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Sara Orúe

Concentraciones


Al ladito de mi casa hay un centro de planificación familiar.

Según se ve (esto es un modo de hablar, que desde la calle no se ve nada), las actividades que se llevan a cabo en este centro ofenden a los grupos anti abortistas. Desconozco cuáles son las prácticas de la clínica y en ningún caso las defiendo, ni las repruebo, sólo hablo de lo que veo y oigo.

Estábamos con los grupos anti abortistas. La manera de hacerle saber al mundo que ellos no están de acuerdo con las prácticas de la clínica en cuestión es manifestarse, semana sí semana no, a su puerta. A la de la clínica, quiero decir.

Desde las 20:00 hasta las 23:30 horas (aproximadamente) de jueves alternos, los vecinos soportamos los gritos, los cánticos, las banderas, los insultos y todas las manifestaciones de desacuerdo que se les ocurren a este grupo de personas, nunca muchas, esa es la verdad, pero sí las suficientes y lo suficientemente ruidosas como para amargarme a mí, a mi familia y a todos mis vecinos, las horitas de relax que van desde que llegamos del trabajo hasta que nos vamos a dormir.

No me voy a meter con el hecho en sí de que la gente se manifieste, es un derecho y lo acepto, aunque no siempre lo comparta, ni con la causa de las concentraciones. Si me parece bien o mal es cosa mía y para mí me la guardo. Sí me meteré con que manifestarse, concentrarse y gritar, se esté convirtiendo en un hábito que molesta y mucho a otro porcentaje de población.


Recuerdo cuando, hace años, iba a Madrid por trabajo y me encontraba con una manifestación que, por ejemplo, cortaba la Castellana. Siempre pensaba lo mismo, “estos madrileños, pobres, con eso de tener aquí los ministerios se chupan todas las manis”. Y no sólo las manis de funcionarios, mineros, agricultores, trabajadores de telefónica, los pilotos o los de Sintel, ¿se acuerdan? A esas hay que añadir el día del orgullo gay, procesiones de semana santa, las ovejas de la fiesta de la trashumancia, la peregrinación a la Cibeles cada título del Real Madrid, los anti Bolonia, los antisistema, los obispos y sus familias… Y extender las consecuencias de tanta concentración de repulsa o de apoyo a todas las capitales españolas que se precien, que en todas ya cuecen habas y en la mía, a calderadas.

Hace unos años que no necesito compadecer a los madrileños, tengo el cupo de compasión cubierto compadeciéndome a mí misma, víctima de ruidos, atascos y olores.


Señores, de verdad, vuelvan al orden. Si son pocos y quieren manifestarse en el centro de la ciudad, sobre todo si, quieren concentrarse justito en la puerta de mi casa, háganlo pero sin gritar. Para que su ira quede clara, meneen las pancartas y las banderas patrias con muchísimo vigor. Pero no griten. Y no se apoyen en el portero automático, ni me dejen la puerta llena de suciedad, por favor, que son ustedes gente de bien.

Si lo suyo es la organización de macro concentraciones, no se corten, móntenlas, pero en el campo. O en un parque, en su defecto, si el campo les pilla demasiado lejos. Y griten lo que quieran, pero no provoquen atascos. Y luego recojan los palos de las banderas y las pancartas rotas, oigan, que los servicios municipales no llegan al campo y el campo es de todos.

Les prometo seguir siendo solidarias con las causas que me gustan e insolidaria con las que no. Y les garantizo que, de hacerme caso, no mentaré nunca más  a sus muertos, ni a sus madres, ni las madres de sus muertos.

¡Qué hartura de libertades, oigan!




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