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Evaristo Aguirre

'Contaor' de historias


Hace unos días, se murió el cantaor gaditano Chano Lobato (1927-2009), uno de esos flamencos con mucha vida: viajó por el mundo formando parte de grandes compañías de baile –la del gran Antonio el bailarín­, por ejemplo–, pasó penurias en su infancia, conoció un tiempo que ahora parece lejanísimo, tuvo la suerte de tener un buen reconocimiento artístico en su madurez, lo que no siempre ocurre. No voy a hacer una necrológica –los diarios de esta semana pasada ya las han publicado– ni un análisis musicológico de su cante –para eso hay saber mucho–, pero hablaré un poquito de la capacidad narrativa de este hombre, de la manera impecable en la que sabía contar historias, suyas o aprendidas.

En 2003, se publicó Chano Lobato: memorias de Cádiz (Diputación de Cádiz), un libro en el que Juan José Téllez Rubio y Juan Manuel Marqués Perales, apoyándose en conversaciones con el artista, cuentan su vida y la ilustran con el ambiente flamenco y el pulso de la capital andaluza; o viceversa. El libro está bien, pero las cosas que cuenta Chano están muy bien, pues el hombre sabe desgranar los elementos de una anécdota para mantener la atención, marca los momentos más graciosos o amables, no se demora en los aspectos sombríos –aunque sin ocultarlos, al revés–. Y cierra estupendamente las historias que cuenta, como si del relato de un escritor latinoamericano se tratara. Es muy atractiva la mezcla de experiencias vividas y de cosas oídas que se convierten en material literario pata negra.


Se podría pensar que los autores del libro adecentaron un poco las palabras del cantaor gaditano, lo que sería perfectamente lícito: lo sabe cualquiera que haya hecho y escrito luego una entrevista; por aquello del lenguaje oral y del lenguaje escrito. En este caso no, Téllez y Marqués no han metido mano a los parlamentos de Chano Lobato. ¿Cómo lo sé? Pues porque el libro tiene un CD con media docenas de interpretaciones de Chano y con unos minutos de los que fueron las conversaciones entre cantaor y autores. Y allí está ese pedazo de contaor de historias: que si su primer viaje a Rusia (entonces la URSS), que si aquellos gaditanos a los que emplearon en un barco que iba a la Meca pero a los que desembarcaron en Tánger por inútiles, que si “¡vivan los tartessos!”, porque le contaron que eran los inventores de la siesta… Una maravilla.

A lo mejor no todo es mérito de Chano Lobato, porque tienen fama los de Cádiz de poseer una labia de las buenas y de pirrarse por las anécdotas o los recuerdos sabrosos. En algún momento el cantaor tilda de embusteros a algunos de sus paisanos, pero se entiende más como exagerados, muy exagerados, que como mentirosos. Uno de los más famosos exagerados de aquella ciudad fue otro cantaor flamenco, Pericón, cuyos relatos dieron lugar a un libro en el que José Luis Ortiz Nuevo los recogió, Las mil y una historias de Pericón de Cádiz (lo acaba de reeditar Barataria). No he leído directamente este libro, pero es uno de los más citados en toda clase de textos relativos al flamenco.

Además, Chano Lobato nació en 1927 –solía decir que él sí que era de la generación del 27­–, un año tan literario desde varios puntos de vista… Bueno, esto suena un poco a astrología.

eaguirre@divertinajes.com




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