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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

De lobo y sus madrigueras


La última novela del escritor Mariano Antolín Rato, que lleva el título de Lobo viejo, acaba de ser publicada por Alianza Editorial. Os la recomiendo, como el resto de su obra, porque es un autor alejado de alharacas publicitarias y del marketing de ventas de las grandes superficies pero que ha levantado una obra, no muy extensa, doce novelas en treinta años, llena de una personal y poderosa visión que se ha ido oscureciendo y llenando del sordo ruido de la furia de vivir según su autor ha ido madurando o envejeciendo —y sus lectores con él—; y llevada al papel con una minuciosidad y depuración lingüística poco frecuente en el panorama literario español.

Mariano Antolín Rato, que empezó su carrera con cierto afán experimentalista y underground en novelas como Cuando 900 mil mach aprox y De Vulgari Zyklon B manifestante, que en la época de su publicación yo catalogué como de «conceptismo cibernético», ha ido derivando novela tras novela hacia un realismo de tipo carveriano no exento de experimentación formal, aunque sin olvidar que ésta, sobre todo, debe estar al servicio del argumento y sus personajes.

Lobo viejo nos cuenta las últimas andanzas del novelista Rafael Lobo, un trasunto del autor, personaje que ya había aparecido en novelas anteriores como Botas de cuero español y Fuga en espejo, que esta vez, tras un grave accidente sufrido intenta encontrar el lugar donde ir cerrando las muchas puertas que han ido quedando abiertas a lo largo de su vida. Ha renunciado a la moto para sus desplazamientos y pasea su maltrecha anatomía, tanto física como sentimental, por el desolado y urbanísticamente prostituido paisaje invernal de la costa granadina conduciendo un casi jurásico Ford Capri blanco tan desvencijado como él en busca de su ¿última? madriguera. Allí se reencuentra con otro personaje, el traductor García, rescatado también de otra novela anterior No se hable más, que le sirve de réplica; con una tal Mery Suardíaz, una superviviente con la que intentará quemar su últimos cartuchos sexuales; con la hija de ésta; con un estudiante porrero y borrachín, y con unos cuantos amigos comunes ya muertos que vuelven en sus conversaciones para completar el espejismo que va a permitir al protagonista sobrevivir al siempre terrible momento en que las pocas ilusiones que le quedan se revelen perdidas. De nada le van a servir las cremas faciales que cada mañana se aplica generosamente intentando retrasar el paso del tiempo. Éste ha pasado sobre él, sobre su generación y sobre todo, por encima de sus sueños y expectativas, si es que alguna vez llegó a tenerlas.


«Tus libros se ocupan de marginados voluntarios que sólo te interesan a ti y a cuatro más», le espeta alguien al protagonista en determinado momento. Y García, su replicante, aún va más allá, cuando opina que lo que escribe Lobo, aunque trate de disfrazarlo con un estilo en el que predomina el efecto sobre el relato, la pirotecnia lingüística sobre la emoción, suena a confesiones en primera persona del singular de un poeta frustrado.

Puede que ambos lleven razón y que yo me encuentre entre esos pocos a los que le interesan esas historias de errantes desubicados en busca de su destino y narradas en las páginas cada vez más sombrías y tristes de un frustrado poeta, pero también lo es el hecho de que Mariano Antolín Rato ha logrado inundar su última novela de un cierto tono nostálgico y generacional que tiene la sencilla grandeza de la verdad narrada de la forma más coherente y sencilla; y su protagonista, Lobo, finalmente, no se resigna a ser un lobo de madriguera y vuelve a la carretera dejando atrás una última puerta por cerrar; pero eso, posiblemente, sea otra novela.




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