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Alicia en la realidad

Adriana Davidova

Ciudades II. Madrid dentro de una caja de música


La nieve en Madrid, es algo muy poco usual. Es como uno de esos momentos en los cuales los sueños se hacen reales. Uno de esos momentos, en los cuales, todo lo que parece establecido, inamovible, dispuesto de una cierta manera… De repente… se inclina, la luz de los focos cambia y el ángulo de enfoque se tuerce ligeramente, hasta que “lo de siempre” se convierte en “lo de ahora”. Lo que es. Aquí y ahora.


Madrid, es un sueño, una ilusión… Cuando la recuerdas, imaginas, añoras… o cuando hablas de ella, parece que la notas, que la sientes, que la abarcas, que la podrías tocar… Y sin embargo, cuando la vives e intentas aferrarte a ella… Madrid se desvanece convertida en un espejismo, una quimera.

Madrid me lleva a un lugar de la memoria que no existe, me lleva a recuerdos que hoy parecen inventados, me hace alcanzar cielos altos e intensos como los cielos de los cuadros que de niña contemplaba extasiada durante eternos minutos, apretujada por los cuerpos agotados de los turistas y no turistas… curiosos algunos, embebidos por la intensidad de las imágenes otros y unos cuantos indiferentes, ajenos, inerciales.

Inercia…

Alicia - ¿Inercia?

Sí, Alicia… Inercia. Crecemos imantados por esa fuerza reconocible y apenas diferente al aire que respiras. Crecemos… y no sabría decirte hacia dónde. No sabría decirte si la inercia nos arrastra lejos de lo que percibimos al nacer o si nos empuja suavemente, justo hacia aquel sentimiento primero y original que nos condicionó con la inicial toma de conciencia. Pero, ven, ven, ven… dame la mano y no te sueltes. No me sueltes Alicia… El cielo de Madrid es demasiado azul y uno siente vértigo bajo su bóveda.

Madrid es caliente, el aire es denso y seco. Pero la gente sigue mirándose a los ojos. Todavía hay algo que imagino no se perderá nunca… y es, esa especie de querer identificarnos los unos a los otros o identificarnos los unos a través de los otros. Y parece que avanzamos y avanzamos, pero en realidad únicamente tenemos esa sensación por el ritmo rápido de la música que nos arropa dentro de esa bella caja, hecha de madera, piedra y terciopelo rojo. Madrid.

Cadencia suave de las calles, ajetreo bullicioso, palabras, risas, destellos de soles durante el día y de lunas rotas, troceadas, inacabadas… en la noche trémula y tantas veces ensalzada de la ciudad. De esta ciudad.

Caminas y caminas por las mismas calles y nunca las recorres, nunca avanzas porque siempre compras la ilusión de movimiento. Piensas que te has movido, pero permaneces anclado, danzando extrañamente cada vez que la tapa de la cajita de música se abre. Danzas. Pero en el mismo sitio. Siempre. Y a veces planeas huir, cambiar de ciudad, cambiar de rumbo, cambiar las imágenes de Madrid por otras nuevas, distintas, inesperadas… Y lo intentas, lo intentas con todas tus fuerzas. En vano. Si no te has marchado del todo hasta hoy, ya no lo harás. La expectativa de que algo pueda suceder en cualquier momento te mantendrá entre los ventanales elaborados en piedra grisácea, te mantendrá entre las estrechas aceras con olor tenue a prisas, con olor a pasos hacia algún lugar, pasos que se posan uno después del otro encima de los proyectos de futuro. Madrid siempre me genera la certeza falsa de que todo lo bueno que uno ha deseado sucederá en cualquier momento, todo lo bueno… ¿Y qué es? ¿Qué es eso añorado, dibujado secretamente en las conversaciones altas y claras llevadas a cabo a pie de calle? En Madrid, uno se para, se detiene un momento y se pone a charlar, a conversar, a indagar, a curiosear, a ser curioseado por otro… a escudriñar, a ser escudriñado, opinado, mirado, observado, tenido en cuenta.


Me encantan los tejados de Madrid, la ciudad a vista de gato, a vista de tejas rojizas, a vista de chimeneas… Los horizontes ampliados, que se llenan de esculturas aéreas. De ángeles que parece que se echarán a volar y que sin embargo al igual que tú, permanecen danzando, fijos en el mismo sitio, en el mismísimo centro de la caja de música, debajo de su bóveda forrada en terciopelo. Rojo. Sí, terciopelo rojo. Es suave. Parece que la cortina de un teatro es la que se levanta y que el espectáculo de tu propia historia va a comenzar en cualquier instante. Pero tu vida comenzó hace mucho y tu historia tal vez esté llegando al final. Y sin embargo, en Madrid todo está a punto para la representación. Simplemente hay que saber actuar y creerse el papel que tienes entre las líneas que alguien, en algún momento, de alguna manera… te entregó.Creérselo. Actuarlo. Jugarlo. Jugar a que eres tú el que decides sobre tus movimientos. Jugar a que eres tú el que llevas el mando de la orquesta que siempre te acompaña. Jugar a que todas las elecciones que hiciste, que haces o que harás… te pertenecen. Acaso, tú, Alicia… ¿sabes que estás jugando? Acaso, no piensas a veces que eres tú la que decide cuándo caer y cuándo hacerse diminuta, cuándo pasar de un lado a otro del espejo. ¿Acaso…?

Alicia - No intentes confundirme, asustarme… descríbeme más de Madrid, describe para mí alguna sensación que te haya impactado, mareado de desconcierto, asombrado…

 

¿Impactar? La amplitud de La Gran Vía. El llegar a La Gran Vía, mecida por los cuerpos de cientos de personas que se mueven coreografiados. El llegar a La Gran Vía, desde alguna de las calles que la bifurcan… estrechas y cimbreantes… largas… Y de repente… Amplitud. Hacia arriba y hacia abajo. Como un río. Como un río de ciudad. Con destellos luminosos y rápidos, convertidos en veloces peces de ciudad. Los peces de La Gran Vía. Las luces de La Gran Vía. Y allí te quedas, quieta durante unos instantes, confundida por la intensidad de los colores, olores, sonidos, sensaciones… Y parece que no sólo escuchas las palabras de los que caminan junto a ti, sino que escuchas aquello que piensan, lo que no dicen, lo que pertenece exclusivamente a una parte del cerebro muy íntima… Propia. Donde el miedo y las esperanzas se confunden y se mezclan, se modifican mutuamente y se convierten en otra cosa. Y entonces miras hacia el cielo de nuevo y parece que vas a abrir los brazos y echarte a volar… pero te quedas así, como si danzaras en el mismo sitio, como si fueses el muñeco que danza dentro de la caja de música. Y sonríes. Es agradable como mínimo ser el protagonista de tu propia historia. Bajo una bóveda de terciopelo rojo. Bajas los brazos y sigues caminando. Te guían los peces fluorescentes de La Gran Vía. Vuelves a sonreír y nadas. Las olas de Madrid te mecen cuidando de tu sonrisa ligeramente desdibujada. Como si estuvieses sonriendo detrás de un velo de agua. 


Pequeños Deberes - ¿Juegas? No es trascendente. Es sólo un juego. Pero requiere cierta dosis de atrevimiento, de arrojo, de riesgo. Te propongo, que al igual que en un ritual de “inicialización” chamánico, donde has de caminar y correr entre las sombras de la selva, con los ojos vendados y conseguir que tu instinto te revele el camino, salgas una noche por Madrid, sin más acompañamiento que el de tus propios pensamientos y te permitas perderte, confundirte con los demás, hacerte invisible, seguir la estela de otro como si fueses su sombra y luego de otro y de otro más… Dejarte llevar por la música apenas perceptible que escuchan otros, por lo que los otros anhelamos… que tal vez, podría ser, lo que tú ya tienes.

 

A.AliciaNlarealidad@gmail.com

Fotos- Adriana D  




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