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Pantumaca

Sara Orúe

Parecidas

Me asalta esta semana la noticia imprescindible para antes de Semana Santa:

—¿Va a haber sol y calorcito en la playa, sol y nieve en la  montaña y buen tiempo en Paris?
—¿Por qué en París?
—Porque es donde voy yo.
—¿Te vas a París? Asquerosa…
—Aaaaaay, qué malísima es la envidia.
—Pues sí, ahí tienes razón.

No, querida Julieta, esa sería la noticia imposible y yo hablo de la imprescindible.

—Suéltala, va, que me pica la curiosidad y tengo que terminar de hacer las maletas.


Allá va, agárrate: la figura de cera de Doña Letizia ha vuelto al museo… de cera.

—Tócate las narices notición. ¿Y adonde se había ido?
—Justamente a eso, a retocar la nariz, como ya expliqué hace unas semanas y sabrías si me leyeras.

—Uy, lo que yo sabría si te leyera no lo sabe nadie.

El caso es que no sé qué opinar al respecto.

—Pues nada, sobri, no opines nada. ¿Qué la figura ha vuelto? Pues ya está, no le des más vueltas.

No a su regreso sino al resultado del retoque nasal. Joer, es que no se parece en nada a Letizia este cirio gigante vestido de fiesta que han colocado. No sé quien lo ha hecho pero es peor que los retratos de los artistas de las Ramblas, ¡Mil veces!

—Lo habrá hecho alguna artista de cera enamorada secretamente de Felipe.
—¿De qué Felipe?
—Del marido de Letizia.
—Pobriño, para lo que se ha quedado  Ha pasado de ser el hijo del Rey, que parece algo, a ser el marido de Letizia, que parece nada.
—Eres mala.
—Yo no, la enamorada misteriosa que, dolida de ver el amor que se procesan los tórtolos, se ha vengado de la única manera que puede, sacando fea a la causa de su desdicha.
Corín Tellado ha vuelto, viva el folletín.

Lo cierto es que, la Letizia de cera, tiene una cara de oler mal que no tiene la Letizia real y Real al mismo tiempo, cosas de la monarquía.

—También tiene  más carne.
Tío Ra, es de cera.
—Tú ya me entiendes.

En fin, que si ella, tan cuidadosa siempre de su imagen, no da un puñetazo en la mesa y hace que la arreglen otra vez y la saquen guapa, ¿Quiénes somos nosotros para hablar de estos?

—Nosotros somos tú, Julieta y Tío Ra. ¿Es posible que todavía no lo sepas, sobri?
—¿Qué carajo un puñetazo encima de la mesa? Yo iba p’alla y le daba una patada a la figura de pura rabia que me daría estar tan fea.

Eso es cierto señores. Julieta es la famosa amiga que se recorta de las fotos de grupo en las que no sale mona, que son casi todas.

—De las fotos de París no me recortaré. O te las enseñaré antes al menos.


Sin embargo, sí me he hartado a ver fotos de una pepera…

—Una de cera.

No, tío Ra, de una pepera, Arantza Quiroga que sí se parece a la princesa.

—¿Sí? No me había fijado.

No te creo Tío Ra, a ti no se te escapa una rubia. Ni una castaña clara.

Vale, vale, no es que sean como dos gotas de agua, pero pertenecen al mismo tipo de mujer. Vamos, que te cambian una por otra y no te enteras.


¿Saben en qué dos mujeres se producía este fenómeno del que les estoy hablando? En Linda Evans y Bo Derek.

—¿Quién y quién?
—No te hagas la jovencita Julieta, sabes perfectísimamente de quien hablo.

Aquellas dos bellezas de los 80 sólo tenían en común un marido, bueno y quizá un cirujano, y eran clavaditas.


—¿Sabéis quiénes son clavaditas, pero clavaditas? Las gemelas Olsen.
—Ya Tío Ra, pero es que son gemelas.
—Ya lo sé, pero ¿son o no son clavaditas?

¡Cuanta falta nos hacen estos días de vacaciones! Por cierto Julieta, que he visto en Internet que en París va a llover sin parar.

Mon dieu!




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