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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Zona DVD: Chromofobia

Espejos  deformantes

El modo en que amamos y el modo en que trabajamos difícilmente pueden separarse: después de todo somos criaturas sociales- a pesar de todos esos relevadores estudios del comportamiento sexual de los bonobobos y los mirlos rojos que proclaman ofrecer importantes percepciones acerca de las sutilezas del apareamiento humano-. Remontarse a un lejano pasado evolutivo en busca de explicaciones sociales parece más bien una cortina de humo para ocultar otras miras. Por lo general, sirve para justificar la naturalidad de la ambición capitalista o de los tradicionales roles de género. El hombre como simio asesino: la mujer como tórtola nutricia (puedes elegir cualquier antepasado animal según lo requieran las circunstancias).

      Laura Kippnis (Contra el amor Una diatriba.  Ediciones Algaba. Madrid, 2003) 

 


Cromophobia (Alta sociedad, en su traducción castellana) es un filme de elevadas pretensiones e interesantes resultados. Algunas de las sentencias de los personajes principales conforman verdaderos párrafos de buena literatura, con cierto regusto wildeano, y lo cierto es que me incomoda un tanto el que se ponga en boca de los personajes algo que ya vemos o intuimos en algunas de las mejores imágenes del filme, dotadas de una indiscutible fuerza plástica y fílmica. Imágenes vertiginosas frente a momentos de lentitud contemplativa surcados por elegantes travellings y complejas composiciones visuales, algo tentadas por el efectismo.

Frases como Todas las tragedias acaban en muerte y todas las comedias acaban en boda pronunciada por el reservado y secretamente atormentado Stephen (Ralph Fiennes), tímido observador de chicos jóvenes, nos confirman que estamos ante una afilada sátira social sobre la hight society londinense , sus secretos íntimos o no tan íntimos, sus miserias, sus negocios y cómo en su contacto entre ellos o con otros escalafones sociales más desfavorecidos se produce un choque más o menos violento, de resultados siempre inesperados Seguramente es la geométrica frialdad y distanciamiento sentimental con el que Martha Fiennes filma los desastrosos devenires de estos seres, su mirada de entomóloga, lo que tanto ha desconcertado a público y crítica. Muchos han señalado que la historia que peor casa con el conjunto del filme es la historia de la prostituta enferma Gloria (una aplicada pero algo inverosímil Penélope Cruz) y su historia de amistad y amor con un asistente social, encarnado por un intenso Rhys Ifans, a pesar del estudioso tratamiento cromático dado al ambiente social empobrecido donde reside y a su progresiva aproximación gestual.


El filme se abre con dos imágenes impactantes. En la primera un niño ve en la televisión, en el interior de un laberíntico piso de diseño, una operación de cambios de pecho a ritmo acelerado. La pantalla de televisión como un espejo obsceno sobre lo que la ciencia hace y deshace del cuerpo humano y lo que queremos que éste sea o deje de ser, para dejarse ver, gustar y aparentar. La música clásica de fondo subraya lo bizarre del momento, igual que la mirada perdida de esa criatura que empieza a cometer pequeños actos antisociales en ese universo aparentemente ordenado y marcado por la distancia, la mentira y la frustración, por la tensión misma que anida en el corazón de sus padres.


Otro motivo visual impactante seguirá a esa, aparentemente aséptica, imagen en la que el cuerpo femenino se muestra como una sustancia plástica, fácilmente moldeable, como algo pre o posthumano. Es la imagen escalofriante de ese mismo niño estrellando un gigantesco pájaro muerto contra los ventanales de la mansión campestre, exponiendo la crudeza de lo animal frente a la mirada atónita de Iona, su madre (impagable Kristin Scott Thomas, perfecta para el papel). Un plano que nos remite a un momento cumbre de otro filme alegórico y apocalíptico sobre la invasión de fuerzas atávicas y extrañas en otro mundo aparentemente ordenado y apacible pero en el fondo enfermo: Los pájaros de Alfred Hitchcock. Podemos recordar a Melanie Daniels (Tippi Hedren) refugiada en la cabina telefónica, en su jaula dorada, observando cómo los pueblerinos son atacados por perversos seres plumíferos mientras ella se pone a resguardo en un lugar privado que no obstante empieza a resquebrajarse, al igual que su peinado de peluquería de lujo y esa pareja de periquitos (love birds) que irónicamente simbolizan el amor. También Iona, que desea operarse los pechos para resultar deseable, irá adquiriendo por sus gestos e indumentaria un aspecto cada vez más acentuado de ave de rapiña, perdida en un mundo de probadores de ropa, clases de baile y compras compulsivas al margen de las operaciones predadoras de su egocéntrico y machista marido y del mundo a la vez sibarítico y algo desequilibrado donde su hermano Stephen se ha refugiado, fuera de un mundo que se limita a filmar con su cámara en el ordenador.

El filme está lleno de espejos, de obras de arte, de galerías de diseño, de elegantes o abigarrados despachos, incluso en el interior mismo de los caserones antiguos o modernos, y también de imágenes crudas, sórdidas y realistas -la enfermedad, las operaciones, los hospitales, la corrupción y la codicia como detonantes- y también de imágenes oníricas e incluso poéticas, acompañadas de una banda sonora hipnótica y de momentos que combinan lo grotesco con lo delicado y lo lírico. Una mirada histriónica, desigual y aparentemente coral sobre el Londres contemporáneo y sus desagües emocionales. Es en esos despachos donde dos hermanos de temperamentos opuestos (encarnados por Ben Chaplin y Rhys Ifans) se engañan por un trofeo moral y económico simbolizado en una cruel cacería de ciervos en un filme plagado de pequeños crímenes simbólicos y de buenas acciones que se tornan perversas o acciones horribles que se nos descubren finalmente bienintencionadas. Caín y Abel en un universo donde, no obstante, queda un rayo de esperanza.


La intención de Cromophobia es incomodar. Y lo consigue, aunque sus puntos fuertes se vean levemente lastrados por una histriónica altisonancia característica de la opera prima de una directora ambiciosa que mete demasiadas historias y personajes como para redondear su fábula moral. Una fábula sobre el dinero, el sexo, las clases sociales, la pareja y la familia como núcleo de construcción y destrucción y la delgada línea que separa lo socialmente considerado normal con la locura y el desquiciamiento progresivo de mujeres y hombres en diferentes lugares del espacio. Seres aparentemente débiles y aparentemente fuertes, la caza del diferente o del desvalido , la muerte del amor, la sexualidad como fuerza incontrolable e incontrolada son demasiados temas para un cóctel explosivo que, no obstante, se sirve en una bandeja de elegancia formal y de destacables hallazgos narrativos.

El arte moderno y su feria de vanidades ya han sido diseccionados por cineastas y dramaturgos en obras de un cinismo demoledor como en filmes como Por el amor al arte del escritor y realizador Neil LaButte y un filme de vidas cruzadas no es algo nuevo. Pero aquí la intención es otra: asistimos al visionado de un acuario ominoso sobre la insatisfacción personal y la búsqueda de algo que nunca se consigue. El final esperanzado, sinfónico y algo moralista y la multitud de personajes e historias que se hilvanan han hecho que un filme que no elude la altisonancia ni la cursilería, pero tampoco la crueldad y la profundización en las heridas íntimas, haya sido rápidamente equiparado con otros dramas corales como Magnolia de Paul Thomas Anderson o Vidas cruzadas de Robert Altman. Pero Cromophobia se me antoja más una comedia de costumbres de regusto isabelino a la que se ha dotado del afilado escalpelo moral de Oscar Wilde o Edith Warthon. Algo así como las venenosas plegarias atendidas de Santa Teresa y Truman Capote.




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