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El CinExín

Pedro Vallín

Un DeLorean anda suelto


Ir con prisas con ese coche...

Cientos de veces se ha hablado aquí del relato entendido como la forma de trazar un discurso coherente entre acontecimientos para dotarlos de sentido y limitar el encogimiento de hombros ante lo que sucede, es decir, su utilidad principal es conjurar el azar y proveer artificios para entender el mundo. Surgió como recambio de los apriorismos supersticiosos de la religión, una vez que ésta perdió fuelle a la hora de interpretarlo todo. La forma pública y global de esta práctica de la ficción se llama Historia, especialidad de las letras que se pretende a sí misma ciencia sin emplear el método científico y que está en constante cuestionamiento pues es demasiado permeable a las veleidades y afectos de quien la practica. Quizá el, en otros ámbitos, periclitado Karl Marx sea un ejemplo señero e infrecuente de aproximación científica a la historia. Su método de análisis histórico y la interpretación a la que llegó sobre el devenir de los siglos era entonces, y aún hoy lo es, un esfuerzo notable por aplicar el método científico al análisis de los comportamientos humanos a lo largo del tiempo. Un ejemplo más contemporáneo, y por tanto mucho más sofisticado y refinado, es Jared Diamond, biólogo evolucionista, fisiólogo y biogeógrafo, que, como especialista en avifauna, decidió trasladar su método de estudio de comportamientos de grupo a la especie humana para componer cuatro libros modélicos –El tercer chimpancé, ¿Por qué es divertido el sexo?, Armas gérmenes y acero y Colapso– en cuanto a comprensión del devenir de las sociedades humanas, un modelo de análisis que emplea los avances científicos para depurar el materialismo histórico, sacándole el sesgo moral con el que los filósofos lo habían impregnado.


¿Quién inventó el rock? ¿Cuándo?

Hay otra práctica del relato, la individual y autobiográfica, que consiste sencillamente en reinterpretar los acontecimientos de la biografía personal para dotarlos de un sentido que desemboca en el aquí y ahora y que en su estructurada coherencia, da sentido a la vida. La historia de los historiadores y la autobiografía (escrita o pensada) son dos géneros de ficción y por eso son refractarios al consenso. En general, hay consenso respecto a los hechos, pero no sobre su intención, alcance, influencia e hilo causal. Y cuando se logra un consenso, éste se vuelve precario. Aquí, como en ningún otro intento científico, impera el principio de la incertidumbre cuántica: el observador modifica lo observado. Y precisamente ese principio ha sido uno de los recursos favoritos del cine de viajes en el tiempo, de forma singular en la canónica trilogía de Robert Zemeckis, Regreso al futuro (1985-1991), en la que la paradoja de la intervención sobre el pasado se lleva al límite, a bordo de un precioso DeLorean plateado.

La audacia de la obra de Zemeckis reside en su falta de complejos para reconfigurar la historia de su protagonista, Marty McFly (Michael J. Fox), que pasa de ser el díscolo hijo de una familia de fracasada clase media-baja, a un prometedor heredero de una familia de clase media-alta, o el retoño de una familia marginal que habita un barrio violento, según cómo se hayan desarrollado los acontecimientos en 1955, vértice donde el continuo espacio-tiempo es una y otra vez redirigido. Tal baile de ambientes familiares supone, en todo caso, una reducción de la identidad individual a la mínima expresión, pues el héroe conserva sus atributos de carácter al margen de cómo sean sus padres, cuál sea su condición social y económica y en qué tipo de barrio haya crecido, lo cual no es más que un recurso dramático para mantener la conexión entre protagonista y público, pero puede ser divertidamente leído como una elegía al individualismo protestante, en tanto el destino de cada cual depende de sus aptitudes y actitudes y no de ningún otro condicionante: el sueño americano.


Homenaje a Harold Lloyd

Este tipo de lecturas de la canónica trilogía de los viajes en el tiempo son, no vayan a creer, más frecuentes de lo que parecen. El crítico español, Hilario J. Rodríguez, encargado de escribir unos textos introductorios para la última edición digital de la trilogía de Regreso al futuro, juguetea en ellos traviesamente con la coincidencia entre la primera de las películas y la presidencia de Ronald Reagan, un presidente que expresamente quiso devolver a Estados Unidos al feliz esplendor de los cincuenta, antes de todas las crisis y revoluciones culturales de los sesenta y los setenta. Antes del hippismo y la psicodelia, antes de la emancipación de la mujer, antes de la guerra de Vietnam, la muerte de Kennedy y el Watergate, antes de la crisis del petróleo y de mayo del 68. Antes, al cabo, de que América perdiera la inocencia, habitábamos una infancia feliz, y, contra toda evidencia científica, el cuadragésimo presidente de los Estados Unidos, se propuso recuperarla.

Siguiéndole el juego a Rodríguez, en las aventuras temporales del joven McFly hay otro viaje al pasado, además de al paraíso de los cincuenta, que es la América de los pioneros, un idealizado salvaje oeste en el que se forjó la identidad patria. Dos visitas a la cuna de la prosperidad feliz del electrodoméstico y otra a la mítica fundación de la nación son, en resumidas cuentas, el asunto central de las tres películas; con un añadido: un viaje al futuro que se presenta, desde su misma aparición, como un lugar borrascoso y hostil. Pasado idealizado y futuro nebuloso y lleno de gadgets, tal es el retrato de la historia de América que hacen Robert Zemeckis y Bob Gale, su coguionista en este divertido serial.


Sí, es Frodo, en Regreso al Futuro II

No es posible viajar al pasado sin modificarlo para el futuro, y no es posible para el humano pintar el futuro sin llenarlo de sombrías incertidumbres, concluyamos. Seguramente nada de esto habitaba en la intención de los creadores de uno de los más entretenidos títulos juveniles de los ochenta, pero la idea es suficientemente golosa como para dejarla pasar sin más. Manoseándola, casi se puede ver al ex grapo y presunto historiador Pío Moa colándose en un Seat Altea con  alerones para volver sobre octubre de 1934 y releer los altercados revolucionarios como germen de una guerra en la que un general a punto del ísimo se torna en defensor de la continuidad legal del estado. O sea, un pérfido Biff Tannen (Thomas F. Wilson) con un almanaque de resultados deportivos que garantice el futuro: la historia, leída, como es costumbre, del final al principio. Y al actual Ejecutivo, partiendo tras él para deshacer el entuerto con una historia oficial del siglo XX que imponer por ley, y luego, de regreso, quitando las estatuas ecuestres que celebraban el triunfo del bando nacional y su sin par líder portátil. Como si lo que fue no hubiera sido.


Ahíva, ahíva, ahíva

Intentos fútiles, uno y el otro, porque el relato es una creación, una impostación de los acontecimientos que procura dar un sentido a una sucesión de azares cruzados con voluntades y con resultados casi siempre alejados de la intención de sus actores. Afortunadamente para todos, Marty McFly sobrevive indemne a tanta reescritura y sigue siendo él vaya a donde vaya, vaya a cuando vaya. Tiene una novia, un monopatín, un amigo loco y unos levis, ocurra lo que ocurra con su pasado. Esa es la ficción y la superioridad del viajero en el tiempo original sobre sus pobres imitadores: sus viajes son un divertimento y una forma de intentar poner en orden lo que, por torpeza, descarajó. Y así, la trilogía del DeLorean se erige en una reivindicación de la capacidad de emanciparse de la historia heredada, viejo atributo de la juventud, siempre desagradecida y libre, siempre, menos mal, desmemoriada. Los nuevos viajeros no buscan divertirse, sino reinventarse con un pasado nuevo que los coloque en distinta posición, que los haga otros. No quieren arreglar la historia, si no arreglarse ellos: buscan regresar con el anuario de resultados deportivos para hacer trampas.

Hace poco, el sosías del CinExín, entró sin monedas en un bar con intención de dirigirse a la máquina de tabaco. Se acercó a la barra y cortésmente preguntó al barman: “¿Me cambias?”. A lo que el profesional, respondió: “¿A tus años?”.

Demos la razón al recelo del camarero. Desconfíen de los que, a sus años, se quieran otros.





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