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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Zona DVD: Todo por un sueño


Todo por un sueño supuso una sorpresa para los compañeros de viaje de Gus Van Sant. Los que admiraron Mala noche y Drugstore Cowboy, adoraron My own private Idaho o quedaron estupefactos con el efecto lisérgico de Ever cowgirls get the blues, vieron sin duda un giro decisivo en la carrera de este francotirador del cine independiente, gay e iconoclasta, en la historia de Suzanne Maretto, una presentadora de televisión arribista dispuesta a todo para lograr el éxito.

El problema es que Suzanne se ha casado con Larry, un tipo mediocre (al que da vida un Matt Dillon de mirada perruna) que no entra en su mundo, limitado a los rayos catódicos y la búsqueda de «un lugar en el sol».

El personaje de Suzanne es una verdadera performance interpretativa de Nicole Kidman, que logra uno de los papeles más difíciles de su carrera interpretando a una «mala» llena de gancho que, a pesar de su mezquindad, se gana la simpatía del espectador por la estupidez con la que se conducen todos los que la rodean, particularmente los hombres. Van Sant articula el camp, la ironía, el humor negro, la mirada homoerótica y el gusto por admirar a una gran mujer y a la vez mostrar sin piedad su lado más oscuro. También traza una disección implacable de los mecanismos de ascensión y triunfo en la sociedad occidental en general y del mundillo de los medios de comunicación en particular. Y retrata especialmente el mundo del que procede: la clase media estadounidense, con su falsa inocencia y sus viejos y nuevos valores.

Van Sant se enfrenta a una visión moderna de la «mujer fatal» en un personaje que es un misterio y que desde el principio se nos muestra como una imagen pública que se disuelve gráficamente en «un montón de puntitos». Suzanne es una criatura a la vez monolítica (ciega en sus propósitos) y centrífuga, ya que es alternativamente adorada u odiada por aquellos que la rodean, particularmente por la familia de su marido —cercana a la mafia— y por esos tres chicos jóvenes a los que utiliza en su carrera hacia el estrellato.

¿Por qué, a pesar de todo, nos cae bien Suzanne? Sin duda por el modo en que utiliza y manipula a seres muy presentes en la vida común, es decir, a aquellos que, admirando ciegamente a personas como ella, a la vez fijan sus horizontes vitales en los «family values» y la estabilidad al uso. Suzanne no encaja en este puzle sino que más bien lo desbarata, como hace Van Sant al desorganizar el relato temporalmente para dar una visión a la vez completa e incompleta, cáustica y devastadora, del personaje y su mundo.


Suzanne es un objeto y un sujeto, y también una idea visual que nace de una imaginación saturada por el camp, es decir, por una mirada perversa sobre algo falsamente inocente y lleno de claves, en este caso el atractivo y el garbo de la protagonista para seducir y engañar. Cuando su marido y la familia de esta instan a Suzanne a convertirse en madre ella responde con una frase lapidaria: «Si querías una niñera haberte casado con Mary Poppins». La dama de hielo —como la define su sagaz cuñada—, la chica de la portada de las revistas —como diría Addison de Witt—, muestra su lado oscuro y lo hace a través de un giro que tiene mucho de mirada gay, queer e iconoclasta sobre la familia tradicional y los valores sempiternos. Suzanne no es una heroína y es difícil empatizar con ella, pero gran parte del placer de To die for está en compartir con ella determinados gestos y formas de actuar o en admirar cómo utiliza los vestidos, guiños, maquillaje, accesorios y frases hechas o deshechas para lograr un estilo de vida propio.

Suzanne seduce a un joven con problemas de adaptación, coquetea con una chica con tendencias lésbicas, asesina a su marido y, en el fondo, presentimos como desprecia a cuantos le rodean, aunque no podemos odiarla del todo por ello, ya que ella misma parece definirse como un producto de una sociedad y un momento y acaba convirtiéndose en una bomba de relojería sobre el patriarcado tradicionalista y sobre la gente como ella o con sus mismas aspiraciones. Su fatal destino no es ejemplificador ya que no puede destruirse del todo algo que no se ha llegado a construir: la «chica del tiempo» es una imagen mental sobre la Norteamérica con mayúsculas y dos de sus pilares más sagrados: la familia nuclear y la comunicación audiovisual.

Van Sant —como en otras ocasiones— roza el moralismo, pero cree demasiado en la fuerza de su personaje como para emitir un juicio y deja así una puerta abierta a la duda y el desconcierto.




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