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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Críticos, y vampiros (suecos)


Los que, con sobrada osadía, nos dedicamos a opinar sobre los libros que leemos, las películas que vemos, o sobre cualquier otra actividad cultural que se nos ponga por delante, nunca, por mucho empeño que pongamos en ello, podremos ser absolutamente objetivos frente a la obra realizada por otro. Querámoslo o no, nuestros gustos están mediatizados por años de pesadas digestiones de todo lo que hemos ingerido por vía intelecto y que ha ido modelando nuestro gusto y nuestra opinión. Y ello no significa la menor garantía que seamos  los únicos portadores de la verdad suprema como algunos gurús de la crítica  parecen suponer en sus, la mayoría de las veces, plúmbeas columnas, a las que el público lector o espectador parece, en bastantes ocasiones, dar la espalda de manera clamorosa.

Esto ha sucedido esta semana con la última película del tándem Albacete-Menkes, de título Mentiras y gordas. Pocas veces la crítica oficial y toda la pléyade de aficionados  que llenan páginas y más páginas web sobre cine han estado tan de acuerdo a la hora de repudiar una película y denostarla con los peores adjetivos. Esa inquietante unanimidad ha activado en mí, que a veces soy un poco retorcido, unas perentorias  ganas de verla, lo que en circunstancias normales no hubiera sucedido porque jamás he sido muy fan de estos de directores, ni de sus películas. De  hecho, de su escasa filmografía tan sólo salvaría una, Sobreviviré, y aclarando que sólo se trata de la menos mala, para entendernos.

Pero es obvio que hay un público, juvenil y no tanto (considerado a priori como  descerebrado y atomizado por la tele, y todo lo que queráis), que va a ver lo que le interesa y punto; y que es el único que puntualmente llena las salas y convierte en pelotazos a bodrios infumables. ¿Es éste el caso? No lo sé, cuando vea la película os daré mi opinión;  pero por ahora Mentiras y gordas se ha colocado en el primer puesto por número de espectadores y recaudación de la taquilla española muy por encima de lo último de don Clint Eastwood y don Pedro Almodóvar. ¿Sintomático o simplemente penoso?


Espasa acaba de publicar una más que interesante novela sobre vampiros titulada Déjame entrar, del escritor sueco (antes mago y humorista) John Ajvide Lindqvist, que ha obtenido un gran éxito en toda Europa y ha dado lugar, en su paso a la pantalla, con guión del propio escritor, a una insospechada película de género, bastante superior al original en que se basa, una estimulante e inteligente revisitación del mundo de los vampiros, esta vez infantiles.

En ella, temas como la soledad del diferente, el acoso escolar, la amistad, priman más que los colmillos y la sangre; su director, Tomas Alfredson, ha huido de los caminos trillados del género, y a través de una puesta en escena realista, con una medida del tiempo admirable, nos cuenta la aventura de Oskar, un niño solitario que es víctima diaria de los abusos de sus compañeros de clase y al que la llegada de una extraña niña con un desfigurado protector al bloque donde vive va a permitirle encontrar una salida a sus problemas de convivencia y desarraigo emocional.

Con veinte primeros minutos modélicos en el arte de atrapar la atención del espectador, la película, de forma inteligente, sombría, sórdida, y no exenta de cierto sarcasmo en su visión sobre el mundo de los vampiros, va mucho más allá de las ñoñeces de la otra saga vampírica adolescente por excelencia, Crepúsculo, nacida de la domesticada imaginación de ese híbrido entre la Bree Van de Kamp, en moreno, de Mujeres Desesperadas, y la Judith Anderson, trenza incluida, en el papel de ama de llaves de la mítica Rebeca, que es su autora, la literariamente mediocre Stephenie Meyer, vecina por derecho propio de Wisperia Lane.

Alfredson despliega esta historia de sombras con una claridad y maestría inusual en este tipo de producciones, huyendo de cualquier exceso o truculencia pero obsequiando al espectador con imágenes de un enorme poder de sugestión e impacto visual —y son bastantes a lo largo de la película— para rematar con un de los mejores finales que he visto en mucho tiempo.

En fin, que si alguno de vosotros os fiáis de mi criterio, olvidándoos, claro está, de todo lo que decía al principio de esta reseña, y os gustan las series B con buenas hechuras sería imperdonable que no vayáis a ver esta pequeña (gran) película sueca.




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