al lado, una luminosa pastelería lucía el mismo nombre. Quisimos comprar unos pastelillos para celebrar la Nochevieja en la habitación (nos habíamos llevado unas latas de uvas) pero lo mínimo que nos vendían era un kilo, o eso entendimos, así que nos fuimos sin otra cosa que el buen regustillo de la prueba que nos ofrecieron. Al final del viaje volveríamos para comprar varias cajas de aquellos excelentes pastelillos de hojaldre, miel, almendras, pistachos... 

De vuelta en el hotel, nos sentamos en el vestíbulo y, para pasar el rato, echamos un ojo a los periódicos en habla inglesa: lógicamente, la repulsa por los bombardeos israelíes ocupaba prácticamente todas las páginas, y en muchas de ellas podían leerse anuncios de familias que comunicaban su decisión de suspender las fiestas que semanas antes habían convocado para celebrar el Fin de año.  


El primero de año madrugamos para explorar el norte del país. Nuestro primer objetivo: Um Qais. Por el camino, paramos en un mercado atraídas por la cantidad y el tamaño descomunal de sus productos (una constante en todos los mercados y puestos a pie de carretera del país). Incomprensible la suciedad del entorno. ¿Tan costoso es asfaltar el terreno y tirar la basura en contenedores habilitados para tal fin? Y también por el camino, supimos de un absurdo nacional: la mayoría de las casas están coronadas por penachos de hierros al aire para hacer creer que el edificio sigue en construcción, porque hasta que no esté terminado no paga impuestos.

Poco antes de llegar a Um Qais, la antigua Gadara, los soldados de un puesto fronterizo preguntaron a nuestro chófer de dónde éramos y nos dejaron seguir adelante; no habríamos tenido la misma suerte si procediéramos de un país conflictivo para la zona.

Pasamos de largo por el pueblo actual para alcanzar el que fuera asentamiento de griegos, romanos, bizantinos y otomanos: un balcón a 378 metros sobre el nivel del mar desde el que el lago Tiberíades (Mar de Galilea), los Altos del Golán e incluso la cumbre del monte Hermón son imágenes de postal.


Vista desde Um Quais


Museo

Contemplado el paisaje, dedicamos casi una hora a recorrer las ruinas: las tumbas, los teatros (especialmente bien conservado el del Oeste), las plantas de la basílica y la iglesia octogonal, y el museo (un patio plantado de granados en cuyos soportales lucen mosaicos y estatuas). Hay en el complejo un restaurante con una terraza en la que me hubiera gustado comer (era media mañana y hacía muchísimo frío) y un aguador que se ofrece como modelo fotográfico a cambio de un dinar jordano (casi un euro).

Podríamos haber bajado por el Valle del Jordán, y me hubiera gustado hacerlo, pero el recorrido que llevábamos trazado nos encaminaba hacia Ajlun y Jerash por otra vía no carente de interés. Si en la ida habíamos tenido la sensación de hallarnos en tierras de Jaén por los muchos olivos (aparentemente más endebles que los españoles), ahora nos flanqueaban recios árboles doblados para siempre por la fuerza del viento.


El castillo de Ajlun es una mole ruinosa con altos miradores y oscuros pasadizos de escaso interés.


A, en, desde el castillo de Ajlun

Otra cosa es Jerash, la antigua Gerasa, una ciudad romana en toda regla que aún conserva mucho de su esplendor y bien merece una visita pausada y guiada. Especialmente memorables son el Arco de triunfo, la plaza ovalada, el Templo de Artemisa, el Ninfeo y el cardo máximo, también conocido como calle de las columnas, por las 260 que flanqueaban dicha calzada; así como los mosaicos que todavía lucen en el solar de algunas de las iglesias bizantinas que jalonan el recinto.


Arco del Triunfo                            Iglesia de San Teodoro


Plaza ovalada


Ninfeo                               Templo de Artemisa


Cardo máximo

No es mal lugar para reponer fuerzas el restaurante que hay cerca de las taquillas, dentro ya del recinto arqueológico. Tres detalles: las bebidas alcohólicas disparan la cuenta, el pan es extraordinario y el tablón con fotos de los reyes que luce a la entrada no tiene desperdicio.

Para los recolectores de souvenirs: entre el aparcamiento y las ruinas dormita un pequeño mercado de recuerdos en el destacan los puestos de botellas con dibujos de arena de colores.


Botellas de arena

Alguna foto la hice yo; la mayoría, Eva Orúe. 

 

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